Fernando Grijalba, un ciclista diferente

El Blog de Rafa Simón
Fernando Grijalba, un ciclista diferente
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Rafa Simón
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“¡Busca, busca!”, reta. Lanza el palo con fuerza. Ayer mismo se lo hubiese tragado la oscuridad, en plena tarde. Hoy, en cambio, la niebla parece darse una tregua, al menos en Laguna, su pueblo, atrapado, como tantos otros, en una ceguera que desde hace tiempo engulle toda la provincia de Valladolid. Hace muchos días que la luna no pintaba luz a sus pisadas, que no ayudaba a los faroles del parque a marcar su sombra sobre la hierba. Las estrellas parecen querer volver poco a poco a dibujarse en el cielo. “¡Busca, Bimba, busca!”, le azuza de nuevo.

El pitbull se estimula aún más con los gritos de Fernando, de “Nano”, como le conoce todo el mundo, gruñe, mientras busca con bruscos giros de cuello la mirada de su dueño, que camina en paralelo, observando con malicia la tozudez de su perro por encontrar un palo entre unos arbustos, sin darle ninguna pista.

Nano camina absorto. Pero despierto. Siempre lo ha sido. Quienes le conocen saben que, cuando coge una bicicleta, pocas veces le suelen pillar a contrapié. En su último año de amateur, en 2013, con el Caja Rural, casi no cometió ningún fallo en la primera mitad de la temporada, anduvo listo en cada prueba de la Copa de España, y, con ayuda del equipo, se acabó llevando la general.

La victoria, en cambio, vino acompañada de una mononucleosis, que le hizo prácticamente desaparecer  de los primeros puestos en las carreras la segunda parte de la temporada. Pero en Caja Rural gustaba, quizás a medias también, pero no quisieron perderse la progresión de Nano.

Ataron en corto a un chico extrovertido al que el primer día de concentración le obligaron a subirse a una mesa con una servilleta en la cabeza a modo de sombrero para presentarse delante de todos. Ángel Madrazo le acompañó haciendo el “Formula 1”. Lo que debía ser un pequeño “mal rato” acabó en una cena desatada entre risas de amigos donde, con cada broma, Nano supo ganarse a sus compañeros.

En la carretera, nada cambió. El primero en ponerse el mono de trabajo, supo que su rol iba a estar en dejarse la piel por el equipo. Y en aprender a encontrar un camino que ni él, ni sus directores deportivos, conocían. Los inicios no fueron los mejores. Le gustaban las clásicas, pero pasó uno de los peores días sobre la bicicleta en una de ellas, en Drente (Holanda). En plena neutralizada, cada ciclista del pelotón hacía lo indecible por remontar posiciones, incluyendo el asalto por jardines privados en un país donde las vallas sólo las pone la moral de cada uno.

 Nano intentó remontar posiciones como pudo, meter el manillar hasta el borde de lo legal pero, cuando quiso darse cuenta, ocupaba una de las últimas posiciones del grupo. Era miserable agonizar por no quedarse entre calles. Pero lo peor llegó tras una curva. Recuerda un chasquido. Luego se fue al suelo, sin apenas tiempo para poner las manos. Tras el golpe, se encontró chillando de puro dolor mientras con una mano trataba de desembarazarse de la bicicleta que aún permanecía encaramada sobre él, como si tratara de protegerle del corredor que, a su vez, había aterrizado sobre su espalda.

Trató de retomar la postura sobre el frío adoquín gris. Seguía sin saber cómo había llegado ahí. Genaro, su mecánico, no daba crédito. El pedal, que se había salido de la biela, y aún coleaba bajo su botín. Las heridas ardían. En ese estado tuvo que correr las siguientes carreras por el Norte: enfundado en vendas, como una momia.

El mejor día, en cambio, vino un mes después, en la Clásica de Amorebieta. Tras haber cogido ritmo de nuevo en los Tres días de La Panne, notaba que las piernas le iban solas. Coronó Monte Calvo con los mejores. Fresco. Y, tras la escapada, supo esprintar para conseguir un honroso séptimo puesto que le supo a poco.

Pero el resto de la temporada se difumino en trabajo. Hecho con gusto, pero no lo suficientemente recompensado. Nano viene de Castilla, de tierra seca, acostumbrado a gente de pocas palabras. Nunca necesitó más de un “gracias”, el que le daban sus compañeros cuando su trabajo servía para culminar en un triunfo de etapa, como en el Gran Premio de Philadelphia que ganó su compañero Carlos Barbero.

Pero en el seno del equipo dudaban. No acertaban a la hora de atribuirle un calendario. No sabían aún que clase de corredor era. Si era un gregario de los que se enfundan en la oscuridad de un trabajo invisible o si podía tener brillo propio. Si debía probar con escapadas o, por el contrario, permanecer en la cabeza del pelotón cortando cualquier intento de fuga.

La duda desembocó en incomprensión. “Nano, no sabemos quién eres como ciclista, que clase de corredor llevas dentro. No seguirás”, recibió como despedida. Fernando sólo asintió. No derramó ni una lágrima. Al menos con testigos. Simplemente pensó en dedicarse a otra cosa. En olvidarse de que, dos años antes, al menos durante la mitad del año, fue el mejor amateur de España. Tras terminar la temporada realizó una entrevista para trabajar en el Corte Inglés a media jornada, para olvidarse de la burbuja del ciclismo y conocer cómo vive media España, apechugada entre el “mileurismo” y jornadas de trabajo que no terminan nunca, que se viven sin pasión.

Un día, un amigo, en un encuentro casual durante un entrenamiento, le dijo que estaba equivocado. Le leyó la cartilla. Le explicó que ya tendría tiempo de caer en la neblina, de disipar su presente sin ofrecerse otra oportunidad en el ciclismo. Al llegar a casa, Isa, su novia, corroboró lo que le dijeron. Días después dio con el Inteja MMR de Diego Milán.

Cambió el gorro de papel de la concentración de Tudela por una Casa de Campo en la República Dominicana, con Julio Iglesias y Vin Diesel como ilustres vecinos a los que nunca conoció. Su papel como trabajador en favor de los grandes “capos” en Caja Rural tornó en libertad dentro de un equipo mucho más modesto, de iguales. Decidió divertirse por primera vez. Disfrutar cada escapada, hasta donde llegara. En unas, la gasolina le duraba lo suficiente como para que el público le jaleara durante muchos kilómetros, como en la Vuelta a Castilla León, ante sus paisanos. “¡Vamos, Nano!”, escuchaba. En otras, simplemente era feliz por tener la suerte de abrir carrera. Era gasolina extra como ciclista. Aprender a entenderse como ciclista. Hasta donde llegase.

Curiosamente, en la única fuga donde pudo llegar  hasta meta, fue confundido por otro. En la Vuelta Independencia de la República Dominicana, los motoristas que escoltaban su galopada en plena etapa reina hacia Santo Domingo pensaron que se trataba del propio Diego Milán, al igual que los espectadores, que, o bien le jaleaban, ya que Milán es muy conocido en la República Dominicana, o bien le increpaban. Por lo que su segundo puesto final fue aplaudido y criticado de igual manera.

“Bimba, Bimba, ven”, grita. Es un perro tozudo, como él. Lo de buscar el palo se está eternizando. Pero los ladridos de su mascota le dan vida, le espabilan en tiempos complicados, como cuando mira a las estrellas y se acuerda de Miguel Ángel Fraile, su mentor, su “abuelo adoptivo”, de lo mal que lo pasó cuando supo que un coche le había atropellado mientras entrenaba en bicicleta. Fraile no llegó a verle en profesionales. Hoy estaría orgulloso de él.

De su nuevo fichaje por el Kuwait-Cartucho. es, de que siga siendo profesional, aunque le dijeran “que quizás no era el ciclista que pensaban”. De haber tardado en encontrar su papel de “caza fugas”. Y de saber seguir compaginando su carrera profesional con los estudios. Tras las pruebas físicas, si todo va bien puede que apruebe las pruebas teóricas para ser policía. Aunque ahora de momento él es el de las “fugas”.

“Buena chica, Bimba”, exclama, mientras la acaricia con mimo. El Pitbull vuelve satisfecho, ostentando con orgullo entre los dientes el palo que Nano le lanzó hace un rato. Ambos caminan acompasados. Todavía perfilados en una tenue luz que les ampara en un atardecer que ya no perdona. Que se disipa, poco a poco, en una noche que, como Fernando, parece sonreír, entre estrellas. Hoy es diferente.

Rafa Simón

@rafatxus

 

Fotos:

-Caja Rural

-Cristina Egea

-Rosa Ricart

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