Marino Kobayashi: el porvenir del dragón

El Blog de Rafa Simón
Marino Kobayashi: el porvenir del dragón
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Rafa Simón
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Marino vuelve a reír. Pero bajito. Con tentaciones de sacar el móvil. Y es que dan ganas de grabar la escena. “Dai, ancora mezz´ora in piú (Venga, todavía media hora más)!”, gruñe de nuevo aquel señor con sombrero mientras lanza sus brazos al aire. Sin coordinación. Su vuelo acaba de ser condenado a un nuevo retraso.

Los italianos parecen actores ambulantes. Gesticulan cada palabra. Y las salas de espera de los aeropuertos parecen ciudades pequeñitas, itinerantes. Pobladas por ciudadanos de mil y una nacionalidades que van y vienen. Que son sustituidos por otros. Las prisas se suceden. Marino, en cambio, observa desde la calma. Con los pies sobre su maleta.

Su vida también la marcó un aeropuerto. Un vuelo. Una decisión. Con 19 años pegó los pedacitos del billete de vuelta que años antes rompió su padre. Hace más de 25 años Jaime se fue a Tokio, de manera provisional, pero conoció a Joko, y se enamoró de ella. Decidió escuchar a su corazón y quedarse allí. Para siempre. Marino, en cambio, quería ser ciclista y sabía que, si no iba a Europa, jamás progresaría. Por eso, pidió permiso a sus padres para probar fortuna. Accedieron. De su madre se llevó el apellido, Kobayashi. Fernández, el de su padre, resultaba demasiado lioso para la cultura nipona con continuos problemas administrativos. Pero también heredó su cuerpo menudo. Y su educación. Fina y exquisita. Esencia de la cultura de un país de sonrisa limpia, aunque muchas veces no se sepa que piensa de verdad. Que siente. Como si los atascos, la contaminación y los grandes rascacielos de Tokio raptaran la esencia de cada ciudadano.

De su padre heredó unos ojos abiertos, muy oscuros, incapaces de perderse en una sola línea al reír. Y una tez morena, curtida en los entrenamientos por Arakawa, la gran carretera que Tokio hizo para ciclistas a las afueras de la ciudad. Un Oasis de sol y verde capaz de apartar a empujones la gran urbe durante 100 kilómetros.

En Arakawa solía cruzarse con Yukiya Ayashiro, el gran Samurai del ciclismo Japonés. Apenas un tímido saludo de transparente admiración del juvenil por el profesional les unió en esporádicos entrenamientos juntos. Pero no fue él quien le inculcó el amor por la bicicleta. Fue un español, Sergio Pardilla. En 2009. Marino, siendo un niño, se acercó con su padre a la meta de la última etapa del Tour de Japón. Sergio, que acababa de proclamarse vencedor de la prueba, se sorprendió de que un chico, algo diferente al resto, le pidiera una foto en su idioma. Marino le dijo que también quería ser ciclista. Y Sergio le respondió que nunca se quedara con la duda. Que mejor era arrepentirse luego.

Años después, en 2014, tras un verano de prueba en España, Marino atrapó el recuerdo de la conversación con Sergio. Empujado por un guiño de Edgar Nohales, el ciclista trotamundos, que por aquel entonces corría en Japón, Marino encontró un hueco en amateurs en el desaparecido Koplad de Sopelana, en el País Vasco. Decidió establecer su nueva sede de ilusión en la verde Cantabria, en la casa paterna que su familia aún mantenía en Colindres. Desde allí se trasladaría a las carreras. Pero el encuentro con un nuevo ciclismo dolió mucho. En Japón, como junior, despuntaba con facilidad, pero en el País Vasco, la agonía se presentaba cada fin de semana. El nivel era muy alto y las desgracias se agolpaban en cada competición. En el pelotón se las veía y deseaba para intentar ganarse una posición de privilegio por lo que, las carreras, extremadamente nerviosas, se le iban antes de tiempo. En cambio, cuando aprendió a leerlas, eran las caídas las que finalizaban con su ímpetu. La decisión de volver a casa era fácil. Tentadora. Comprensible. Allí volvería a destacar. Pero también a estancarse.

La desaparición del equipo vasco le llevó a cambair obligatoriamente de aires, fichando por el Paulinho, donde corrió dos años. Tiempo suficiente para darle la razón. Tenía claro que debía ser ciclista. Consiguió levantar los brazos con el equipo asturiano y, sobre todo, llamar la atención de la selección nipona sub23. De golpe conoció el empedrado flandrien, la sibilina Italia o el calor del meteórico Tour del Porvenir. Pero sobre todo, lo más deseado: La gloria en su propio país.

El pasado verano, acudió a la cita que más ansiaba. Era el momento de mostrar a su país lo que había conseguido durante sus tres años de destierro. Debía llevar las riendas en su Campeonato nacional. En la crono no tuvo rivales. Tras la prueba, los periodistas le preguntaron que cómo se sentía. Se limitó a decir que estaba tranquilo. Que al día siguiente, en la prueba en línea, volverían a saber de él.

Al día siguiente, antes de la salida, recibió un regalo de un gran amigo. Un casco personalizado con la bandera de su país. “Para que no te olvides de tu esencia, de tus raíces maternas”, le dijo. Pero lo más importante figuraba en la parte superior. Un Dragón. En la mitología japonesa, este animal concede deseos. Su amigo le dijo que le traería suerte. Y Fuerza. No se lo volvería a quitar nunca. Con ese casco volvió a ser entrevistado por los mismos periodistas tras imponerse en la prueba en línea. Ya era Campeón amateur en su país en la doble modalidad. Como Arashiro, el único que lo ha conseguido hasta ahora.

Pero lo mejor estaba por llegar. A pesar de que los mejores equipos nacionales profesionales mostraron su interés en que fichara por ellos, su compromiso fue con Hiroshi Daimon, uno de los Mánagers del Nippo Vini fantini. Daimon le habló del bloque que estaban construyendo con los mejores corredores italianos y japoneses del momento. Y le pidió, que si confiaba en él, corriera a prueba, como stagiaire, a partir de agosto. Marino aceptó. Pero pidió una cosa: que le dejaran correr siempre con el casco que le regaló su amigo. Ajeno a las marcas del equipo. Fiel a su amuleto.

Marino debutó como profesional en la Vuelta a Burgos. Aunque el momento más esperado llegó en la cuarta etapa. Bajo el calor castellano parecía sonreír entre los jadeos de Amets Txurruka, Jesper Asselman, Lluis Mas y Van Rensburg que, atónitos, observaban en cada relevo de una agónica escapada como el pequeño nipón disfrutaba de cada pedalada. Marino parecía recibir fuerzas extra a través de la única sombra que se proyectaba en el árido paisaje que les punzaba en sufrimiento. Un Oasis seco. La silueta del helicóptero de la Televisión. Como si fuera su dragón, que le escoltaba. La prueba de que su fuga era la buena. De que ya había llegado a profesionales.

Su ímpetu convenció a Daimon, que le ofreció un contrato de dos años a cambio de dar otro giro a su vida. A emplazarle a otro avión. Otro destino. Debería irse a vivir a Italia, a un piso del equipo. Lejos de los entrenamientos con su grupetta cántabra.

Ahora su espejo es Damiano Cunego. Con el no sólo comparte la misma estatura, también la misma pasión. Aunque, cuando se acercan los periodistas, a uno le preguntan por objetivos, victorias y, al otro, por lo que pueda aportar como novato.

Cunego ganó un Giro cuando Marino aún era un colegial. Pero le sabe mirar sin galones. Con cariño. Con amabilidad. Le advierte de que, en todas las penurias, siempre hay una moraleja. Le dice lo mismo que Sergio Pardilla: Que debe de luchar por su sueño. Y Marino lo tiene claro. Intentará aprender muchas cosas este año para volver a Japón con una idea. Una cruzada. Ganar el Campeonato nacional, el de verdad. Con los profesionales. Como un pequeño gran Samurai.

Si puede levantará los brazos por todos los que le ayudaron a edificar su sueño. Por la verde Colindres, la tierra que le acogió cuando sólo era un atrevido adolescente capaz de dejar su país para creer en algo. Por sus compañeros del Koplad y del Paulinho, con los que aprendió a decir palabrotas en español. O por sus compañeros de la revista japonesa “Cyclesports”, donde `pasó de escribir sobre sus ídolos, incluso a hacer de traductor, como ocurría a menudo con Purito Rodríguez, a saludarse con ellos en las carreras.

Pero sobre todo por Jaime, su padre, que le sigue pidiendo que tenga cuidado con los coches, por permitir que su hijo fuera el Fernández que regresara a Europa. Y Por Joko. Ahora ni siquiera puede verla cada vez que  va a Japón. Debe permanecer a las afueras, en Saitama, para poder entrenar sin las molestias de la gran urbe. Son los grandes inconvenientes para lograr su sueño: permanecer muchos años en el profesionalismo, sea capaz o no de conseguir una victoria. La primera de todas ya la encontró cuando aquel helicóptero de la Televisión proyectó su sombra sobre su casco. Filmó la existencia de Marino Kobayashi. El porvenir del dragón.

Rafa Simón

@rafatxus

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