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25/05/2009

Giro 09. 16º etapa. Carlos Sastre silencia los apeninos

Un calculado ataque le permite llevarse la victoria en la etapa reina y ascender hasta la tercera posición tras el desfallecimiento de Leipheimer y Pelizzotti, eliminados y la imposibilidad de Basso para darle caza

Por: Ainara Hernando
Foto 1de 3

Fotos: Tim de Waele 

No acostumbra Carlos Sastre a llevar en su zamarra la polémica ni la discusión para sus peregrinajes. No comparten éstas con el abulense golpe de pedal. Silencioso y trabajador. Dosificado en esfuerzos metódicos. Calculadores. Es una máquina humana de hacer operaciones en carrera. Un visionario de virtud predictiva que no vocifera sus augurios. Se quedan en sus entrañas porque no las comparte ni en reductos con sus compañeros, sacrificados como Serge Pauwels, encendedor imprevisto de la mecha del litigio en Faenza, cuando se vio impuesto a tocar el freno. Sastre entonces callaba. La corrección es su ley. Pero en este Giro en el que el paso de las horas y la propia orografía se encargan de acallar controversias y voces enfadadas, como la de Danilo Di Luca y su retórica a la impasibilidad del Liquigas de Ivan Basso, la misma desdicha se esfuma con tal prestancia como llega la posterior reivindicación. Ocurrió con el varesino y sus ataques en el Monte Cassale, la tachuela intransigente que dejó sello a sus promesas. Tomó el camino después Sastre por la misma vía, la ofensiva. Silenciosa también la suya, como la de Basso. Solo se distinguía su audaz respiración entre la cadena que cambiaba de ritmo para dejar de lado a sus rivales. Pero, a diferencia del líder italiano, el final de Sastre fue místico. Triunfante y de ascenso, el que le otorga ya un puesto en el cajón del podium


Eligió el abulense para su escalada una de las curvas de Monte Petrano. Selección astuta, pues fue el mismo espacio natural donde ubicó su triunfo en el Tour de Francia con el rentable ataque entre los 21 giros del Alpe d'Huez. Calculador de nuevo. Se amarró a los números para tentar a los contendientes que metros antes habían empeñado en dejarle en la estacada. Basso, desafiante nato de puertos arrastró a Denis Menchov, el líder resistente y a Danilo Di Luca, ambición irreductible, poco después de que el Liquigas diera el relevo protocolario al Rabobank que había controlado hasta entonces el pelotón de favoritos en su vagar por los primeros puertos de la maratoniana jornada monárquica. No en vano la denominaban reina con sus más de 230 infernales kilómetros. Pura olla a presión que cocía ciclistas a más de 30 grados sobre el asfalto. Por eso Sastre se contuvo a sí mismo, sosegado y frío, como acostumbra, pero de caminar constante. El mismo que le llevó, paciente, hasta la rueda referencial del líder, despegado ya de Pellizzoti y Leipheimer. Abrasados por sí mismos. Vuelo de altas temperaturas para ambos. Ensogó el abulense su rueda efímera con un nudo débil, presto a ser cortado con prontitud. En cuanto aparecieran las curvas. En la primera, con casi una docena de kilómetros por delante se desencadenó del ancla de Menchov.


Intento fallido. Basso consiguió atar su cabo al del barco de la general del Giro. Menchov, Di Luca, el propio líder del Liquigas y Sastre. Los cuatro fantásticos que huelen el podium a menos de una semana para la conclusión de la carrera. Fue entonces cuando la previa marcha militar del Rabobank, cuerpo de defensa y contención ante los previsibles ataques de Di Luca se hicieron realidad. El alegre pedalear del corredor del LPR hizo presencia. Leve, porque el pre-aviso le sirvió a Menchov para reprimirle. Pudo esta vez con el 'killer' pero se olvidó de la singularidad de combate silencioso hecho tésis por Carlos Sastre. Dos ataques más tuvo que realizar el abulense para levantar definitivamente el vuelo, callado y anulador de polémicas, y marcharse en busca de Yaroslav Popovych. Inexpugnable coraza la del apático ucraniano cuando consiguió dejar a Damiano Cunego en el descenso de Catria, hasta que el ambicionado silencio de Sastre acabó por sumirle en la ultratumba.


Altas temperaturas

Poco antes había sido, por contradicción, el propio corredor del Lampre quién había soltado de su rueda a Popovych. Rabieta desfogada en una escapada de la que formó Cunego filas, junto a Michele Scarponi, el propio Popovych, David López, Ángel Gómez 'Litu', Jens Voigt y Delio Fernández, entre otros, y con la compañía camuflada de Mauricio Ardila, muro de contención y síntoma de táctica controladora. Los más de mil metros de desnivel sorteado entre Nerone, subida rapada de carretera improvisada y de asfalto casi pedregoso, y su rápido descenso los situaron con más de cuatro minutos de ventaja, casi definitivos cuando el pelotón, desnutrido por las altas temperaturas hacía volar latas de líquidos que se distribuían, caballerosos los que después iban a ser rivales. Humanidad ciclista. No compartió sus refrigerios Michele Scarponi, por imposibilidad propia. No paraba en su constante desprendimiento de agua sobre el cuerpo. Placer efímero y momentáneo, pues en cuestión de segundos volvía a desprender sudor, producto del abismo por el que se autoflagelaba. Infierno a más de mil metros de altura. Delirante.


El italiano, combativo organizador de la escapada que formó él mismo en el kilómetro dos de la etapa, posaba sus manos continuamente entre botellas regaladas por los centenares de aficionados agolpados en las carreteras. Pero el pánico a la deshidratación, henchido en los corazones de todos los ciclistas, le llevó a acabar desnutrido y con el pertinente castigo del cuerpo. Mazazo en plena ascensión al Catria, hasta donde había hecho vanagloriar su aguante frente a Cunego y Popovych, solos irremediablemente en cabeza y donde el del Lampre vislumbró la miel del éxito tan reticente con su cabellera. Soltó a Popovych en las rampas, pero fue después incapaz de perseguirle en el descenso. Otro deseo incumplido. También se quedó en simple anhelo la visión del ucraniano del Astana cuando la ligereza de Sastre acompasaba su pedalear silencioso para superarle arritmado. Medición exacta. Una curva mágica desató su primer ataque y descolocó a Ivan Basso, responsable en la caza del abulense, que se marchó en primera instancia a su caza, pero volvió al regazo de Menchov y Di Luca con las manos vacías. Sin verdugo ni victoria. Esa se posaba ya en la mano levantada del líder del Cervélo. Tenue celebración la de Sastre, silencioso, como acostumbra y que sirvió para acallar las voces polémicas de los apeninos. ainara@ciclismoafondo.es

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