Su caída en el último kilómetro no le impidió llevarse el triunfo en la general pero le apartó de la lucha por la etapa, con la que se topó Ignatas Konovalovas
Por: Ainara HernandoFoto: Tim de Waele
Se decantó Denis Menchov en la jornada previa a la gladiadora batalla final romana, mientras se dirigía hacia la majestuosa capital italiana rumbo a finiquitar el Giro, por no acercarse a las reseñas históricas que certificaban el ocaso del Imperio Romano, el avasallador absolutismo que dominó durante siglos el viejo continente europeo. Expiró ante los saqueos de visigodos y vándalos a comienzos del siglo V ante la indefensión de los otrora dominantes que cayeron por falta de soldados que frenaran el avance del enemigo invasor. Alejaba el ruso del Rabobank la historia del imperio caído ante sus pies, a un paso de la consagración, y que ya pisaban Roma, aferrándose a la lucha cuerpo a cuerpo, sin escuadrones atacantes con vías a invadir su maglia rosa. La suya iba a ser una contienda individual y evocadora de los cruentos juegos dispuestos para el albedrío del pueblo romano que se agolpaba en el Coliseo para asistir a las sangrientas peleas de gladiadores y fieras. Una de ellas le soltaron a Denis Menchov, minutos antes de que hiciera su asalto al escenario pavimentado de los alrededores de la Roma imperial. Danilo Di Luca, bestia inmunda y con hambre de vestimenta rosa. Una de esas batallas donde un paso atrás, un movimiento erróneo, traspié o caída cuestan una vida. Un Giro. Bestia contra gladiador. Hombre, imperioso y dominador inexpresivo, pero conquistador de tierras, frente al voraz animal de dientes afilados, dispuesto a atacar en cualquier terreno. Combate milenario y provechoso de la lluvia que hizo deslizantes las piedras del suelo de Roma.
Menchov, por dominador, sintetizó las figuras de los más ilustres y grandiosos emperadores de Roma para caminar, victorioso como ellos, a su entrada en la ciudad gloriosa. Fue añadiendo tierras a sus dominios, al estilo de Vespasiano, gobernador del Imperio que reconquistaba el ruso. La figura autoritaria dominante entre los primeros años del siglo I logró adosar a su creciente reino Britania y Jerusalén. Menchov, como Vespasiano, sometió primero San Martino di Castrozza, tempranero final en alto del Giro. Aviso. Tomó después las cinco tierras de contrarreloj donde estableció su reino de rosa consistente y firme ante los ataques de los escuadrones italianos, el Liquigas y el LPR que no pudieron destronar su reino. Invatible. También emulando la figura de Vespasiano, Menchov se aprovechó de la labor de los ejércitos enemigos para proseguir su ocupación transalpina. Los mismos combatientes abrieron su paso con el trabajo incesante y esperanzador de un LPR que quería desmontar la tiranía soviética. Inviable ante su fuerza, telón de acero inexpresivo sin apenas símbolos de debilidad.
Suelo resbaladizo
También simbolizó el ruso la figura de César Augusto, primer gran tirano del Alto Imperio Romano y responsable de la expansión más amplia del gobierno. Su autocracia cruzó el Mediterráneo para establecer el dominio absoluto en Hispania en el siglo 17 a.C. Lo hizo Menchov, pero en versión moderna. A lomos de su bicicleta cuando se proclamó rey de la Vuelta en el 2007, revalidada ante el triunfo, de parca demostración intimidadora por la descalificación de Roberto Heras. Prosiguió su ensanchamiento de reinado cruzando los Pirineos, hacia tierras galas, donde anexó a su imperio Pla de Beret, meta de la 11º etapa del Tour 2006 donde volvió a vestir su toga emperadora. Dominante, como el gobernador Augusto en sus años de apogeo. Solo le restaba para culminar la supremacía el retracto de las comarcas transalpinas, anexadas por tierras. La de San Martino di Castrozza y las cinco posteriores, definitivas ulteriormente en su absoluto dominio del Giro de Italia.
Pero hasta llegar a Roma, donde caballos, soldados y el propio conquistador descansan al cobijo de sus protectores, el canto de la victoria se entona con volumen bajo y tímido. Pulcro ante las diligencias topadas como sorpresa en el camino. Por eso Menchov, agudo avasallador, aseguraba antes de la última batalla, la que parecía un camino victorioso y sosegado itinerario, que la etapa no iba a ser "un paseo tranquilo". Lo decía por instinto. El mismo que le señalaba el altercado con el que Di Luca, la bestia hambrienta, quería desgajar el maillot rosa, áurea de sinónimo vencedor, que portaba Menchov en su salto al escenario del Coliseo. Batalla individual la de ambos, con los 20 segundos que adelantaban el paso de Menchov en su búsqueda de resguardo y la celebración en Roma donde el arco de Constantino, adyacente al Coliseo, le señalaba la certificación de la victoria, al estilo de los conquistadores del Imperio clásico que hacían su entrada por él para agasajar al valiente general triunfante. No contó, sin embargo con los efectos del cielo. La lluvia que condicionó la contrarreloj por las calles de Roma y supeditó el caminar de Pinotti y Voigt, frenados por el espejo que brillaba bajo sus ruedas y amenazaba con resbalones.
Caída y susto
Fue una turbación que no acobardó a Di Luca, hábil en el manejo del manillar. La fiera a la que le soltaron las cadenas para irrumpir en el escenario circense dispuesto a acabar con el dominante gladiador ruso. Insaciable se mostró en los primeros kilómetros, asemejados más a una etapa de montaña donde acostumbra a asfixiar a sus rivales a base de zarpazos mortales, que a una contrarreloj de esfuerzo individual y pesaroso. Llegó a comerle cinco segundos a Menchov, pero el imperial rey del Giro estableció su ley de poder. Como acostumbra. A base de constancia y leves movimientos. Pedalada imparable. En el segundo punto intermedio ya tenía tres segundos de ventaja respecto al felino hambriento de carne rosa y destrozaba las ilusiones de Ignatas Konovalovas, sorpresivo mejor contrarrelojista en Roma, supeditado también a la lluvia que espantó.
En el camino de entrada triunfante a la Roma imperial, a la que Menchov se acercaba apuntando ya una victoria de etapa más, el sol jugó con las nubes, cargadas de agua. Explotaron cuando Di Luca ya había terminado su Giro. Nada más que hacer por su parte. Pero el cielo le hizo un guiño al bravo corredor del LPR. Gotas de castigo para Menchov con resultado cardiaco. Resbalón. Corazón en el el puño cuando Di Luca, expectante, cambiaba de rostro. Menchov apenas tocó los adoquines que le hicieron temblar. Milésimas de tiempo que le impidieron llevarse su tercer triunfo parcial, pero que le empujaron a erigirse. Instinto. Volvió a levantarse para corretear tras la bici que, también por impulso ganador, avanzaba en inercia a la meta, cercana en distancia pero distante en el órgano vital de Menchov. Susto. Y rabia contenida. Amedrentó el paso en los últimos metros para regalar a Konovalovas la victoria y entonces desató toda su ira. Poderoso grito de gladiador. Desconocido en su carácter imperturbable, pero justificado frente a la angustia sufrida antes de llegar conquistador, como los líderes que en los primeros siglos de dominio romano cruzaban los aledaños del Coliseo donde Menchov se encumbró. Emperador centenario. ainara@ciclismoafondo.es
LA CAÍDA DE MENCHOV EN IMÁGENES
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