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Emiel Vermeulen: aspirante a ¨flandrien¨

El Blog de Rafa Simón
Rafa Simón -
Emiel Vermeulen: aspirante a ¨flandrien¨

Moreno Hofland aún lleva un hombre por delante. Frenar en la curva sería olvidarse de la carrera. No hacerlo quizás supondría ir al suelo. Perderlo todo. O la gloria. En la Avenida de Toisson D´Or nunca decide la coherencia. Su última curva es sibilina. Paciente. Fría. Una inyección de adrenalina caliente para aquel que ose desafiarla y la parta en dos hasta, prácticamente, deslizar su manillar a escasos centímetros de las vallas donde los espectadores, hacen sus apuestas.

Emiel sabe que, ni siquiera para un hombre rápido como él, la espera es un lujo con el que pueda contar. Su batalla siempre llega antes. En el enjambre del pelotón. Donde las abejas reinas llevan maillots respetuosos. Lotto Soudal, Lotto Jumbo, Quick Step. El suyo, negro y rosa, aún debe esperar su turno.

Apenas tres días antes, en la Paris Tours, los grandes equipos apenas le dejaron acercarse a la cabeza de carrera. Primero nosotros. Luego tú. Ley “flandrien”. En la Televisión sólo hay sitio para que los grandes equipos justifiquen sus inversiones. Para que pongan en marcha sus trenes sin compasión para el resto. Los “otros” tienen otras fórmulas. Pueden intentarlo de lejos. Hipotecar su potencial a un rato de atención mediática. Luego nada. Emiel no es así. Es sprinter. Pero de un equipo obrero. Continental.

Por eso, días atrás, tuvo que resignarse a cruzar la Avenida Grammont remontando los escasos huecos que permitieron los descartes de los equipos grandes. Su juventud, sus 24 años, nunca resultaron dóciles. No ayudan a domarle. A esperar su momento. André, su abuelo, siempre se lo repite: “Emiel, el ciclismo es una carrera de larga distancia donde los potros queréis correr a la altura de los caballos más maduros. Todo te llegará”.

André tiene la culpa de que hoy su nieto quiera ser un caballo. Hace muchos años, le puso un abrigo en un nublado domingo y se lo llevó al templo del ciclismo nacional. Al Tour de Flandes. Buscó una buena cuneta junto a un puesto de “frites” y cervezas y le dijo que sólo observara. Que disfrutara del griterío de la gente. De las peleas entre Johan Museeuw, el “Leon de Flandes” y Peter Van Petegem, “El Negro”. El veterano y el joven. Le inyectó lo más sagrado del ciclismo en sus venas.

Desde entonces, Emiel nunca quiso otra cosa. Pero, siempre, con el colchón de una carrera universitaria. Por eso, los años más importantes, los de amateur, los pasó sobre los libros. Durante el día asistía a sus clases de Ciencias del deporte, en la Universidad de Gante. Al anochecer, sus rodillos eran la única arma de entrenamiento. Tres barras para satisfacer sus ansias de mejora.

Los fines de semana, apenas tenía con que compararse al resto de corredores. Por eso atacaba de lejos. Los más corredores más destacados movían sus equipos en los kilómetros finales. Él se sentía modesto. No creía que tuviera fuerza en las cotas finales, en el sprint, pero sí que quería mostrarse al mundo, aunque fuera de lejos. Como hacían los humildes en las Clásicas belgas.

Sin embargo, el año pasado, al terminar sus estudios, por primera vez en mucho tiempo, se encontró precisamente con eso. Con tiempo. Con un verano para él. Con las sensaciones adquiridas en 2015 en la temida Putte-Kappelen, donde, por primera vez, espero al sprint. No tuvo opciones. De nuevo lo ganaron los grandes, pero le dejaron asomar, hasta el noveno puesto.

En la Gooikse Pijl, su mentalidad cambió. Amateurs mezclados con profesionales. De nuevo nadie le esperaba. De nuevo tuvo que enfrentarse al desgaste prematuro. Ofrecerse al viento cuando los grandes sprinters aún cuentan con un séquito de hombres que velan por ellos. Aun así lo intentó. Se atrevió a medirse con el “Rey Nacional” de ese año. Timothy Dupont. 16 victorias de un profesional contra la intuición de un amateur.

Emiel le había estudiado. Dupont apenas le conocía. Tan sólo era el “chico rápido del 3M”. Le retó de tú a tú. En la recta final pudo sobrepasarlo, aunque no a Kruopis, el otro sprinter del Verandas Willems. Terminó segundo. Su juventud no supo valorar lo logrado hasta que Dupont, tan corpulento como parco en palabras, le puso una mano en su espalda, que todavía palpitaba de esfuerzo. “Chico, no te esperábamos hoy. No has ganado, pero has sido valiente. Sigue así”, le regaló. Luego desapareció.

En casa, André se lo recordó. Miró a su nieto, que, con los pómulos enrojecidos, arrastraba la cuchara sobre un plato que no se dejaba comer: “Emiel, sólo eres un ‘potrillo’, ten paciencia. Dupont y Kruopis tienen experiencia. Y 28 años. La edad deseada. Todo llegará. Valora cada logro”, zanjó.

Entonces, Emiel tomó una decisión importante. Ya tenía su título universitario. Era hora de valorar su potencial. 2017 sería su primer año en serio. Sobre la bicicleta. Como un profesional. Ficharía por el Lille Roubaix.

Pero, de repente, todo cambió. Ser ciclista, ser sprinter, no era un juego. De golpe se enfrentó a la responsabilidad. A justificar un salario. A encajar los verdaderos golpes. Las caídas. Dos. Muy duras. Separadas en el tiempo, abril y agosto, pero que maltrataron su cuerpo. Su temporada. En la primera rompió su muñeca. En la segunda dislocó su hombro. Le forzaron a rediseñar objetivos. A trabajar para Lecroq. El otro sprinter del equipo. Cuando te bajas del tren hay que subirse en el vagón que quede libre. Sin margen para rechistar.

Pero en el equipo francés, confiaban en Emiel. “Chico, repítenos el mes de Septiembre del año pasado. Cuando doblegaste a Dupont. Eres ‘Flandrien’ o no?”, le retaron.

La respuesta la encontró en su propia casa, en Koolskamp. En la carrera que rodeaba su pueblo. La que, además del Tour de Flandes, siempre había visto de la mano de su abuelo. Ese día ganó Fernando Gaviria. Emiel, a pesar de los dolores, de correr con un costado aún maltrecho, finalizó octavo, entre corredores del World Tour. Emiel se acercó a saludar al colombiano, para demostrarle admiración. Gaviria le dijo que en el ciclismo no importa el color del maillot, sino la pasión que uno ponga sobre los pedales. Que él también había sido de un equipo modesto. Emiel sonrió aunque, a la hora de la verdad, le fuese aún imposible tocar la punta de un pelotón, el de las clásicas belgas, que se mueve por jerarquías. Aunque no estén escritas.

“Todo para Moreno Hofland”, se jadea desde el tren del Lotto Soudal. Las instrucciones se silban agónicas en un pelotón desmembrado. Serpenteado en una pequeña guerra de guerrillas donde hoy, la ley de los más fuertes, parece perder cobertura por momentos. El último de los cuatro pasos por la Cota de Charneux ha cohesionado la fuga del día con el grupo de favoritos, que apenas roza la veintena.

Emiel atrapa la rueda de Hofland. Hoy nadie le dirá cuál es su lugar. Elegirá él. Su cuerpo, menudo, se bambolea entre hombres más corpulentos. Toisson d´Or, se anuncia. Desafía a quien ose cruzarla. De lado a lado. Emiel empuña su manillar desde abajo. Sus pulsaciones, altas y descontroladas, deciden no tocar los frenos. Asumen el desafío de la Avenida. Cruzarla hasta quedarse a escasos centímetros de las vallas. Todo o nada. Hofland, que ya ha perdido su lanzador, también acepta el desafío. Los jadeos, al galope, se golpean. Los bamboleos de manillares, las pedaladas asestadas a golpe de riñón, se baten arrítmicas. Luego, ambos, estiran el cuerpo. Batiéndose por los últimos centímetros.

La victoria es para Hofland. Emiel, maldice. El segundo puesto es siempre para el primero que no vence. Pero acepta su derrota. Desliza su mano por la espalda de Hofland para felicitarle instantes antes de que la nube de fotógrafos les engulla.

Luego sube al podio. Cabizbajo. Algún día será él el que cambie el guión de las cosas. Hoy sólo tiene 24 años. Tan sólo es un modesto sprinter en un equipo continental. Tan sólo un potro que desea alcanzar los 28 años. La madurez de la victoria. Sabe que llegará. Se lo dijo André, su abuelo, que de esto sabe mucho. De momento, aún es aspirante a Flandrien.

Rafa Simón

@Rafatxus

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