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Joxean Fernández Matxin: “el caza-talentos del Quick Step”

Rafa Simón nos dibuja el perfil de Joxean Fernández Matxin, actual ojeador del Quick Step y pieza clave en el ascenso al profesionalismo de decenas y decenas de grandes talentos.
Rafa Simón -
Joxean Fernández Matxin: “el caza-talentos del Quick Step”

“¡Parcero, grande!”, bramaron a su oido. Lo primero que Álvaro recibió al llegar a meta fue el jadeo paralelo de su auxiliar. Un grito cómplice. Un botellín de agua. Luego llegarían las cámaras, los micrófonos. Las felicitaciones radiales de otros corredores. Palmadas. Todo ocurre en pocos segundos, a sangre caliente. Visceral. A veces irreflexivo.

Joxean se encontraba unos metros por detrás de todo el bullicio, apartado de todo lo que llega a las cámaras. Álvaro lo intuyó. De nuevo se subió a su bicicleta. Lo buscó. Pronto se percató una silueta fina, filtrada en vaqueros prietos. Se ocultaba tras unas gafas de sol. Brillantes. Talladas a la última moda. Álvaro lo abrazó. “¡Gracias, gracias!”, acertó a decir. Joxean tragó su emoción, que ya anudaba desde hace un rato para silbar un “¡qué grande eres, ´gallo´”. No hizo falta más.

Joxean se había desplazado al Tour del Porvenir para hacerle ver en persona a Álvaro que, aunque la selección de Colombia había ido a ganar la Genreal con Egan Bernal, que aunque nadie le iba a poder cubrir del viento ni un solo metro, esa etapa, la sexta, iba a ser suya. Por delante de Halvorssen, el Campeón del mundo, y de todos los sprinters que sonarán en unos años.

Por eso, porque creía en él, habló con Patrick Lefevere, Mánager del Quick Step, para convencerle de que a ese chico había que darle una oportunidad en el equipo.

Desde 2015, Patrick confía en él para diseñar la base del equipo, para regenerar una estructura acostumbrada a ganar. Lo que en fútbol es un “ojeador” y que ahora llaman “Scouting”. Sellaron su acuerdo en el Mundial de Ponferrada, en 2014. Matxín no lo dudó. En la Lampre le estaban dando demasiadas largas para renovar su contrato como Director.

Joxean se recicló. Cortó una trayectoria de emociones como Director deportivo que empezó a lo grande, en el Mapei. Por eso, cuando charla con Boonen, Terpstra o Stybar, no se arruga. Ve lo que realmente son. Profesionales que la prensa tilda de “estrellas”, pero que, en el fondo, llevan el mismo chandal, las mismas zapatillas que los neoprofesionales que llegan cada año. Corredores experimentados que se dedican a integrar a los recién llegados desde las primeras concentraciones, rompiendo las barreras que, por timidez, se crean los novatos.

Por eso, hace más de 15 años, cuando le dijeron que dirigiría al Mapei en el Gran Premio de Plouay, miró de frente a Davide Bramati, a Luca Paolini, a Taffi, a Nardello, a Bartoli. No les observó como “estrellas”. Tan sólo se limitó a ofrecerles un plan de carrera. Para que ganaran. Se acostumbró rápido a ver corredores llegar a las concentraciones en Ferrari. A intuir chicos con talento. A verles pasar de la timidez a los tatuajes, a los grandes contratos.

 Años después, su ambición le ofreció un proyecto propio. Lo vistió de amarillo. Tuvo varias denominaciones, aunque siempre intentó mantener uno de los apellidos. Compuesto: Saunier Duval. Lo llevó a ser Pro Tour. Mezcló jóvenes y experiencia. Un día, su segundo director, Sabino Angoitia, le dijo que le podía poner encima de la mesa un contrato con Iban Mayo. Revolucionaron Euskadi con su fichaje. Antes había llegado Joseba Beloki. Luego vendría Gilberto Simoni, David Millar… Llegaron a codearse con los mejores equipos del mundo. A ganar etapas importantes, más aún. A adjudicarse una Vuelta a España.

Se la regaló un chico corpulento, algo tímido, con una personalidad, que, cara al público, resultaba particular. Joxean sólo vio en él alguien en quien podía confiar, un chico inseguro con un tremendo potencial en sus piernas. Matxín tuvo que trabajar duro con él. Juanjo Cobo le dijo a Joxean que quería dejar la bicicleta dos meses antes de ganar la Vuelta a España de 2011. Sólo Joxean sabía cómo quitarle esa idea de la cabeza. No era la primera vez que le hacía cambiar de idea. Dos años antes, le obligó a correr la Vuelta de 2009, aunque tuviese un brazo en cabestrillo. Obtuvo el décimo puesto en la general.

 Por eso, Joxean se alió con su mejor arma, el “feeling” con los corredores. Sabe sacar de ellos lo mejor. Con cariño, pero también haciéndoles ver que, sin esfuerzo, no hay premio. Pero aquella Vuelta también tuvo un momento muy duro. A una semana de terminarla, cuando Cobo aún era sexto en la General, tomó una de las decisiones más duras y arriesgadas de su carrera. Mandó parar a David De la Fuente, que se encontraba escapado con Rein Taaramae, para esperar a Juanjo. De la Fuente lo hizo. Renunció a ganar una etapa en la que iba era más fuerte que el estonio para creer en una utopía. Creer en Cobo, su compañero de habitación, su amigo, pero también en la locura de restar bonificaciones. Ese día consiguieron 20 segundos entre los dos. Que Wiggins no sumara. Cobo ganó la Vuelta por 13.

Tras un breve impasse de un año, llegaría una última experiencia con la Lampre de Giuseppe Saronni. Dos años que se difuminaban en una incertidumbre que se alargaba demasiado. Hasta que Lefevere le dio su acuerdo para nutrir a uno de los mejores equipos del mundo, desde la base.

A pesar de su historial, Joxean no reivindica ningún triunfo. Nunca lo ha hecho. No hay una foto en su casa en la que se atribuya ni uno de los triunfos que atesora alguno de los corredores que él dirigió. Lo que realmente le hace feliz es saber, que en medio de tanto Ferrari, de chicos con tatuajes y grandes contratos, un día, él echó una mano a un chico joven. A muchos. A quien vio que realmente lo necesitaba en ese momento.

 Si se le fuerza a ser más preciso, los ojos de Joxean brillan más tras sus gafas. Aún abrazado a Álvaro. Imposible no dejar escapar una sonrisa ante uno de los corredores que más le llamó la atención en su carrera. Un tipo despistado al que, simplemente, dio un empujón en la dirección más correcta para él. Para que pasara de ser un tal “Óscar”, al “sprinter de Torrelavega”. Dice que ahora ve en Fernando Gaviria lo mismo. Que en un sprint son capaces de parar el tiempo. De lanzarse sólo con intuición. Y eso es algo único.

Pero a veces, no todo es brillo. Las espinitas que aún conserva clavadas, florecen. Se acuerda de las traiciones. De una muy significativa. El positivo por EPO CERA de Ricardo Riccó. De los gritos en el pasillo de aquel hotel, en aquel Tour. Delante de todo el equipo, del Staff. “¿Qué significa esto?”, bramó Joxean. El corredor le miró a los ojos. Que no sabía nada. Fue toda respuesta.

También se acuerda de la maldita época de los puntos UCI. De no poder pasar a profesionales a corredores que lo merecían: Garikoitz Santesteban o Josu Isasi. Y también de la lesión irreversible, de, para él, uno de los corredores más prometedores que tuvo: Ángel Saiz de la Maza.

 A cambio, cuando le preguntan por la Vuelta de Cobo, él prefiere hablar de haber conseguido que fuera ciclista. Los éxitos sólo tienen el tamaño que uno quiera darle. En cambio, los sueños son inmensos. Él ayudó, en 2001, a que 10 corredores pasaran a profesionales. Eso sí fue grande.

 Por eso, cuando Álvaro Hodeg le abrazó, cuando sintió como realmente el colombiano abría su corazón para él, en puro agradecimiento. Joxean se acordó de Cobo. De Freire. De Rui Costa. De Ulissi. De Fernando Gaviria. Y sobre todo de David. De que cediera su etapa. Su posible aumento de contrato para que ganara un amigo una Vuelta en la que muchos no creían.

Para Joxean, el ciclismo es un sentimiento con muchas imágenes donde, la victoria, el triunfo es del ciclista, no le pertenece. Eso no. Él se lleva algo mejor. El cariño íntimo. Un maillot dedicado. Ajeno a lo material, pero desbordante en sentimiento.

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