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Víctor de la Parte: El aventurero que llegó al Movistar

Nuestro bloguero Rafa Simón nos descubre el increíble camino, de Grecia pasando por Austria y ganando en Argelia, que ha tenido que recorrer Victor de la Parte antes de cumplir su sueño de correr en el Movistar Team.
Rafa Simón -
Víctor de la Parte: El aventurero que llegó al Movistar

Nunca fijó la vista en el barranco por el que prácticamente, al apurar la cuneta, despeñaba gravilla al pasar. Volaba sobre su bicicleta. Constantina es una ciudad elevada sobre grandes rocas.  Apuntaladas tan verticalmente que, sin quererlo, desafían al vértigo por todas sus vertientes. Un golpe de viento quizás hubiese hecho que, las noticias, no hubiesen mencionado su revolucionaria victoria, sino un final realmente trágico. 

La inconsciencia le regaló un triunfo inesperado en un Tour de Argelia que no le importaba a nadie. Sólo a él. Y a su amigo, a Joaquín Sobrino. El que le embarcó en una aventura en la que, Joaquín, el reflexivo, al principio, vio mil y un “peros” pero que a Víctor, el “imprudente”, le pareció bien. “¿Nos dan una bici?”, preguntó a Sobrino como único listado de dudas.

Ambos se vieron fuera de un tren, el de Caja Rural, que empezaba a circular bien asentado en las vías del ciclismo. Joaquín lo vivió con algo más de resignación. Ya se acercaba a la treintena. A Víctor, en cambio, la desilusión le cogió a mitad de su veintena, atrancando, de repente, todo el ciclismo que ya florecía en sus piernas. Joaquín le dijo que se iba a Grecia, a un “Conti”, para “tirar como fuese”. Que se animara. Víctor no se lo pensó. Tenía lo que necesitaba. Un buen amigo, una bici y un poco de aventura. Que tuviera resultados o que los pudiera dejar de tener, era algo que quizás, se había quedado atrás. Puede que el momento hubiera llegado para que sólo ahora contasen las vivencias. De una trayectoria planificada pasó a que, en dos años, se saliera de la hoja de ruta para correr carreras que no sabía ni que existían. Su ciclismo pasó a las carreteras de Rusia, Rumanía, Bulgaria, China…y Argelia. 

En el Tour de Argelia, la prueba más importante de un país que respira poco ciclismo, sólo atacó porque Joaquín, su amigo, se lo dijo: “tú puedes con éstos”, fueron sus instrucciones en la salida de la última etapa. No se lo pensó. Sacó nueve minutos a Schumacher, que iba líder. Atacó de oídas porque, tras su salida de Caja Rural, se le había olvidado creer en él de manera natural. Sólo era un chaval que vivía al día. 

En 2014, el equipo griego desapareció. Joaquín se buscó la vida en Luxemburgo, para vivir otra aventura en “Contis”. Para Víctor fue traumático. Quedarse sin su amigo, sin ese “matrimonio” donde uno lo pensaba todo y el otro simplemente se dejaba llevar, era razón suficiente para perder todo el aliciente. Incluso se le olvidó que seguía cosechando resultados. Pensó en dejar la bicicleta.

La alternativa llegó tarde, en noviembre. Una llamada trajo consigo un billete sencillo. Una “ida” para Portugal. El Efapel necesitaba un hombre con victorias. Victor, en cambio, tan sólo una bicicleta. Seguir pasándoselo bien a tan sólo unas pocas horas de Vitoria, de su familia, era apetecible. El equipo portugués le regaló de nuevo, un calendario que conocía. Víctor correspondió con lo más importante para ellos. Una victoria en la “Grandisima”, en la Vuelta a Portugal. Un maillot de líder, aunque fuera por un día, que al equipo le supo a gloria.

Víctor realmente ni pensó en su contribución al equipo. En que seguía dejándose ver, compitiendo en bicicleta, que es lo que le gustaba. Aunque, por dentro, sentía un vacío difícil de explicar, le faltaba algo. La culpa la tenía Joaquín, que le había hecho descubrir su espíritu viajero. Analizó la causa. Portugal reducía su calendario. Le ataba a unos pocos países. Sentía que necesitaba abrirse más, viajar.

Su siguiente experiencia, sería determinante. Recaló en el Voralrberg, un equipo austriaco donde la ausencia de recursos la suplantaba con el cariño de cada uno de sus componentes. Le ficharon porque querían a alguien que lo hiciera bien en la Vuelta a Austria, aunque tan sólo fuera para acercarse a puestos honrosos en la general. Víctor, por primera vez, tuvo que preparar a conciencia una carrera. Entrenar en altura y todo. Como los buenos. Su cuerpo afinó como nunca antes lo había hecho. Sus compañeros le explicaron que el Tour de Austria se corría sin estrategias. Los grandes colosos alpinos le pondrían en su sitio. Cuanto más fuerte pedalease cerca de los mejores, más lejos llegaría en la general. Sin más secretos.

En cuanto comenzó la carrera, Víctor se dejó embriagar por el sabor de aquella sensación tan característica. Tan reveladora. La que describió su juventud. Hambre de victorias. Las costillas marcaban su silueta bajo un maillot siempre abierto. Se sentía muy fuerte. Ganó la primera de las etapas decisivas, la cuarta, en Dobratsch. Se metió en el Cajón del podio. Ya era suficiente. En su equipo le pidieron mantener lo conseguido.

Aquella tarde de julio, en la víspera de la séptima etapa, la reina, Patrick Jager, su compañero de equipo, se acercó a su habitación: “¿Recuerdas que te dijimos que no había estrategias para ganar esta Vuelta? Sí que las hay. Mañana debes coronar el puerto final, Kitzbuheler, en menos de 30 minutos. Si lo haces ganarás la etapa. Y la general”, le explicó. Juntos bajaron al coche de equipo. Les acompañaba Spas, el mecánico. Bajó su bicicleta del camión para montarle la clave para intentar conseguir la hazaña. Un plato de 36 dientes delante y una corona de 28 detrás. Desarrollos de cicloturista. El día siguiente no desperdició ni un diente. Ganó la etapa. Se llevó la General.

El premio fue agridulce. Le llegó, por primera vez, una oferta realmente suculenta. Ingresar en un equipo con verdadera infraestructura, el CCC Polaco. Significaba volver a una hoja de ruta planificada en su desarrollo como ciclista. El profesionalismo de verdad. Con concentraciones de equipo programadas. Con compañeros acostumbrados al alto ciclismo. A salir en la tele. Con carreras dentro del calendario del World Tour.

Por primera vez, vio medios que jamás habría pensado que pudieran existir. Si les contara a todos esos chicos que ganó la Vuelta a Argelia con una única bicicleta, sin más apaños. Que la ganó intentando evitar pasar por baches. Por miedo a quedarse sin bici. Nunca le creerían. En el equipo polaco tenía todas las que quisiera. Hoy, años después, cuando recibe puntualmente su billete de avión, se sigue acordando de lo que significaba ir con “una mochila”  a las carreras. “No iréis ahora los ricos a perder la memoria”, bromea Joaquín, por teléfono. Su amigo ya ha colgado la bicicleta. Pronto se verán. Cuando dispongan de tiempo.

Pese a todo, la mirada de Víctor sigue siendo viva y despreocupada, aunque ya no transite entre escarpadas rocas en países donde el ciclismo no le importa a nadie, donde nada de lo que vivió sale en la televisión. En Mayo, en cambio, sus ojos se cruzaron con mil y un flashes, con mil y una preguntas diferentes, con el interés de los medios. Posó, orgulloso, en el podio de Milán, donde subió con su equipo actual, el Movistar, a recoger el premio al mejor equipo del Giro del Centenario. Glamour tan lejos de las cuatro maderas que le sustentaban como ganador del Tour de Argelia. Ningún compañero le creería.

Ahora, su ciclismo, no es de aventura, es de alta responsabilidad. Su jefe es Nairo Quintana. Le pidieron que ayudara a ganar el Giro al colombiano. Su rol pasó de correr con una bicicleta y un maillot, a trabajar desde un primer momento para ganar cualquier carrera en la que su equipo participase. Correr en Movistar ha servido para lo que más quería, hacer que Pepe, su aita, su familia, sean felices. Son lo que le recuerdan que su categoría como ciclista se merecía una recompensa así. Aunque ahora las pase “canutas” en las etapas llanas para cubrir a Nairo. Para evitar caídas en esas primeras semanas locas donde nadie parece correr con cabeza. Aunque ahora tenga que subir y bajar al coche con botes de agua. Sin descanso.

Lo hace con placer. Al fin y al cabo, Nairo es un poco como Joaquín. De puertas para adentro, sin cámaras, es bromista, aunque a veces las cosas no salgan. Comprensible. Su agenda no es fácil. Comparecer con frecuencia ante los medios de comunicación. Bajar al hall del hotel  en cada Vuelta para atender los compromisos ineludibles con la masiva afición de su país que lo requiere cada día. Que lo acompaña en cada carrera. Víctor admira que siempre los atienda con una sonrisa. Aunque no siempre todo vaya bien. Nairo hace equipo.

Al fin y al cabo, quizás el cambio no haya sido tan grande. Corre en uno de los mejores equipos del mundo. Pero Joaquín le sigue martilleando con sus bromas. Y Patrick Jager, aquel compañero que le dijo como ganar el Tour de Austria, hoy viene a cenar. Trae compañía. Un equipo entero. El Voralberg hará parada en Vitoria tras participar en la Volta a Portugal. Víctor les ha seguido por la tele, en aquella Vuelta que le vio triunfar con Efapel. Tiene faena con tanta gente.

Luego vendrá la segunda parte de la temporada. Seguir corriendo carreras “de las buenas”. Quizás todo haya pasado demasiado deprisa. Como en un sueño. Muchos corredores de su equipo alucinarían con todo lo que Víctor ha vivido hasta llegar allí. “¿De verdad, ‘macho’? Qué mérito tienes”, le dicen. Para él no es tan raro. Al fin y al cabo, Víctor sólo quería una bicicleta. Un amigo. El resto vino sin querer.

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