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Alex Aranburu: talento a fuego lento

El Blog de Rafa Simón,
Rafa Simón -
Alex Aranburu: talento a fuego lento

“¿Mutil, prest zaude (chico, estás preparado)?”, escucha a su espaldas. Alex cabecea automáticamente para asentir mientras, con un rápido culebreo de hombros, trata de adoptar una posición más confortable sobre su sillín. El pulso se acelera de repente. Una rápida mirada a los lados le evade momentáneamente de las prisas, del ansia por lanzarse sobre el peralte que le separa de la carretera. Su peña, la del pueblo, está ahí, como en cada etapa. Su caparazón contra la tensión.

Con tan sólo 21 años, Alex ha cumplido uno de sus sueños. El de disputar su primera gran cita dentro del calendario World Tour. Con los mejores. Aún mejor. En casa. Ante los suyos.

El regalo se lo hizo uno de sus directores en el Caja Rural, Eugenio Goikoetxea. Tras una de las etapas de la pasada Vuelta a Andalucía, durante una sesión de masaje, Eugenio se acercó a Alex. Cuando éste sintió la silueta de su director, bromeó: “Me duelen las patas, Eugenio. Aquí van muy rápido”, dijo. Eugenio sonrió: “Más te van a doler en abril, en la Itzulia”. Alex levantó la cabeza de la camilla. Atónito. “¿En serio?”, balbuceó, sin apenas ser capaz de hilvanar alguna otra frase.

El otoño pasado, cuando el Caja Rural se decantó por él, por acelerar su progresión con un merecido salto a la categoría Profesional Continental, le hablaron claro. Le dijeron que no iba a conocer la palabra “presión”. Que debía correr por puro aprendizaje. Sin más premio que el avanzar a pequeños pasos. Apoyando al equipo para curtirse. La Itzulia, una de las citas más importantes del equipo no debía estar en su calendario, pero Alex evolucionaba mucho más rápido de lo que se esperaba.

En invierno, a dos semanas vista del inicio de temporada en la Challenge de Mallorca, durante la estancia del equipo en Benidorm, su entrenador analizó los test de campo de Alex. Eran buenos números. Le invitó a tener confianza en sí mismo, a sacudirse el miedo con unos buenos fogonazos en la prueba balear. Por eso, apenas sin tiempo para estrenar su equipación, se auto invitó a una fiesta donde corredores como Alejandro Valverde, Tim Wellems o Rafal Majka se repartían los primeros dividendos del año. Alex se sumó al convite de los watios, de las sensaciones. Su juventud no era un impedimento para su desparpajo, para aquel noveno puesto tan revelador en el Mirador des Colomer.

Sin embargo, su premonitorio talento ya pasó por otras manos. Fue hace dos años, cuando aún corría en aficionados, en el histórico Café Baqué. Jon Odriozola, director del Murias, le dio el “primer susto” de su carrera. Le llamó a mediados de 2015. Alex, que por aquel entonces vivía en el piso que el equipo ponía a disposición de sus corredores foráneos en Berango (Vizcaya), solo acertaba a tartamudear. Jon le calmó. Le pidió sacrificio, motivación. Le probaría en un par de carreras como “stagiaire”, a modo de test, y, si la cosa funcionaba, en 2016 le haría una ficha en profesionales, como al resto del equipo.

Tras la prueba, Odriozola quedó satisfecho y cumplió su palabra. Le dio su primera oportunidad. Aunque no fuera la ideal. En 2016, Alex conoció los sinsabores de las lesiones, sobre todo en una de sus rodillas. Pero supo darle la vuelta, crecerse con los problemas, labrar sus pequeños grandes resultados a base de esfuerzo. Sin queja alguna que debilitara su derecho a reclamar un hueco en profesionales.

Un año después, la llamada de Caja Rural era necesaria. Odriozola, con el equipo en categoría Continental, no podía ofrecerle un calendario tan atractivo. Allí estaría bien. Alex se llevó buenos consejos, sobre todo de su gran amigo y fiel compañero de entrenamientos: Gari Bravo. Gari le ofreció su día a día, en carrera o entrenando. Mil y una conversaciones donde empaquetó toda su sabiduría en un oficio que domina desde hace años en favor de Alex.

Por eso, cuando la víspera de la Itzulia, Alex se moría de nervios en el hotel, Gari le llamó. Le dijo que se tranquilizara. Que consumirse en angustia no le ayudaría nada, como le pasó a él en su primera participación en la prueba vasca. La ansiedad ahorcaría su potencial. El testigo lo recogió Jonathan, el compañero de habitación de Alex. Jonathan Lastra ejercería de “pequeño experto”. Para él era su segunda Itzulia. Conocía la carrera, aunque fuera de una vez. Suficiente para poder contarle, en sus mismas palabras, de que iba eso.

Alex escuchó a sus compañeros. Se evadió del sudor frio para asociarse con la carne de gallina. Con el griterío del público en cada curva de cada puerto: Mandubia, Santa Ageda, Alkiza… La sensación de escuchar su nombre a cada pedalada era increíble.  El sentir como Alberto Contador, Alejandro Valverde o Ion Izagirre intercambiaban miradas, jadeos o cambios de piñón a su lado era un regalo, no una obsesión.

Pero lo mejor era lo más íntimo. Sus raíces. Las carreteras por las que había entrenado de niño hoy llevaban pintadas su nombre. A su paso por la Guipúzcoa de interior, por el olor a hierba fresca, a ladera vieja, Alex bailaba sobre su bicicleta. Arropado. Sonriente. Aunque picasen los hilos de sudor salino que brotaban de su frente, siempre brillantes con el reflejo del sol. Ama, aita, los de la Peña… Ezquioga entero se volcó con él. Gari tenía razón: “Alíate con ese regalo, con tu gente, no es para estar nervioso”, le recordó.

Y, entre etapa y etapa, Alex comprendió algo. Que a pesar del gran nivel de los participantes en la carrera, de sus inseguridades como “novato”, valía. Que Odriozola no se equivocó dándole una primera oportunidad. Y, que Eugenio, tampoco. Poco importaba tener 21 años, ser insultantemente joven, si el ciclismo corría por sus venas de forma natural.

“¿Prest zaude?, bost segundu (¿estás preparado?, cinco segundos)?”, le recuerda el juez. Alex vuelve a asentir mientras expulsa aire con decisión. Está listo. Listo para perseguir nuevas metas. Para correr más veces la Vuelta al País Vasco. Para progresar. Quiere llegar a ser “bueno”. Ser favorito a ganar una carrera algún día. Como los hermanos Izagirre. Como Gari. Sus grandes referentes. “Lau, hiru, bi (Cuatro, tres, dos)…”La crono de su primera Itzulia está en marcha. Última etapa. Sin vértigo. A fin de cuentas se ha pasado rápido. Con la pausa justa de un talento que crece a fuego lento. Pero sin ataduras.

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