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Edgar Nohales, globalización profesional en estado puro

El Blog de Rafa Simón
Rafa Simón -
Edgar Nohales, globalización profesional en estado puro

“¡´Giuseppe´, guerrero!”, le silban desde la otra cuneta. Cotos, en el corazón de la vertiente segoviana de la Sierra de Guadarrama, es el punto de encuentro de los ciclistas profesionales que preparan sus próximas citas. Punto neurálgico de asimilación de esfuerzos acumulados en altura antes de las grandes competiciones. Edgar devuelve el saludo. Rueda tranquilo. Ésta vez sólo, acompasando el cuerpo con un suave pedaleo, sin apenas intensidad. Con ganas de parar en unos kilómetros a por un buen café, de los que se alargan en una buena tertulia ciclista. Hoy el día acompaña.

En Cotos, como en Navacerrada, cada vez que dos ciclistas se saludan son dos historias que se cruzan. Como en un pequeño pueblo donde cada ciudadano, cada ciclista, tiene su propia hazaña que contar. Su seña de identidad. Hay quienes, al coincidir en el café, son felicitados por una victoria reciente, o por haber salido de una lesión. O simplemente, por haber plantado cara en alguna carrera. Símbolo de respeto.

La victoria de Edgar, su historia, fue reciente. De tono humilde. Un resultado sin premio, pero con reconocimiento entre colegas. En la Vuelta a Filipinas, en la última etapa, arrancó a falta de 190 kilómetros para el final. Filtrándose en la fuga del día. Suicidó un resultado tan conservador como honroso en la general para intentar dar a su equipo, el 7 Eleven, una victoria en la General de su país. El todo o nada. Sin embargo, sus ansias de triunfo, su ceguera por vislumbrar la sorpresa mayúscula se oscureció en una “pájara” a cinco kilómetros del final de etapa, cuando aún contaba con tiempo suficiente para subir al podio como ganador absoluto. De haber ganado hubiera sido casi catapultado a héroe nacional. Ahora quizás su valentía ya se haya olvidado con las últimas noticias en los periódicos locales. En esporádicos comentarios.

Sin embargo, esa gallardía, ese apego por lograr victorias imposibles, corre por sus venas desde hace años. A modo de supervivencia. Su generación, la que ahora cumple la treintena, sufre el castigo de no haber encontrado la suficiente oferta de equipos continentales como para poder haber dado un honroso salto del campo amateur al profesional. Muchos ciclistas de su quinta colgaron la bicicleta por no haberse atrevido a buscar más allá. No sólo en Europa. Más allá. Donde el vértigo al desamparo se hace inmenso.

Él, haciendo caso omiso a los que decían que el ciclismo sólo habita en Europa, se embarcó en una aventura asiática. En 2010, tras terminar su periplo amateur, consiguió ir cedido al LeTua malayo para correr el Tour de Langkawi, con profesionales. Desde entonces, siguió recalando en diferentes equipos asiáticos continentales. A muchos kilómetros de su casa: Indonesia, Japón…y hace cuatro años, su nueva casa: Filipinas.

Edgar olvidó la nostalgia cuando conoció a Margaret. Se la presentó un compañero de equipo, y con ella vive en Dagupán, en la provincia de Pagasinan, en el norte de Filipinas. Ajeno al frío de Valladolid, donde residía hace años, ahora sus entrenamientos son entre palmeras y olor a mar. Acostumbra todo el año a rodar con brisa de trópico, con temperaturas por las que muchos ciclistas profesionales pagarían por poder disfrutar de forma regular.

Gracias a la superación del miedo que, como muchos otros chicos, pudiera haber sentido al abandonar  su casa con apenas la veintena cumplida, para vivir tremendamente lejos de su familia en busca de un sueño que debía edificarse cada año, Edgar dejó de ser “Giuseppe”, como le llamaban en Valladolid, para ser “Eddy”, como le llaman en Asia. Ahora puede enorgullecerse de ser un ciclista profesional, de ser reconocido en el país, donde le llaman por su nombre cuando cruza con su bicicleta los pueblos de la zona. Atento siempre a aquellas personas que le piden fotos cuando pasea con Margaret por el centro Comercial de Dagupán. No fue fácil. El ciclismo filipino es reacio al corredor extranjero. Edgar, en cambio, supo calmar los ánimos con sus resultados.

Quizás no pueda hablar de grandes victorias, pero sí de vivencias. De respeto. De haber corrido en todo el Planeta. De haberse peleado por las primeras plazas del pelotón en mil y una carreras quizás desconocidas para el gran público pero que en Asia, África o en América Latina llenan las cunetas de gente. Reconoce seguir impactado por la belleza de los paisajes por los que ha pasado agazapado dentro de un pelotón. Como el Tour de Flores, una carrera que desde hace dos años se disputa en una pequeña isla de Indonesia, totalmente virgen, cerca de donde habita el Dragón de Comodo.

Sus aventuras podrían llenar un libro entero. Ha conocido carreras, como el propio Tour de Filipinas, donde llegó a correr con tráfico abierto, hasta que el juez decidió parar la carrera, o participar con los mismísimos Chris Froome o Esteban Chaves en el Herald Sun Tour, en Australia, tras estar durante los tres días previos sin entrenar culpa de un viaje infinito hasta llegar e incluso realizando la etapa prólogo con una bicicleta que estrenaba ese mismo dia. O pasar de disputar el Tour de Hainan en China a 35 grados y, tras finalizarlo, volar a Nueva Zelanda para correr el Tour de Southland con sólo dos grados de temperatura.

Sus penurias, sus aventuras, van en su DNI, en su necesidad de vivir el ciclismo sin hacerse preguntas. En guiarse sólo por su pasión. En reivindicar su profesionalidad.

Aún sufre las bromas de sus compañeros al tener el record de haber sido atropellado, hasta en dos ocasiones, afortunadamente sin consecuencias, por el coche de su propio equipo, en el Tour de Singkarark y el Tour de Ijen. Aunque, de todas sus historias, las que más hilaridad produce en el café, entre sus compañeros de grupetta, es el recuerdo de aquella novena etapa de una inolvidable Vuelta a Bolivia en la que, a falta de tres kilómetros, en una etapa donde se alcanzaron los 4.000 metros de altura, rompió su bicicleta. Su coche de equipo, que circulaba por delante, no pudo enterarse del percance por lo que, sin pensárselo dos veces, pidió prestada la bicicleta a un espectador. La imagen de Edgar llegando a meta en una Mountain Bike destartalada y sin frenos fue noticia en todo el país.

Sin embargo, a veces el silencio atrapa su semblante. El año pasado, en la última etapa del Tour de Po Yang Lake, en China, rodaba a rueda del serbio Dejan Maric. La tensión era patente en un pelotón donde se buscaba una y otra vez un intento de fuga. De pronto, en una fracción de segundo, hacia el kilómetro 20, vio como éste se enganchaba con el italiano Marco Fraportti y, sin apenas capacidad de reacción, Maric salió disparado hacia la cuneta, impactando fatalmente con un muro. Murió en el acto. Esa imagen, ese accidente, no es fácil de superar. No ha dejado de golpearle la retina.

Las tertulias en los cafés son veloces, los temas de conversación se disparan rápido, como los ataques. Los cambios de ritmo. Edgar en cambio, se abstrae momentáneamente. Una foto en su móvil le saca una sonrisa. Es su niño. Donnie. Su razón de ser. Marga dice que cada vez balbucea más cosas. Pronto dirá su nombre. Antídoto rápido a la decepción por no haber ganado en Filipinas, para los malos recuerdos que a veces afloran.

Edgar se despide de sus compañeros. Último entrenamiento en Navacerrada. Luego, una doble cita en Valladolid: asistir a la boda de su madre, que se casará con el amor de siempre, de toda su vida y, después, renovar el pasaporte. Tras dos años, rebosa sellos de mil y un países. En él va impreso su Curriculum Vitae como ciclista. Sus aventuras. Sus sueño por seguir siendo profesional. Lejos, muy lejos. Tan alejado de Europa como cercano a su dignidad como ciclista. Al respeto que encuentra cuando vuelve. Respeto. Edgar, Eddy, es un símbolo para todos aquellos ciclistas que, por no atreverse a salir fuera, realmente fuera, colgaron su talento en un trastero. Esa es su verdadera hazaña. Su historia.

Fuente de las fotos:

  • Marella Salamat
  • Daebang King
  • Junn Gonzales Odon
  • Tour of Singkarak

 

Rafa Simón

@rafatxus

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