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Edwin Torres: el talento venezolano que viene

El Blog de Rafa Simón
Rafa Simón/Fotos: Road&Mud, Puro Ciclismo -
Edwin Torres: el talento venezolano que viene

“¡Kaixo, zer moduz! (hola, ¿qué tal?)”, responde de nuevo Asier. Es un pueblo. Todos se conocen. Sin embargo, lo que le llama la atención es la musicalidad de su amigo cuando habla en euskera. Es como si fuera otra persona. Indescifrables esas frases tan rápidas. Con esas “zetas” que, de repente, se hacen eses. Fugaces. Muy silbantes. Le hace reír.

Edwin ha venido a verle unos días. A Tolosa. Para desconectar un poco de la bicicleta. En tan sólo unas horas la brisa fresca que baja del monte Uzturre le embriaga en paz. Las vistas desde arriba enamoran. Abajo, el río Oria acordona el pueblo. Lo anuda con su caudal fértil. Contribuye a que el pueblo se pinte siempre verde.

El verano ya se acerca. Se respira húmedo. Pronto empezaran las “jaiak (fiestas)” de los pueblos. Al doblar la plaza varios chavales comentan en corro sus proyectos de verano.

Edwin dejó de planear cosas con sus amigos del pueblo desde bien pequeño. Apenas tiene 20 años. Con los 18 recién cumplidos decidió que su vida tendría que ser dibujada en torno a una ilusión madurada, pero lejos de su hogar, de Venezuela. Allí, en Táchira, veía pasar su adolescencia entre esporádicas carreras donde, aunque despuntaba, no le saciaban. El ciclismo que él quería estaba al otro lado de su televisor. En las etapas de la Vuelta a España que veía junto a Marlen, su madre. En las llamadas de teléfono a su “madrina”, que vivía en Tenerife. Para contarla sus progresos. Quizás algún día en España. Quizás. Su madre se lo repetía siempre: “Hijo, tu sigue poniéndole dedicación. Toda la gloria es para Dios”.

Así, apenas cumplió la mayoría de edad, tomó un avión. Pero una mala gestión administrativa le devolvió de vuelta a su país 5 días después. Ilusión frustrada por culpa de un papeleo inútil, atascado en una burocracia que no entendía de sueños. Fue meses después cuando, a través de Víctor Hugo y otros contactos que tenía, recaló en el Ciclos Évora de Toledo, donde ya corrían otros dos talentos venezolanos: Franklin Chacón y Mendoza.

Su talento no se hizo esperar. A pesar de que la Copa España en categoría junior ya estaba disputándose, tan sólo le hicieron falta tres meses para comandar la general, que sólo perdería en la última curva de la última carrera. Su gran ambición le pidió disputar el sprint final cuando, tan sólo manteniendo el puesto que ocupaba al entrar en aquella curva, antes de aquella caída, le hubiera servido para llevarse la clasificación final.

El año siguiente, en 2016, tras disputar la Vuelta a Táchira en Bicicleta, que, para un Tachirense como él, era equivalente a disputar el Tour de Francia, quiso regresar a España en buena forma, para debutar en amateur por la puerta más grande. Su deseo era hacerlo en un equipo fuerte, en Lizarte, o en el Caja Rural. Sin embargo, “sólo” pudieron ofrecerle el modesto Cartucho.es

La posible decepción se diluyó en trabajo. En agradecimiento por la oportunidad brindada. El feeling fue instantáneo. Pronto “Mauri”, el dueño de la empresa que esponsorizaba el equipo madrileño, Miguel, Magro y Coronel, los directores, o “Marce”, el periodista del equipo, le atraparon con su humildad.

Para la primera carrera, Edwin quiso reunirse con ellos, tan sólo unos minutos antes. “Señores, vengo de muy lejos. Pero su cariño me pegó dentro. Quiero demostrarles su gratitud con esfuerzo. Les agradezco el maillot y la bicicleta prestada. El arrojo ahora lo pongo yo”, les explicó tajante.

Edwin, con su discurso siempre pausado, reflexivo, rozaba la madurez de un ciclista profesional, cuando en realidad era sólo un chico de apenas 19 años. Entonces “Marce” se percató de algo. Le preguntó si llevaba algo en los bolsillos, además de valentía. Edwin se sonrojó. Los aventureros viven al día. Marce acudió corriendo a un bar, para conseguirle “un donut”. Fue suficiente. Ganó esa misma carrera. La primera que corría como amateur. El resto del año lo dedicó a colaborar para otro compañero suyo, Gonzalo Serrano, para que conquistara la Copa de España. Le fue fiel. Porque un ciclista, lo es cuando piensa en el bien colectivo. Por eso, cuando terminó la temporada, se llevó amigos. Recuerdos. Experiencia.

Además, había conseguido uno de sus objetivos, que el Caja Rural amateur se fijara en él. Sin embargo, Miguel, su Director en el Cartucho.es, le llamó. Estaba eufórico. “Edwin, hemos hecho un proyecto Continental, el Kuwait-Cartucho.es. Quieren apoyarte, para que debutes en profesionales con ellos. ¿Qué vas a hacer?”, le retó.

Edwin no podía negarse. Su sueño. Lo tenía tan cerca. Llegaba de la mano de todos aquellos que le habían dado una oportunidad en amateur. No se lo pensó. Apenas dos meses después, su gran deseo estaba al otro lado de la ventanilla de la furgoneta de su nuevo equipo. El “speaker” francés, el mismo que iba al Tour de Francia estaba allí. Hablaba sin parar. Enumeraba equipos. Corredores. Al Tour de Haut Var había ido el BMC, el Cofidis, el AG2R. Todos esos gigantes tenían aparcados sus autobuses justo a su modesta caravana. Los cristales, tintados, brillaban en exceso. Apabullaban. Los ciclistas bajaban del autobús con lentitud, sin forzar el rictus, para fotografiarse con los fans. Para responder a los periodistas.

Rápidamente, Edwin quiso acercarse. Verlos de cerca. Fue entonces cuando un niño se acercó a él, para que le firmara una foto suya, una foto que el no había visto en su vida. Era increíble. De donde la habría sacado. “¿De verdad que sabes quién soy?”, le dijo, sonriente, percatándose después de que no le iba a entender. El niño sonrió. “Courage, Edwin(ánimo Edwin)”, le respondió. En ese momento se sobresaltó. Una voz más gruesa le reclamó. “Edwin, pero si ni siquiera te has cambiado. ¿Has ido ya al control de firmas?”, le gritó uno de sus compañeros.

Edwin acudió a la salida totalmente absorto. En cuanto escuchó el pitido del juez montó en su bicicleta. Sin tino ninguno. Había tantos corredores conocidos. En aquella carrera estuvo a punto de formar una caída en plena salida neutralizada. Absolutamente falto de concentración, lo único que buscaba era acercarse a los corredores que siempre había visto en la tele. “Hey, be carefull (Ten cuidado)!”, obtuvo por respuesta a su peligrosa maniobra.

Sin embargo, en carreras sucesivas, su ambición volvió a llamar a sus piernas. Obedecía las ordenes de su jefe de filas, Davide Rebellin. Admiraba su capacidad para hacer fácil una estrategia ardida en tensión y cambios de ritmo. Aunque se siguiera distrayendo de vez en cuando viendo como los corredores hablaban con sus directores por el “pinganillo”. Edwin, inocente, se acercaba a escuchar más. Que decían. Como si fuera el cámara. Quizás obviando que, en el grupo, apenas quedaban 20 unidades y que, otros 150 corredores ya rodaban por detrás de él, rezagados.

El clima del norte tiene siempre dos caras. La de la tarde es fresca. La brisa apura. Edwin siente un escalofrío. Asier se percata de ello.  “Anda, volvamos a casa. A cenar. Pero cuéntame. ¿Es cierto que hablaste con Nairo?”, pregunta curioso. Edwin sonríe de nuevo. Aún recuerda los nervios que pasó en la salida de una de las etapas de la Vuelta a Asturias cuando le dijeron que Nairo Quintana iba a hablar con él para grabar un vídeo de apoyo al ciclismo en Venezuela. En su país, muchos de los jóvenes talentos no han tenido las mismas posibilidades que él. Crecerán en un ciclismo reducido. Abarcado en sí mismo. Sin escapatoria al exterior donde poder crecer.

Edwin, en cambio, se dejó llevar por su bravura. Por la ambición en progresar. Renunció a tener a su familia cerca. Aprendió a distanciarse de las comidas de su madre. A ver crecer a su hermana pequeña sólo por fotos. A recordar entrenamientos con sus amigos en Táchira como un lujo. Tantas tardes frente a una Coca Cola en una panadería. Al menos su Jun, su novia, está ahora allí, en España. Con él.

Además, le acompañan las enseñanzas de Rebellin. El buen ambiente con sus compañeros de equipo, sobre todo con el “Gallu”, que aún le sigue martirizando con la “machacona” canción con la que, cada día, el Tour de Marruecos invadía sus oídos al inicio y final de cada etapa.

Y, por supuesto, están Ingrid y Juanita, ellas le abrieron las puertas de su casa, en Cubas de la Sagra, entre Madrid y Toledo. Allí vive desde que llegó a España. El Kuwait-Cartucho le ofreció alojarse en Alicante, en la sede del equipo, pero él se negó. Con Ingrid y Juanita parece tener a su familia en miniatura. Les ha prometido llenarles la casa de trofeos. De momento él ya tiene uno. El casco de Ángel, el hijo de Ingrid. Le dijo que si ganaba una carrera se lo tenía que dar. Sólo hizo falta un intento. Quizás tuvo la suerte del principiante. Quizás estemos ante uno de los talentos venezolanos del futuro. Quizás.

Rafa Simón

@Rafatxus

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