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La vuelta a casa de Ricardo García

Nuestro bloguero Rafa Simón nos descubre la historia de Ricardo García, que víctima de la desaparición de Euskaltel tuvo que emigrar a Japón para sobrevivir en el ciclismo y que en 2018 cumplirá su sueño de regresar al pelotón nacional de la mano de la Fundación Euskadi.
Rafa Simón -
La vuelta a casa de Ricardo García

En cuanto se abrieron las puertas las emociones se le anudaron a la garganta. Bien fuerte. Tan sólo su actitud extrovertida pudo despistarlas. A cada paso, una mirada. Un recuerdo. El suelo era igual de brillante. Las instalaciones, no tan grandes. Al menos, no las recordaba así. Nueva parada. Que cantidad de bicis. Ahora hasta las personalizan. Juan Antonio “El Chupe” López no se da cuenta, pero sus ojos palpitan. Exclaman. Ricardo, en cambio, enmudece. Mira en silencio, a través de una sonrisa. Cómplice con el pasado. Era como volver a empezar.

Hace 9 años él también era un joven ilusionado. Entró becado en la Fundación Euskadi. Y, por el mérito como única vía, le subieron al Continental de la Fundación, el ORBEA. También un día le enseñaron la fábrica. Las bicis. Aunque no fuera todo tan enorme como ahora. Tan sofisticado. Y se fijó en los mayores. Como hace “El Chupe”. A ver que decían.

Orbea, para él, no fue más que un grupo de amigos. Chicos que se lo pasaban bien. Que bromeaban del mal rato que se pasaba en las carreras, con tanto “galgo”. De que algún día serían “buenos”. Pero que, pase lo que pase, primero eran “colegas”.

Para demostrar que no se habían equivocado con él, Ricardo hizo dos cosas, una fue ganar, en el Cinturón del Empordá, ante “Continentales” como él, en 2011. La otra fue más importante aún. Demostró que tenía piernas para ascender de nivel. Subir con los grandes. Los del World Tour. En la Vuelta a Burgos quiso impresionar a sus hermanos mayores, los del Euskaltel. El paso más alto de la Fundación. En las rampas de Clunia apretó los dientes hasta conseguir ponerse a la altura de Purito Rodríguez y Juanjo Cobo. Miró sus gestos, difuminados en esfuerzo extremo. Maillots abiertos. Como él. Luego bajó un piñón. Entre chepazos bañados en sal, los sobrepasó. Finalizó cuarto, pero, moralmente, era una victoria.

Igor González de Galdeano, mánager del Euskaltel, no se lo pensó. “´Ritxi´, ¿sabías que te iba a llamar, no?”, bromeó. Ricardo sólo lo había deseado. Un deseo que daba vértigo, pero que anhelaba. Desde pequeño. Se imaginó esa llamada de teléfono cientos de veces. Desde bien joven. De tú a tú. Pero, en ese momento, sólo titubeo un agradecimiento.

Debutó con Euskaltel en Australia, en el Down Under. La víspera la compartió con Romain Sicard. Juntos se repartieron los nervios. Los desvelos empañados en una habitación de hotel donde el minutero del reloj de una mesilla estrecha de madera nunca dejó de marcar, segundo a segundo, una espera infinita. Disfrazaron la noche en conversaciones sobre otros hobbies, sobre la cultura australiana, aunque todo confluyera en un intento de despistar la adrenalina que les impedía dormir.

Pero, tras dos años, el equipo naranja se apagó. Aún sin edad para mostrar su mejor nivel tuvo que cambiar crecimiento por vivencias. Al ser demasiado joven, no llegó a disputar ninguna gran vuelta por etapas, pero descubrió la Paris-Roubaix. Carente de barro pero fundida en el calor que ahora riega las clásicas de primavera. Con polvo seco en la garganta. En cada tramo de adoquín. Sufrió el mal de Aremberg. La pérdida de sensibilidad en las manos. Ni tan siquiera pudo agarrar un bidón de agua de tantas sacudidas que le propinó la bicicleta en el pavé.

Semanas antes, la anestesia de sus manos se la produjo aquella Milán San Remo que corrió bajo la nieve. Llegaron a suspenderla. Sin apenas poder bajarse de la bicicleta, le subieron al autobús del equipo, para que se cambiara de ropa, pero tuvieron que hacerlo los auxiliares. Solo acertaba a exclamar barbaridades. Luego le dijeron que bajara de nuevo. Que la carrera proseguía. Cruzo la línea de meta orgulloso. Le gustaba su trabajo. Amaba el ciclismo.

Por eso, cuando le comunicaron que debía arreglar su futuro, buscó refugio en sus inicios. En el buen ambiente del equipo. Como el que tuvo en Orbea. En volver a bromear del esfuerzo. En reírse del infortunio.

De pronto, su vida cambió. Acabó recalando en el ciclismo japonés. Un puesto de trabajo a cambio de abandonar la senda del ciclismo de verdad. El que sale en la televisión. Competir contra desconocidos a horas intempestivas. Bailar al son de una canción que nunca eligió.

El primer año, en el Team Ukyo, fue duro. Chocó contra un carácter que desconocía. El suyo propio. Pero aprendió a no compadecerse. A hacer autocrítica. A progresar de nuevo. En Kinan, en cambio, recuperó el control. Maduró entre aeropuertos. De Vitoria a Nagoya. Aprovisionando siempre la maleta de buenas vibraciones. Y comida de casa. Su buen carácter conquistó a sus compañeros. No fue fácil. En Japón se habla con gestos. Con distancia. La timidez es soberana. La corrección, dictatorial. Ricardo la ablandó con buena actitud. Con esfuerzo. Lo supo cuando, años después, Ricardo les dijo que no volvería. Sus compañeros le abrazaron. Se saltaron a la torera una cultura fría. Le dijeron que las puertas de su casa quedaban abiertas para él. Le emocionaron.

Ricardo decidió regresar a casa. Mikel Landa le dijo que iba a montar un proyecto. Como el que tuvieron juntos hace años, en el Orbea. Y que quería compartirlo con él. Pero que, esta vez, Ricardo ya no sería el chaval de los ojos abiertos. Como “Chupe” López. Esta vez, él debía ser el referente. Para conseguir despertar ese espíritu de amistad del que a él le privaron en Euskaltel. Esfumado a golpe de crisis. Para que los que ahora han recibido la oportunidad de hacer algo en el ciclismo tengan a quien preguntar.

Gotzon Martín ya se anima a estrenar el cargo de Ricardo. Le aborda. “Ritxi, ¿en Mallorca se irá rápido? ¿La has corrido? ¿Qué equipos irán?”. Ricardo sonríe. Le sosiega. Ya habrá tiempo. Hoy, en cambio, en la fábrica, es momento de recordar. Sus pisadas, de nuevo, avanzan por los mismos pasillos que años atrás. Cuando empezaba. No había tantas bicis. No se personalizaban. Pero la suya, la que le dieron, llevaba empaquetada la misma ilusión.

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