La otra ascensión al Angliru

Las tribulaciones de un cicloturista que casi termina siendo atropellado por un coche de la organización en la Cueña les Cabres
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La otra ascensión al Angliru
La otra ascensión al Angliru

No es la primera vez que aprovecho la circunstancia para subir en bicicleta el puerto final de varias etapas de montaña de la Vuelta en los últimos años. Realmente es la mejor manera de disfrutar de una jornada deportiva intensa con la ascensión a lo largo de la mañana para luego finalizar en meta con nuestra acreditación al cuello, y con la ventaja de no tener que pensar en qué hacer con el engorroso coche ante las restricciones impuestas por la Guardia Civil.

Navacerrada, Los Lagos, Morredero, La Pandera, son varios de los puertos a los que mi ciclogloberismo me ha animado a cumplimentar en el señalado día del final en alto.

Para este año tenía señalada la ascensión al Angliru, la cual ya había tenido la ocasión de subir dos veces con anterioridad en la marcha cicloturista, pero ya hace casi diez años de ello. Y como no las tenía todas conmigo, me llevé la "bici mala", de casi diez kilos, pero con un triple plato instalado que, con un 30/27 auguraba un desarrollo más adecuado que el de la "bici buena" dotada tan sólo con un 34/25.

Por curiosidad me pasé la tarde anterior a la etapa por Riosa, subí en coche hasta Viapará cuando ya la Guardia Civil había cortado los accesos a la cima y se disponía a hacer lo mismo desde la base, dada la afluencia de público, por lo que, aquel que quisiera acercarse a la Cueña de les Cabres, no le quedaba otros medios que la fuerza de tracción humana en su versión de caminante o de ciclista. Estaba claro que la expectación había desbordado los pronósticos y la etapa nada tendría que envidiar a las gloriosas jornadas del Tour, para bien del ciclismo, de los ciclistas y de la propia Vuelta que, por fin, veía pasar a la historia las cunetas vacías de anteriores años.

A las once y media de la mañana comenzamos la ascensión un compañero de mi club y yo. Los primeros kilómetros tratando de ir suave y así dejar lo más posible las fuerzas intactas para cuando fuera obligado el máximo esfuerzo. Pero no llevábamos ni dos kilómetros cuando mi compañero decidió tirar para adelante; yo preferí ir muy, pero que muy tranquilo.

Esos cinco primeros kilómetros ya son bastante duros, pero dentro de lo humanamente asequible. Aún se podía circular con algo de tranquilidad, pues la afluencia de gente en nada impedía un espacio más que suficiente para las bicicletas. Además no había problema para seguir la línea recta, aún.

Sin embargo todo se complicó a partir de Les Cabañes, con porcentajes mantenidos del 18 al 20% durante casi un kilómetro. El caso es que tras ese descomunal esfuerzo - en el que uno trata de no perder la cara y no dejar que la bici levante la rueda delantera- el porcentaje baja un poco hasta el 12 ó 13%, aunque salpicado de tramos al 15%, como me chivaba una inclinómetro de burbuja previamente calibrado en la base del puerto.

A esas alturas pude comprobar que un 30/27 es muy útil en tramos durísimos... que no superen el kilómetro de longitud, porque a partir de ese punto, si no hay una significativa reducción de la pendiente, la fatiga, el dolor y la asfixia progresivamente va haciendo que las piernas se vayan acercando al colapso.

Poco a poco la gente iba ocupando la gran parte de la calzada y, si bien disponíamos de un pasillo estrecho, la bicicleta cada vez se veía más apurada para avanzar, máxime cuando comenzaba a levantarse la rueda delantera.

Faltaría más de tres horas para que la carrera pasara por ese tramo cuando comenzó el trasiego de vehículos hacia la cima. Microbuses, motos de Guardia Civil, de Servicio de Carrera, de equipos... y cada vez menos espacio.

En esto que una moto de la Guardia Civil que bajaba a bastante velocidad me hizo echar el pie a tierra. Luego necesité la ayuda de los presentes para enganchar las calas y continuar, pues yo no era capaz de efectuar la maniobra sin apoyo de unos generosos voluntarios, tal era la pendiente en ese tramo. Me llamó la atención de la solidaridad y compañerismo de los aficionados, bastante comprensivos con los retorcimientos de los ciclistas.

Llegada la Cueña de les Cabres todo se precipitó. De largo era la parte de la ascensión más concurrida. A ello le sumábamos una peculiar "hora punta" de la subida de vehículos, y éstos, por no perder velocidad y evitar pararse, no tuvieron reparos en dar algún que otro susto a los aficionados. Uno de los vehículos del Tinkoff pasó por encima del pie de un sufrido colega, y el de un conocido antiguo ex-ciclista y ex-director deportivo pasado a labores de comentarista radiofónico arrampló contra un pobre ciclista. Todo con tal de no tener que pedir ayuda a la gente para que les empujaran los coches sin importar provocar algún que otro accidente.

De cómo se las gastan en determinados vehículos de la Vuelta tuve oportunidad de comprobarlo cuando, en lo más duro de la cuesta de la Cueña, un coche venía continuamente pitando con insistencia; varios de los caminantes me dijeron: ?no le hagas caso, que se espere un poquín, tú sigue".  Fue entonces cuando me agarraron al vuelo varios aficionados para evitar lo que seguro, de no ser por ellos, habría sido un atropello en toda regla. Cómo sería la escena que el coche se llevó unas cuantas patadas y golpes de aquellos que presenciaron la acometida.

Repuesto del susto, y con un tembleque añadido en las piernas, decidí continuar, encontrándome unos metros más arriba a un conocido que me indicó que el conductor daba la casualidad que pasaba por ser un famosísimo, ex profesional de esto de la bici.

Ni qué decir tiene que la bronca que se llevó en meta fue de las que uno nunca desea echar, pero su argumento era muy claro: Si vas tan despacio, no subas.

¿Tan difícil es priorizar? ¿Por qué aquellos que tendrían la obligación de ser más cuidadosos con la seguridad de los ciclistas se vuelven los más prepotentes? ¿Tan fácil se olvida el dolor de piernas?

Efectivamente, quizás no era el mejor momento para subir un puerto, y es una globerada aprovechar el paso de la Vuelta cuando hay gente subiendo en coche "que ha de trabajar" pero poner en riesgo al débil o pasarle por encima no es una conducta justificable. Nadie puede reclamar el respeto en el espacio de "convive" si luego pone en peligro a cualquier aficionado.

Y otra reflexión. ¿Es que prefieren ver las cunetas vacías  los que reciben su dinerito de UNIPUBLIC por estas colaboraciones? Pues cuiden al aficionado, que aquí no hay taquilla y para el año que viene querrán seguir conduciendo su vehículo de "servicio de carrera".

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