Diez conclusiones de la Milán-San Remo

Analizamos los aspectos más destacados de la edición 107 de la Classicisima.
Ainara Hernando -
Diez conclusiones de la Milán-San Remo
Milán-San Remo 2016

1. Arnaud Demare, el sorprendido y la sorpresa: Ni en sus mejores sueños Arnaud Demare podría imaginarse vencedor de la Classicissima el sábado por la tarde en San Remo. Ni él ni nadie porque, a pesar de sus dos triunfos esta temporada –uno de ellos en París-Niza- Arnaud Demare iba camino de convertirse en un ciclista sin identidad que no cesaba en su empeño, amor y devoción por las clásicas largas y de pavé pero al que sus condiciones no le dejaban ir más allá de ser un sprinter, algo de lo que renegaba. El sábado se encontró con la victoria que bien justifica su empeño y debe impulsarse a apostar definitivamente por convertirse del todo en un clasicómano. Cierto es que se aprovechó de las consecuencias de la caída de Gaviria, que descolocó a Sagan y a Cancellara pero su sprint fue sobrio y no tuvo contestación. La victoria de Demare estará siempre marcada por la polémica tras las acusaciones de varios ciclistas que dijeron verle agarrado al coche de su equipo en la ascensión a la Cipressa. Pero será, al fin y al cabo siempre, una victoria.

2. Las acusaciones del pelotón: Pocas horas después de que Arnaud Demare cruzara la meta de la Vía Roma saltaba loa polémica. Matteo Tosatto y Eros Capecchi acusaban al ciclista francés de haberse remolcado con el coche de su equipo en la Cipressa, tras caerse y verse cortado. “Fue descarado”, dijo el gregario de Alberto Contador, un hombre poco amigo de la polémica y al que siempre en su carrera le ha caracterizado una discreción absoluta. Pero esta vez, dijo, lo vio tan claro que no pudo callarse. Puede que ellos lo vieran, o no, pero lo cierto es que ningún juez de carrera dijo haber presenciado nada irregular, nadie de los reguladores fue testigo de las graves acusaciones. Demare, un habitual de Strava, subió como hace siempre su Milán-San Remo a la aplicación pero cuando la polémica se extendió como la pólvora no tardó en eliminarlo. Ayer volvió a cargarlo, pero esta vez sin los datos de potencia del SRM. Se le acusa de haber hecho la subida a la Cipressa más rápida de la carrera, mucho más que Giovanni Visconti que iba escapado, y de subirla a 80km/h. De lo que él se defiende asegurando que no ha hecho nada malo y que “hay muchos perdedores”.

3. Gaviria y el ‘qué habría sido si…’: Siempre es muy fácil hablar a posteriori pero no son pocas las voces que claman y repiten convencidos que el sprint en San Remo hubiera sido totalmente diferente si Fernando Gaviria no se hubiera ido al suelo porque era precisamente él quien portaba la vitola del gran favorito y, sobre todo, porque las piernas que había exhibido en el final aguantando con los mejores tanto en la Cipressa como en el Poggio hablaban por sí solas. Sus lágrima al cruzar la línea de meta con el cuerpo lleno de rasguños y acompañado por su compñaero Gianluca Brambilla lo decían todo. Gaviria iba camino de la historia, con su primera participación en la Milán-San Remo y habiendo conquistado hace unas semanas el Campeonato del Mundo de pista pero sus sueños se echaron por tierra por un error propio. Lo mejor de todo es el espectacular futuro que le espera por delante. La Milán-San Remo será suya, seguro, muy pronto.

4. Kwiatkowski pone la –única- emoción: Cuando llega la primavera, las flores explotan en un estallido color inundándolo todo con su aroma. Eso mismo hace Michal Kwiatkowski. Flor, en polaco. Después de largas y extuantes jornadas de entrenamiento en Calpe, donde tiene fijada su residencia durante la temporada, el polaco se presentó ante la Milán-San Remo con el único objetivo de ganar. Nadie más allá de los sprinters parecieron pensar lo mismo, pues Kwiatkowski fue el único de los grandes en probar de lejos con un valiente y bonito ataque en las últimas rampas del Poggio. El ciclista de Sky se tiró a tumba abierta en un emocionante descenso donde, por momentos, más que un ciclista parecía un piloto de moto GP cuando tumbaba con maestría su bicicleta. Su estrategia fue clara: emularse a sí mismo cuando logró el título de Campeón del mundo en Ponferrada con un ataque igual. No llegó a ver la vía Roma Kwiatkowski pero su valentía e inconformismo se agradece en una San Remo que, de no haber sido por él, solo hubiera valido la pena los últimos 400 metros.

5. La guerra Tinkoff-BMC, aplazada: El final de la Tirreno-Adriático dejó la sensación de acabar como una Guerra fría entre Peter Sagan y Greg Van Avermaet. Dos potencias enfrentadas y obligadas a frenar su contienda. Por unos días. La lucha volvió a plantearse en la Milán-San Remo y los equipos del Campeón del mundo y del belga lo sabían. Tanto el Tinkoff como el BMC tomaron el peso de la carrera para tirara del pelotón y controlar las fugas pero, al final, especialmente por la caída de Fernando Gaviria, ninguno de los dos pudo declararse vencedor de la contienda. La guerra queda aplazada

6. El espectáculo innecesario de Bouhanni: Dijo que “lo tenía todo para ganar”. Había pasado el Poggio y la Cipressa con los mejores y aguantaba ahí. Salió ileso y sin descolocarse de la caída de Fernando Gaviria y “sentía que era el más fuerte”, pero, en pleno sprint lanzado, a Nacer Bouhanni le saltó la cadena al plato pequeño y nada pudo hacer mientras veía a su enemigo Arnaud Demare alzarse bajo el arco de meta haciéndose con la Milán-San Remo. El cabreo de Nacer Bouhanni, como siempre que pierde, fue monumental. El francés de origen argelino cruzó la meta dando fuertes golpes al manillar de la bicicleta que le arruinó su pelea por la victoria y gritando como un loco. Estaba de sobra.

7. La rápida reacción de la organización: Cuando las inclemencias meteorológicas descargan toda su furia contra las carreras ciclistas, los corredores protestan. Si se cancelan las etapas el día anterior en previsión del mal tiempo que se avecina, como sucedió en la Tirreno-Adriático, también se quejan. Nunca llueve a gusto de todos –y nunca mejor dicho- pero lo cierto es que a RCS Sport hay que otorgarles el mérito de haber sabido reconducir una situación extrema que podía haber desbocado en un parón de la Classicissima en la primera parte de la carrera por un desprendimiento de tierra y rocas que cayó sobre las carreteras por donde debía pasar la Milán-San Remo. Cuando la organización del primer monumento del año supieron del contratiempo reaccionaron con presteza y decidieron desviar, comunicado oficial mediante y enviado con suma rapidez, al pelotón por la autopista. Bravo.

8. Un Poggio sin ataques: De no haber sido por el ataque de Kwiatkowski en los últimos metros de la subida, la ascensión al Poggio, el gran tobogán, la catapulta hacia la Via Roma, hubiera sido una prolongación de la siesta. Es un hecho que desde los últimos años cada vez se hace más presente que la Milán-San Remo se ha convertido en una clásica para sprinters con mucho fondo, supervivientes de los casi 300 kilómetros que tiene la carrera pero cada año que pasa, el primer monumento del año se está convirtiendo más en una mera etapa al sprint del Tour de Francia. Sin ataques, ni lucha encarnizada por soltar a los velocistas. No faltaba más que el calor insoportable de las tardes de julio.

9. España sigue huérfana: Ni victoria, ni pódium, ni siquiera un top10. España sigue sin ver a uno de sus ciclistas triunfar en la Classicissima desde que lo hiciera Óscar Freire en el 2010. El mejor de los nuestros fue Luis León Sánchez que terminó undécimo. El pequeño rayo de sol que iluminó Juanjo Lobato hace dos años cuando fue cuarto y dando a conocer su amor por la Milán-San Remo invitaban a la esperanza pero de momento, se queda solo en eso, un rayo de sol que recuerda lo mucho que se echa en falta al bueno de Óscar.

10. Valverde se sale con la suya: Cuando, el pasado invierno Alejandro Valverde se sentó con Eusebio Unzué para negociar su calendario, el murciano ya sabía que le iba a tocar ponerse un dorsal por primera vez en el Giro de Italia. Lo tenía mentalmente asumido sin protestas. Con la sonrisa, el optimismo y la alegría que le caracterizan siempre, aceptó. Pero lo que no le hizo tanta gracia al astro del Movistar fue el camino de llegada hasta la ‘corsa rosa’. Para preparar su asalto a la carrera transalpina, a Valverde le habían diseñado un calendario basado en carreras de un día que iba a tener su punto álgido en el Tour de Flandes. Tan solo disputaría una vuelta de una semana, las que tradicionalmente siempre han sido sus mejores carreras y donde se ha sentido más cómodo. Esta temporada, en principio solo iba a correr una: la Tirreno-Adriático. Y lo haría especialmente para, una vez finalizada la carrera de los dos mares, marcharse a inspeccionar varias etapas clave del próximo Giro y correr después la Milán-San Remo. Pero ya en febrero esos planes cambiaron. Valverde pidió correr la Vuelta a Andalucía y los técnicos del equipo telefónico dieron su brazo a torcer. Acabó ganándola, con exhibición de por medio. Así, como para no hacer caso a sus deseos. Una vez puso punto final a la Classicissima, el Movistar anunció que Alejandro Valverde introducía variaciones en su calendario, donde se caía el Tour de Flandes a favor de la Vuelta a Castilla y León y una concentración en altura antes de las clásicas de las Ardenas y de su primer Giro de Italia.

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