Mikel Aristi, veterano de 23 años

Precoz e inteligente, el rodador guipuzcoano se ha reencontrado con el éxito en la Tropicale Amissa Bongo tras superar un 2016 difícil, muy castigado por el infortunio, en el conjunto francés Delko-Marseille.
Fran Reyes -
Mikel Aristi, veterano de 23 años
Mikel Aristi, veterano de 23 años

Con apenas 20 años y una única temporada en la categoría sub23 en las piernas, Mikel Aristi dio el salto al ciclismo profesional con la Fundación Euskadi. Cuatro años hace ya de aquello, y alguno más desde que deslumbrará en juveniles ganando más de 15 pruebas en algo menos de dos años. Un periodo de tiempo en el que ha conocido todas las caras de este deporte: el precoz debut entre la élite -2013-, la recalificación al campo amateur por la desaparición del conjunto profesional de Madariaga -2015-, la alternativa en un buen equipo como el Delko-Marseille -2016- y el amargo trago de un primer año en la escuadra francesa marcado por un fuerte proceso vírico que le dejó vacío y sin apenas oportunidades en la segunda mitad de la temporada.

El descanso que concedió a su cuerpo en el periodo invernal y una buena preparación de cara a este nuevo curso han permitido a Aristi invertir la situación. Algo que quedó patente desde su primera competición en este 2017: fue 6º en la clásica italiana G.P Costa degli Etruschi en un día horrible, de frío y lluvia, y reedito esas esperanzadoras sensaciones en el Trofeo Laigueglia. El colofón final ha llegado en la Tropicale Amissa Bongo, la ronda por etapas más popular de África, en la que compiten varias selecciones nacionales del continente junto al Direct Energie y el Delko-Marseille. Mikel logró el lunes su primer triunfo como profesional después de ser el más rápido en el sprint inaugural y hoy ha mantenido el liderato tras ser segundo en la llegada, solo superado por Tony Hurel (Direct Energie). La confirmación de uno de los ciclistas más prometedores de su generación en nuestro país, al que hace unos meses retratábamos en profundidad en la edición número 382 de nuestra revista. Un reportaje que podéis leer a continuación:

“Si lo piensas, Mikel lleva ya tres temporadas como profesional y sólo tiene 23 años. La mayoría de ciclistas de su generación están en primero de Elite, disputando el Euskaldun, y él ya tiene un bagaje importante”. Es lo primero que nos dice Aritz Arberas, antiguo director deportivo de la Fundación Euskadi y actual preparador físico del Amurrio CF, cuando le preguntamos por Mikel Aristi (1993, Bergara – Guipúzcoa).

Realmente, el rodador guipuzcoano es un fenómeno de precocidad extraño en este ciclismo español tan acostumbrado a madurar sus promesas a fuego lento. Y eso que tardó tres años en ganar su primera carrera. “Empecé a competir con 12 e hice algún podio en mi primera temporada, pero no fue hasta la tercera que conseguí mi primera victoria en Oñate. Era un circuito plano que se resolvió al sprint”. Esta experiencia es reveladora de las características deportivas de Aristi, un corredor potente y rapidillo, “perfil atípico en Euskadi” según Arberas, que en juveniles llamó muchísimo la atención por el instinto rematador. “Creo que fueron siete victorias en el primer año y once en el segundo, pero no estoy seguro”. No lo dice desde la arrogancia, sino desde la más absoluta prudencia, como si le diera miedo sumarse un triunfo de más en la cuenta.

Fue esa facilidad para el remate la que llenó el ojo de Miguel Madariaga, que le prometió hacerle profesional y cumplió en su segundo año de sub23. ¿Demasiado pronto? “Quizá”, titubea Aristi, “pero eran las circunstancias. Yo pasé sabiendo que la categoría me venía grande. Era realista: el nivel medio del pelotón profesional estaba muy por encima del mío. No fue una sorpresa que me pasaran por encima en mi debut en la Challenge de Mallorca. No obstante, el plan era progresar a largo plazo. Desde la propia Fundación demostraron que no tenían prisa conmigo y me mostraron paciencia en todo momento”.

El novato Aristi realizó varias demostraciones de poderío y potencial. La más memorable: una Ronde de l’Isard donde lanzó un doblete de Carlos Barbero y Haritz Orbe para después defender el liderato de este último a brazo partido durante varias etapas. “La lástima fue que tanto Euskaltel como Euskadi desaparecieron”, lamenta. “Eso cortó mi progresión”.

Así, la pasada campaña Aristi se vio obligado a acompañar a la Fundación Euskadi en su descenso a la categoría amateur. Allí se dio cuenta de que, después de tres años remando para sobrevivir, se le había olvidado cómo se ganaba. “En juveniles sabía cuándo tenía que arrancar el sprint por puro instinto y en profesionales me desentrené en ese aspecto. Cuando regresé a sub23, llegaba nervioso a las metas y no acertaba”. Por fortuna, una victoria en Laukiz desbloqueó aquel talento anquilosado. Acabó el año con ocho victorias y un contrato profesional en el bolsillo.

La opción

¿Cómo logró un sub23 vasco recalar en Delko-Marsella, equipo Profesional francés de nuevo cuño? “Un representante, Jorge Quintana, habló conmigo a principios de septiembre y me comentó que veía una opción para que yo encajara allí. Él lo gestionó”. Sucede que no hubo certeza hasta finales de octubre. “Fueron días difíciles en los que no recibí ninguna otra oferta. No me lo creía: había sido uno de los amateur de referencia… ¡Y nadie me llamaba!” Esto le conduce a una reflexión certera. “Pasar a profesionales no es una cuestión de palmarés. Ganar carreras influye, pero no es determinante. La clave es que alguien se fije en ti y realice una apuesta. Que oiga hablar bien de ti, que te haya visto en una carrera concreta, que tenga amistad con algún allegado, o que simplemente le caigas en gracia. Yo tuve esa suerte con Madariaga: me pasó con la Fundación Euskadi pese a que no había ganado nada en mi primer año de sub23. Y tuve suerte, también, con Jorge”.

El retorno de Mikel al pelotón UCI ha sido desigual. Por un lado siente la confianza del equipo, que le ha ofrecido un calendario “bueno y adaptado a mis características” y en cuyo seno habitan varios hispanoparlantes (el gallego Delio Fernández, el argentino Dani Díaz, el colombiano Leo Duque, más un par de masajistas) que hacen agradable el día a día. Por otro, el infortunio le ha acosado con enfermedades y duras caídas que le han impedido “levantar cabeza”.

En el lado bueno de la balanza, dos momentos particulares. Uno, haber conocido la París-Roubaix. “Me hizo mucha ilusión participar. Llegué en un estado de forma pobre, algo corto, pero pude defenderme. En el tercer tramo de pavé pinché y me fui al palco. No me extrañó porque era la Roubaix y pinchar era natural… El cabreo vino cuando, por la tarde, el mecánico subió a mi habitación para enseñarme que mi neumático tenía clavadas dos chinchetas, seguramente puestas en la calzada por algún inconsciente. Pensaba que me estaba vacilando”. Su otro momento estelar llegó en la Vuelta a Turquía, en la cual sobrevivió a rueda de los Lotto-Soudal en una de las duras jornadas de abanicos que se plantearon. “Un día agónico, a tope desde salida hasta meta”, expone contento.

Al día siguiente una caída torció de nuevo su temporada, que espera enderezar de aquí a octubre. “Me quedan buenos días de competición y quiero aprovecharlos”, anuncia. Tiene la tranquilidad de contar con un año más de contrato. A largo plazo no se pone metas: “Quiero crecer como ciclistas y basta”. Arberas sí marca una: “Que se parezca a Markel Irízar. Son palabras mayores, pero puede estar a su alcance”. El aludido se mostró entusiasta en una entrevista publicada en nuestra web: “Mikel es muy constante en el entrenamiento y posee una técnica increíble. Lo tiene todo para ser un pedazo de corredor de clásicas”, asevera ‘Bizipoz’.

EL MUNDO DE MIKEL

¿Por qué la bicicleta?

Como otros niños jugaban con el balón, yo desde el principio quise bici. Mis fotos desde pequeño son con la bici o con el triciclo.

¿A quién le debes haber llegado dónde estás?

A todo mi entorno, contando familia, amigos y novia; a los entrenadores que he tenido hasta ahora; a la Fundación Euskadi… Y me dejo a mucha gente. Toda la ayuda es poca y muy de valorar.

¿Y si no hubieras sido ciclista?

Es difícil de decir. Estoy estudiando IVEF, así que supongo que hubiera tirado por ahí.

¿Qué tal llevas el IVEF?

Este año no he hecho prácticamente nada y para el año que viene no me he matriculado. Con los viajes se me ha hecho imposible cumplir con la Universidad.

¿Y el francés?

Nunca lo había estudiado y me puse a dar clases este invierno, justo después de firmar con el equipo. Apenas aprendí nada. Ahora ya logro entender las charlas técnicas, pero aún me cuesta mantener una conversación.

¿Algún ídolo de juventud?

Valentino Rossi. Entre los ciclistas, Peter Sagan.

¿Con quién sueles entrenar?

En mi zona hay muchos profesionales como Markel Irízar, Haimar Zubeldia, Amets Txurruka, Peio Goikoetxea o Aitor González y siempre hacemos grupeta.

¿Sigues el ciclismo cuando no están compitiendo?

Sí, pero sin volverme loco. Veo el Tour de Francia y el Giro d’Italia; sin embargo, rara vez me meto en internet para ver carreras o escrutar resultados. Prefiero invertir ese tiempo en otras cosas de la vida.

¿Cuál ha sido tu mejor momento encima de la bici?

La victoria de Laukiz, primera que conseguí el año pasado, me sirvió para reponerme del golpe moral que supuso volver a verme en categoría sub23.

¿Y el peor?

La caída de este año en Vuelta a Turquía. Fue muy desagradable verme tirado en la cuneta, con un golpe fuerte en la cabeza y el cuerpo entero molido. Encima agarré un virus que me provocó fiebre y descomposición intestinal. Fue infernal.

¿Qué carrera sueñas con ganar?

Sueño con ganar, en general. Si tengo que elegir, Flandes o Roubaix.

¿Practicas algún otro deporte?

Fuera de temporada camino por el monte y, en ocasiones, corro a pie y patino.

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