Pedalear con dolor

Una caída seis días antes de empezar la Vuelta ha desplazado la placa que colocaron a Ángel Vicioso en la clavícula tras fracturársela en la Vuelta al País Vasco. “Cuando me levanto encima de la bici tengo mucho dolor”
Ainara Hernando -
Pedalear con dolor
La mala fortuna de Ángel Vicioso.

Dice Ángel Vicioso, se resigna porque ya no le queda otra, que ya casi no se acuerda de lo que es pedalear sano y entero, de los pies a la cabeza, sin ningún dolor. Hace mucho que no corre con ese privilegio. “Es una constante eso de pedalear con dolor, ya no sé lo que es estar tranquilo”. Y aún así jamás echa el pie a tierra. Eso nunca. Antes morir. Tuvo un pequeño resplandor el bueno del maño, uno de los ciclistas más queridos dentro y fuera del pelotón. “La Vuelta a Burgos”, menciona, “estaba muy bien de forma y no me pasaba nada”. La luz al final del túnel. Raro. Fue regresar a su casa de Andorra para disfrutar unos días de sus chicos, su adorada y adorable familia, de Raquel, de la pequeña Manuela y el pequeño Jaime, y el lunes, seis días antes de empezar la Vuelta llegó la desgracia.

Estado original de la placa colocada para solventar su fractura de clavícula

“Iba entrenando y en una rotonda que estaba mojada me caí”. Los rayos X le mostraron la consecuencia. La placa que Vicioso lleva en la clavícula izquierda, resultado de su última rotura, la de la Vuelta al País Vasco, se había doblado. “Y no se ha movido ni nada”, detalla el maño, “se ha doblado. Mira que tengo mala suerte. ¡Si me la iba a quitar este invierno!”. Y le duele. Mucho. “Cuando me levanto encima de la bicicleta lo noto, mucho dolor”.

Vicioso, un corazón tan grande que no le cabe dentro de su menudo cuerpo, tiene un historial tan largo con las caídas y las fracturas como extensa es su carrera. La primera cuando aún ni siquiera era profesional. Se levantó a las cinco de la mañana y se fue desde su Alhama de Aragón hasta Teruel pero sufrió un accidente en el camino. Acabó tercero. De sus dos primeros Tours salió igual: una caída en la quinta etapa, los dos años en la misma, le obligó a retirarse. “No sirvo para trabajar para vosotros, chicos”, se excusó con sus compañeros de la ONCE donde entonces militaba.

Radiografía de la placa doblada tras la caída entrenando una semana antes de comenzar la Vuelta a España.

La última, antes de la fractura de clavícula de la Vuelta al País Vasco este año, fue la peor. Hace dos años, en el Giro de Italia se rompió entero. El fémur partido en tres, la escápula, tres costillas y el bazo a punto de reventarse. Pero Vicioso es duro. Se levantó y se subió encima de la bicicleta. Acabó la etapa y quiso salir al día siguiente pero el Katusha le obligó a marcharse. Estuvo tres horas y media metido en un quirófano en Roma. “Le daban por perdido hasta para la vida normal”, recuerda su jefe y amigo Joaquín Rodríguez. “Y yo también pensé entonces, por primera vez en mi vida, que no volvería a subirme a una bici nunca más”.

A los dos días Ángelito ya caminaba con muletas. Tres meses después volvió a correr y este año ganó el GP Miguel Indurain. Los viejos rockeros nunca mueren. “Si fuera por mi, correría hasta los cuarenta”, dice. Tienen que dejarle las caídas y las lesiones. Aunque ya se ha acostumbrado a correr con dolor.

Como en la Vuelta, con la placa de su clavícula doblada que le está haciendo sufrir lo indecible al bueno de Vicioso. “Me duele. Puedo ponerme de pie encima de la bicicleta pero con un sufrimiento…”. Cuando supo del contratiempo llamó a José Azevedo, el director del Katusha y se lo contó. “Me dijo que yo decidía si venir o no a la Vuelta. Al día siguiente de la caída volví a salir a entrenar y tenía dolor, pero podía soportarlo. Solo confío en que con los días se me vaya pasando. Llego muy bien de forma y tenía muchas ganas de estar aquí, ayudando a Purito”. La fidelidad de Vicioso a Purito no tiene límites. Igual que su entrega y su profesionalismo.

“Pero me da miedo”, confiesa, “me da miedo otra caída y eso me hace frenar más cuando voy en el pelotón. Si me molesta hasta tener el maillot puesto y todo”. Lo único que puede hacer es soportarlo. “Jaime, el masajista, me ha dicho que inmovilizarlo es peor, que tengo que tener el brazo suelto para que no pierda movilidad”. Vicioso sabe mejor que nadie lo que es vivir con dolor. Ya está acostumbrado. “Esto es lo que me gusta. Es mi trabajo”.

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