El retorno del mejor Óscar Pereiro

El gallego ha recobrado las ganas y la ilusión gracias a su fichaje por el Astana después de medio año aborreciendo el ciclismo y en el que a punto estuvo de colgar la bicicleta
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El retorno del mejor Óscar Pereiro
El retorno del mejor Óscar Pereiro

Fotos: Rafa Gómez

Sonríe. Bromea. Habla con todo aquel que se le acerca y se presta a posar tantas veces como aficionados con una cámara de fotos se le acercan. Vuelve a ser el mismo. Aquel ciclista que encandiló a la afición y se metió en el bolsillo a la prensa hace ahora cuatro años. Mucho ha llovido desde entonces. Muchas batallas se han librado. "Han pasado cuatro años y fíjate, todavía seguimos aquí", parafrasea Óscar Pereiro. Moreno, más negro de lo habitual. Viene de lejos, en lo físico y lo mental. Acaba de volver de la París-Niza, antes debutó en el Algarve. "Allí cogí el color de la cara". La otra fracción de su ser viene de un viaje más lejano. Casi medio año sin apenas tocar la bicicleta, sin procurar saber nada de ella. Sin sentirse ciclista. Sin querer tampoco serlo. Todo eso cambió desde que un día su teléfono móvil encendió la luz con la llamada entrante de Giuseppe Martinelli. El técnico italiano quería reclutarle para el nuevo Astana. El sol que alumbra el maillot del equipo de Contador irradió el camino de Óscar Pereiro. Lo encauzó de nuevo. "Ahora vuelvo a sentirme ciclista". Vuelve a apasionarse, transformado por una llamada que le abrió la mente.

 

Un "currante más"

"He tenido la suerte de pasar de un gran equipo, como era el Caisse d'epargne, a otro grande, el Astana. Aunque aquí las cosas son muy diferentes, todos trabajamos en torno a un gran líder mientras que hasta el año pasado siempre tenías alguna pequeña oportunidad de disputar carreras", explica el gallego. En menos de tres meses ya lleva la lección aprendida, la primera del libro que estudia la escuela del Astana: Todos pedalean por y para Contador. Pereiro lo asume. Y lo disfruta. Se define como un simple obrero, "un currante más del equipo", con un Tour de Francia en su palmarés, eso sí, "pero me tengo que ganar mi puesto como cualquier otro". Uno entre el montón, se define. Pero no, Pereiro nunca ha sido así. Siempre ha tenido una cercanía especial con el aficionado, un gancho para las relaciones, un carácter que ha marcado la diferencia. Un algo que le hacía diferente. Único. Siempre no. Medio año, el que transcurrió desde el pasado Tour de Francia hasta finales del 2009 marcó la diferencia en el interior del ciclista de Mos. Entonces no era él, introvertido y desganado. Desmotivado y sin fuerzas para seguir adelante.

 

El inicio de aquel derrumbamiento vino, paradojas, con su adelantado final en el Tour de Francia. Ocho etapas duró su caminar en la ronda gala. "En la octava etapa me propuse meterme en la fuga y, subiendo el puerto de Envalira no conseguía ni siquiera seguir al pelotón. Aquello fue muy frustrante para mi. Estuve 15 kilómetros caminando solo, entre el pelotón y los grupos que se habían quedado antes descolgados y en tanto tiempo, la cabeza da muchas vueltas, piensas muchas cosas", recuerda. En concreto, una: "Esto se acaba, me dije para mi", no solo su Tour de Francia. El ciclismo. "Me bajé de la bicicleta pensando que era mi última carrera, no quería seguir siendo ciclista". Asqueado. A la bicicleta la dejó aparcado, empolvándose en un rincón. "Cuando llegué a casa pedí a mis amigos que no me consolaran, que no me animaran. Que no me dijeran nada y que ni siquiera me hablar de ciclismo". Decidido a dejarlo todo.

 

Carreras de media maratón

Su contrato con el Caisse d'epargne vencía a finales de temporada. Otro punto más a favor para terminar de convencerse de la renuncia. "Salía de vez en cuando con la bicicleta a entrenar algún día. No me gustaba", reconoce. Lo aborrecía, "pero tenía un contrato con un equipo y debía respetarlo". Profesional. Cambió entonces los pedales por las zapatillas de correr. "Me dediqué a hacer diezmiles". Medias maratones con las que seguía manteniendo el cuerpo en forma y la mente ocupada. Para no pensar. Hasta que un día, paseando por la playa con María, su mujer, volvió a salir la palabra 'ciclismo' en la conversación. "Ella me animaba a dejarlo, porque me veía muy convencido. Solo me dijo que esperaba que no me arrepintiera de mi decisión", rememoras Pereiro.

 

Volvieron las cavilaciones justo cuando el circuito de motociclismo de Assen era el escenario del pistoletazo de salida de la Vuelta a España. "Ví algunas etapas y me dije a mi mismo: yo tengo que estar ahí". Volvieron las ganas, la chispa por el ciclismo, el deseo de sufrir encima de la bicicleta. Aquello fue un pequeño rayo, el primero entre las nubes que revoloteaban la turbulenta mente de Óscar Pereiro. Se despejó del todo su cielo con la llamada del sol kazajo del Astana. "Fue un subidón, la mejor oportunidad que pude tener. Necesitaban un corredor como yo y no hubo ni siquiera negociaciones, acepté sin pensar", relata, aunque su fichaje encauzó aguas revueltas y a punto estuvo de irse al traste por desacuerdos económicos: "Costó un poco pero al final creo que salí beneficiado y, después de todo, me dije a mí mismo que si un equipo como el Astana había confiado en mi no les podía defraudar".

 

"No era ciclista"

No fue tarea difícil certificar su regreso de forma material. "Cuando llegué a Pisa -comenta, haciendo alusión a la primera concentración con el equipo de Alberto Contador- no era ciclista". Un hombre a la deriva. Pero "tuve una gran acogida por parte de los directores, especialmente de Giuseppe Martinelli, al igual que de los compañeros. No soy un corredor que necesita que le animen y le ayuden constantemente, pero desde el primer momento me sentí muy querido, me hicieron ver que creían en mi". Poco le costó entonces a Pereiro reconstruir los pilares de la confianza en sí mismo. Fortaleza restaurada. "Me hacen sentirme muy querido". Y eso se traduce en la carretera. "Ahora no me cuesta entrenar y me gusta sufrir encima de la bicicleta". Otra vez, sonríe el retornado Pereiro. "Si un día tengo que hacer cinco horas de entrenamientos, hago cinco y media. Si tengo tres puertos programados, hago cuatro... me tienen que parar porque me paso".

 

Con la mirada optimista recobrada, la alegría y el desparpajo de siempre, Pereiro, el retornado, vuelve a tener claro que "me retiraré cuando yo lo considere oportuno, no cuando la bicicleta lo quiera". Vuelve a ser él mismo, con transformaciones, producto del enclaustramiento del que acaba de salir. "Me he quitado el disfraz de líder, soy un currante más", recalca. Por eso, divaga "en circunstancias normales, debería correr el Tour de Francia, pero quiero ganarme el puesto como cualquier otro compañero del equipo y hacer méritos para correrlo". Quiere darse, asegura "un baño de humildad y quitarme los galones". Volver al origen para recobrarse a sí mismo.

 

Ya despunta el más bravo Pereiro. En la París-Niza se dejó ver desahogándose por su líder, Alberto Contador, y en la Volta a Catalunya que está disputando ha vuelto a recuperar su lado combativo intentando dar respuesta al ataque que Joaquim Rodríguez propició en la tercera etapa para vestirse de líder. Ése es el Pereiro conocido, el que disfruta corriendo y pelea hasta la saciedad a base de ataques y combatividad. Con eso le vale, apuntala, "con que todos los que me siguen se lleven una alegría conmigo esta temporada porque me ven trabajar para mi líder, porque disfrutan conmigo si estoy delante, porque también sería una alegría para mí. Y a los que no les guste mi vuelta... sinceramente, me da igual lo que piensen", solventa. Vuelve el mejor Pereiro.

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