FOTOS. Gilbert puede con Asturias

La bestia belga conquistó la Clásica de San Sebastián que quisieron, con más insistencia que nunca, incansables, los asturianos Carlos Barredo, segundo, y Samuel Sánchez, octavo
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FOTOS. Gilbert puede con Asturias

Fotos: Tim de Waele
Si cualquier noche, en cualquier calle del mundo, se encuentra con un chico de pelo en punta y amarillo, con pendientes en sus orejas, con pulseras de plata en sus muñecas, no cruce hacia el otro lado de la calle, no cambie de acera. Puede ser el rey de las clásicas, uno de los mejores ciclistas del planeta, uno de los más hábiles y potentes sobre una bicicleta, tan extravagante como espectacular. Si esta noche, entre pintxo y pintxo, se encuentra con un tipo de semejantes características por el casco viejo de Donostia, corra hacia él y pídale un autógrafo, una fotografía, dele la enhorabuena. ¿Por qué? Porque puede ser Philippe Gilbert, el valón que hoy paseó triunfante por el Boulevard, el segundo belga, tras Claude Criquielion, que gana la Clásica de San Sebastián. Otra guinda más para su temporada de ensueño.

Gilbert, que durante el Tour de Francia cumplió 29 años, rozando ya la treintena, se crió en Remouchamps, en el inicio de La Rodoute, símbolo de la Lieja, símbolo del deporte que inundaba su casa. Su padre, ciclista. Su hermano mayor, ciclista también. Nació en una familia enamorada por los pedales, tan enganchada por el ciclismo que premiaban con un día sin colegio, un miércoles libre cada año, al pequeño Philippe para que pudiera ver la Flecha Valona. Sus ojos se iluminaban cada vez que veía un ciclista profesional. Mientras otros críos de su edad, pegados todo el día al televisor, admiraban las figuras de los protagonistas de las series de dibujos animados, para él, hecho entre bicicletas, sus súperhéroes eran ellos, los ciclistas. Un romántico más.

Aquel niño es hoy el hombre que más veces aparece por los podios en 2011. No se cansa de ganar. Lo hizo en Algarve y en Tirreno-Adriático, una etapa en ambas. Lo hizo, convirtiéndose en historia viva, en las míticas Eroica, Flecha Brabançona, Amstel Gold Race, Flecha Valona y Lieja-Bastogne-Lieja. Lo hizo en la Vuelta a Bélgica y en la ZLM Toer, la antigua Ster Elektrotoer. Lo hizo en el Campeonato de su país, coloreando su delgado cuerpo con los colores de su Bélgica querida. "Antes que valón, soy belga. Sólo tengo un país", dice. Lo hizo en el Tour, en el Monte de Las Alondras, donde voló para conseguir la prenda que mejor le combinaba con su pelo. Y lo ha hecho hoy, en una tarde soleada, por fin, de verano, de julio, en la Clásica de San Sebastián.

Fue el más listo de la clase. Estuvo todo el día pendiente de los movimientos. Apagó el fuego que encendieron Samuel Sánchez, dorado al poder, y Carlos Barredo, descamisado, en Jaizkibel, a 42 kilómetros de meta. Dos arreones suyos calmaron el primer intento de Samuel, quien, huérfano de su hermano de conveniencia en julio, enfurecido como nunca, lanzado sin miedo, sin mirar atrás, con hambre, empujado por la marea naranja que invadía cada tramo, cada hueco de cada cuneta, metros después, lo volvió a probar. Se llevó a un viejo conocido, también belga, como su líder Gilbert, Jelle Vanendert, al que ganó en Luz Ardiden, el que le ganó en Plateau de Beille, y a otro paisano de los anteriores, éste del Quick Step, Dries Devenyns. Como trío coronaron y comenzaron un descenso que les dejó sin esperanzas. Segundo intento estropeado. Ya no habría más. La locura se apoderó entonces de la cita. Stijn Devolder, recuperándose aún de la muerte de su inseparable Weylandt, se lanzó en solitario. Poco después, recibió la compañía de Vanendert, que acabó explotándole, y de Haimar Zubeldia, cazados a 12 km de la pancarta final.

A partir de ahí, la sombra del ganador en 2009, ya repuesto, cargado de energía, apareció de nuevo para coger el papel de protagonista en una película de suspense. Carlos Barredo, peleón como pocos, incansable en la batalla, valentía es su lema, a base de bocanadas, agarrando los cuernos con fuerza, escribió un guión en el que aguantaba unos metros de ventaja, pocos pero suficientes dado su nivel, con el grupo del resto de los favoritos. Podrían haber bastado de no existir Philippe Gilbert, la bestia que le aplastó a 3.500 metros, callando a Asturias, dejándola sin fiesta, trasladándola a Bélgica. Gilbert, en postura de crono, manos relajadas, brazos posados sobre el manillar, destrozó a todos, borró, metro a metro, las opciones de Samuel Sánchez, que andaba por detrás, en persecución junto a Zubeldia, su Contador en San Sebastián, hasta que fue neutralizado por el grupo, del que, sorprendiendo a todos, reapareció Barredo para acabar segundo, para acompañar, él y Van Avermaet, tercero, en el podio a Philippe Gilbert, el que entró, como rey clasicómano que es, saludando al público del Boulevard, rendido ante su poder.


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