FOTOS. Giro de Italia 2011. 4ª etapa: El Giro llora a Weylandt

La etapa, neutralizada, fue comandada cada diez kilómetros por un equipo hasta el final, donde el Leopard, junto a un inconsolable Tyler Farrar, cruzaron juntos y con la compañía de las lágrimas la primera línea de meta sin Wouter Weylandt
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FOTOS. Giro de Italia 2011. 4ª etapa: El Giro llora a Weylandt

Fotos: Tim de Waele
Wouter Weylandt podría haber sido muchas cosas: el hombre que lanzaba los sprints a Tom Boonen hasta la pasada temporada, el chico que estrenaba equipo, ilusionado por compartimaillot con los hermanos Schleck, Podría haber sido el que dejó boquiabierto a André Greipel, sorprendido porque le arrebató la victoria en la tercera etapa del Giro de Italia del año pasado. Podría haber sido simplemente, que no es poco, el novio de Anne Sophie, el padre de la pequeña que verá la luz pero no a su progenitor en septiembre. O podría ser también el chaval que bromeaba en el autobús del Leopard junto al mánager del equipo, Bryan Nygaard que después de las infernales clásicas del norte, del pavé y los muros irían juntos a pedalear con sus bicicletas por la arena del Mar del Norte. Podría haber sido mil cosas. Podría haber sido contable, estudió económicas, pero él quería ser ciclista y se afanó, terco, en convencer a sus padres porque quería ser ciclista. Podría haber sido tantas cosas. En cambio, Wouter Weylandt será aquel corredor que se abrió el cráneo en la bajada del Bocco, ese ciclista al que nadie pudo hacer nada para salvarle la vida.

Etapa de homenaje
El Giro se vistió de negro y lloró ríos de lágrimas en la cuarta etapa, una marcha fúnebre. De madrugada llegaron a Rapallo la novia del corredor, sus hermanos y su madre. Juntos se fueron al lugar donde Wouter se dejó la vida. Rosas y lirios sin olor. Allí, su hermana tocaba el muro contra el que chocó el cráneo, palpaba el suelo, aún manchado de sangre seca tapada por arena. Un abrazo al cielo entre el llanto. Entre gritos de dolor. El Giro mientras tanto se colgaba el crespón negro. Una trompeta fúnebre fue el único sonido en medio de dolor. Los últimos en llegar a la línea de salida fueron los ciclistas del Leopard. Ocho. Faltaba uno, al que las trompetas le recordaron. Weylandt había mandado un sms, hace unos días  a su mánager: "El ciclismo se está volviendo demasiado peligroso. Noto muchos nervios en el pelotón". Como si fuera una intuición de lo que estaba por llegar.

El minuto de silencio en Génova precedió a las pedaladas. Fueron de luto, de sollozos. No hubo bromas, ni risas, tampoco tensión ni nervios. Nada de escapadas. Cada equipo tiró del pelotón diez kilómetros y relevó al siguiente. Por el camino, silencio, nada más. "Todos los comentarios que se han hecho han sido en su recuerdo", decía Petacchi. Ciclismo apagado mientras, en los 216 eternos kilómetros entre Génova, en la misma calle donde hace once años se impuso Álvaro González de Galdeano hasta Livorno, la ciudad más triste del Giro, centenares de aficionados se agolparon a las carreteras sin gritos, sin clamores ni alaridos. Solo aplausos y carteles que recordaban al ciclista desaparecido. Gente con dorsales que llevaban estampados el '108'. El número de Wouter Weylandt .

Así caminó la etapa hasta los últimos cuatro kilómetros, en los que el Leopard pasó a la cabeza, en sepulcral silencio. Ocho más Tyler Farrar, su mejor amigo en el pelotón, "era como un hermano", dijo en la salida. No podía parar de llorar. El americano abandona el Giro. No puede correr sin su compañero de entrenamientos, su confesor, su amigo del alma. Él ocupó su puesto, incapaz de parar de llorar entró en la línea de meta, la primera sin Weylandt, la última de Farrar en este trágico Giro de Italia. Los que no se irán serán los ocho ciclistas del Leopard. Lo pidió personalmente el padre de Wouter, "tienen que andar adelante, en nombre de mi hijo", pidió. En su honor. Al llegar a la meta, Oliver Zaugg, abrazado a sus ocho compañeros del Leopard y a Tyler Farrar, inconsolable, se santiguó tres veces. Lo hicieron más ciclistas al cruzar la línea de meta. Llegaron vivos, cosa que Weylandt no pudo decir a falta de 20 kilómetros para el final de la tercera. Porque el ciclismo a veces, las muchas, se reduce a eso. Llegar a la meta.

Hoy el Giro vuelve a encender sus luces. Porque el espectáculo debe continuar. 191 kilómetros entre Piombino y Orvierto con tramos de tierra. Más riesgo, más peligro. Pero sin Wouter Weylandt.




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