FOTOS. TOUR 2011. 10ª etapa: Greipel vence al demonio

Estreno del alemán en el Tour de Francia por delante de Mark Cavendish. Gesink se volvió a caer y Contador pasó el día con menos dolores en la rodilla
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FOTOS. TOUR 2011. 10ª etapa: Greipel vence al demonio
FOTOS. TOUR 2011. 10ª etapa: Greipel vence al demonio

Andre Greipel nunca lo ha tenido fácil. Cuestión de confianza, que no en sí mismo. De los demás. Pocos se encomendaron a sus piernas. Igual porque su talla de gladiador traducido a culturista, una talla que bien pasa por la de portero de discoteca anexionada a una tez blanca y fría, seria en la distancia y que engaña, pues es todo apacibilidad. Un bonachón en talla grande, de las que asusta. Le viene de familia, su padre, igual en proporciones era conductor e tractores en Rostock, en la Alemania comunista de la guerra fría. Al pequeño André jamás le dejó los volantes. Tampoco le llamaban la atención. Una noche, en casa de los Greipel la televisión pasaba el film "American Flyiers". El niño se quedó embobado. "Mamá quiero ser eso". Ciclista.

Siempre lo ha deseado Andre Greipel. Incluso el año pasado, cuando Mark Cavendish, entonces compañero, por esbozar de algún modo que compartían el mismo maillot pero su hábitat natural, a pesar de ser sprinters ambos era diametralmente opuesto, le hacía la vida imposible a base de picaduras verbales. Dardos le lanzaba el inglés cada vez que le preguntaban por Greipel. "Si gana tanto. "Si quisiera conseguir victorias de mierda, iría a carreritas de mierda como él hace". Implacable Cavendish. Lo que no decía era que él y su tren, él y su poderío lo tenían exiliado. No había espacio para Greipel en el HTC, no confiaban en él. Cavendish se convirtió en su demonio. "Incluso en mala forma soy mejor que él". Toma veneno endiablado. Greipel supo que era un "él o yo. O se marcha Cavendish del equipo o me busco otro". Insostenible.

Fue él quien cambió de camiseta, declaración pública del enemigo la de Greipel este invierno. Empezaba a ser ciclista por fin. A correr lo que él quería: el Tour. Y entonces sí que abrió la boca. "Muchas veces, Cavendish debería aprender a tener la boca cerrada". Empezaba a aprender Greipel. En los sprints de la ronda gala se había plantado, uno tras otro, con el demonio mirándole a la cara jalonado en un grito. El miedo a no poder vencerlo. El viernes, el Chateauroux fue la ira que Cavendish necesitó para encenderse. Lo vio saltar por el lado contrario y enfureció. No podía permitírselo.

Gilbert y los euskaltel
La desconfianza entonces también afloró en el Omega Pharma. Quien sabe, y si lo habían fichado para nada. Cavendish seguía siendo el más veloz y la escuadra belga apostaba sus cuartos por Gilbert. También ayer, en el vistoso final de Carmaux una vez que la fuga eminentemente francesa -Di Gregorio, Minard, Vichot, El Fares y Delaplace con la intrusión italiana de Marcato- moría en la cota de Mirandol Bourgnounac,  saltaba la delicia que es el corredor belga en un cárnico ataque con sabor a clásica. Imposible. La inercia natural del pelotón, los 1980 gladiadores que quedan con vida lo engulleron a él como poco después a Millar, a Alan Pérez y a Izagirre. Sprint.

Se dieron cita la desconfianza del todos en Greipel. Se acordó de su entrenador que, cuando decidido se presentó en el velódromo con el casco ya puesto le dijo que no valía, por corpulencia para ser ciclista. Le suplicó Greipel que le dejara hacer una prueba y lo dejó boquiabierto. Por eso le abrió las puertas de la pista. Pero él quería más, siempre lo ha querido. Carretera, esprines. Cuando dio el salto, el seleccionador alemán tampoco le veía futuro. No lo convocaba para los concentraciones con los mejores. Greipel siguió, como lo hizo en la curva de Carmaux, pegado a la rueda del demonio. Cavendish, solo, se ayudó de la preciosa figura de Dnaiel Oss para cubrirse del viento y después se desató.

Ademlantó Gripel y miró al diablo a los ojos, fijos y enrojezidos por la cólera. Solo un gesto. Lo demás pedaladas. Resultó en Carnaux, que Cavendish, en su mejor momento de forma, no es imbatible. Y tampoco mejor que Greipel.




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