FOTOS. TOUR 2011. 13ª etapa:El martillo implacable del dios Thor

Los favoritos aplazan la guerra y desaprovechan el Aubisque, donde Jeremy Roy tuvo sentenciada la victoria pero la inteligencia y constancia de Hushovd decantó la balanza
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FOTOS. TOUR 2011. 13ª etapa:El martillo implacable del dios Thor
FOTOS. TOUR 2011. 13ª etapa:El martillo implacable del dios Thor

Fotos: Tim de Waele
"A pedir milagros, a Lourdes", recita la frase hecha. Quizá Madiot, volante en mano y como un energúmeno encolerizado se la gritaba desde el coche de la Française des Jeux a su delfín Jéremy Roy. Quedaban cuatro kilómetros, cumbres borrascosas que era el Aubisque tan solo para el francés pues el pelotón, de excursión guiada por el Europcar del mediatico y más rentable líder que es Thomas Voeckler escaló así, compacto y contemplando el paisaje. La tiniebla se barajaba delante, era Roy el hombre sepultado. Ni un milagro le iba a salvar  no sobre una bicicleta, no en el ciclismo. Menos en el Tour de Francia donde la carrera, el asfalto y la propia fuerza individual, unas de fuerza bruta y otras lánguida y débil ponen a cada cual en su sitio. Crueldad. Solo así se entiende el espaldarazo de la suerte a quien más se lo merece por penurias pasadas. Un hombre con denominación de Dios, Thor y su martillo implacable, no perdonan. Eso es la fuerza bruta.

Fortaleza bárbara la del dios Thor y su martillazo a Roy que supo reprimir el aliento cuando la cabeza le pedía un empuje más en el Aubisque. Podía pero quiso reservar, austero el campeón del Mundo. Brillante inteligencia. No solo las piernas ganan carreras, a veces te revientan, pusilánimes despiadadas. De tanto someterlas al dolor máximo acaban volviéndose en contra, sublevadas como inequívoca protesta. Thor se demarró a sí mismo, un ancla al maillot arco-iris ascendiendo el Aubisque. Hasta los pies del precioso puerto pirenaico, una vez más convertido en marea naranja, reascosa tras la exhibición histórica de Samuel Sánchez en Luz Ardiden, una vez más habiendo el Tour desaprovechado una ascensión tan mítica como lo es aquella por la que se pegaron en un pasado no tan lejano Miguel Indurain, Claudio Chiapucci o Eddy Merckx. 50 kilómetros para la meta eclécticos, inamovibles en el pelotón a un ritmo de siesta mientras Hoshovd martilleaba a sus compañeros de fuga.

Roy solo en el Aubisque

Sentenciados todos. O casi. El spriner Petacchi que se atrevió a osar a las montañas, Boasson Hagen, Tjallingii -mucha carne par aun vegetariano-, Jerome Pineau. Resistían Jeremy Roy, distancia prudencial y Moncoutie, el saber hacer de la experiencia. El deseo, esa tentación irrefrenable hizo a Roy cabalgar hasta Hushovd y sacarle de rueda en la oscuridad de las galerías. Moncoutie, a su paso, repartido a partes iguales sea sobre la bicicleta o a pie, tranquilo, unió su cuerpo al de Hushovd. El francés, repartidor en París de joven iba a dejar el ciclismo pero acabó renovando con la condición de no correr el Tour de Francia. Pero el cartero siempre llama dos veces.

Roy lo saboreó arriba, en el Aubisque y trazó en el viento provocado por su vertiginoso descenso el esbozo del triunfo, una sonrisa. Se asomó a Lourdes, pero como si de una aparición fatal se tratara vio de pronto a Hushovd en la lejanía. El arco-iris tiró de casta, inteligencia y poder. De la reculación que antes dejó marchar a Roy y ahora lo acercaba. Macabra pesadilla la del francés. Moncoutié no quiso ayudarle en tal cruel misión y Hushovd acabó marchando solo. Martillazo implacable. Ni un milagro si quiera podría salvar a Roy que, desangelado entraba en meta, cuán peregrino desvalido en busca de una aparición divina. No para él, los dioses estaban con Thor.   




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