FOTOS. TOUR 2011. El Tour que odia Contador

Plateau de Beille desaprovechado y los Pirineos zanjados con triunfo de Vanendert por delante de Samuel Sánchez. Los Schleck atacaron, débilmente y no consiguieron hacer sufrir a Contador
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Fotos: Tim de Waele
Y pasa el tiempo y nada cambia, dicen los nostálgicos advenedizos a que cualquier tiempo pasado fue mejor. Tiempos de hostigamiento y delirio. De pasión, amor y desazón. De acoso y derribo derivados en el vacío trémulo del ciclista, el ídolo de algunos que cae mientras el otro flaqueante pero victorioso, el que la otra parte de la hinchada grita se aúpa vencedor. Al menos eran sentimientos, hacer funcionar al corazón y sentirlo latir unos, los perdedores roto y desazonado por el otro, vibrante y entusiasta como la pasión del triunfo solo otorga. El sentir del corazón al fin y al cabo que mueve troqueles tan maravillosos como el crepitar de Alberto Contador, todo coraje y alma, pasión ciclista en un cuerpo enjuto, de piernas nerviosas, bravas. Por eso repudia el madrileño este ciclismo, el frío impasible que invade los Pirineos y que no va con él, sangre caliente que tuvo que congelar por obligación. Se lo suplica su rodilla, duele aún y se lo impone la carrera, los hermanos Schleck, Evans y Basso. Quietos. Así no le gusta a Contador.

Al Tour de Francia no le gusta Contador. En la presentación de equipos, los silbidos se convirtieron en banda sonora del madrileño. Dos días después, en la primera etapa, una espectadora enmarañó al pelotón bloqueando al ciclista del Saxo Bank. Dos minutos de penalización. Odio marcado a fuego, quema como las heridas que en la espalda y las piernas le dejaron sus dos caídas durante la primera semana. Francia no quiere que salga vivo del Tour y ahora Contador odia a la ronda gala. Repudia el madrileño esta forma de correr que no es la suya, la de la sangre caliente que a los aficionados apasiona y hace encolerizar como en el Giro de Italia con ataques día sí y día también a ocho kilómetros de cumplir con el techo diario. Cada puerto hace las delicias, arrodillado a los pies del madrileño. Así, en las faldas le gusta atacar a Contador pero en el Tour no puede. Ni sus piernas ni los enemigos le dejan. Y eso no lo aguanta.

Samuel aprovecha la situación

Todo sigue igual, nada cambia en el Tour de la táctica y la sangre fría. Del tempano de hielo insólito que es Contador, desconocida figura camino de Plateau de Beille, donde todo aquel que levantaba los brazos lo hacía, por extensión o mérito también en París. Ésta vez no, o quién sabe si los favoritos, si los Schleck, Evans, Basso o el propio madrileño dejan pasar oportunidades como ésta, días pasar lejanos aún a los Campos Elíseos pero subidas que en realidad no son escaladas, si no minas donde encontrar oro. Fue Samuel Sánchez el excavador más inteligente. Claro, es asturiano. Lo tiene tatuado en el DNI. Cuando Vanendert saltó a por la etapa, el del Euskaltel fue detrás. Los mismos actores de Luz Ardiden. Los cambios de ritmo, que no ataques, de Andy Schleck, débiles  no le sepultaron al asturiano.

Para entonces, Rubén Pérez desgastaba su avanzadilla como antes lo había hecho Gorka Izagirre. Los dos proyectiles del otra vez brillante Euskaltel abrían fuego entre puertos junto a Sandy Casar hasta que el Leopard salió de caza. Balas de fogueo siguen siendo las de los gregarios de los hermanos Schleck porque la pareja aún sigue sin demostrar un carácter ganador más ganado en forma de juntar letras que por palmarés. El ciclismo moderno, el de esperar a los últimos dos kilómetros, el que repudia Contador y toda la parroquia ciclista adormilada en plena ascensión a Plateau de Beille. Ataques los hubo, unos cuantos. Válidos, de los de verdad, ninguno.

Solo una mínima flaqueza de Frank Schleck mostrada al final y un señorial aguante protagonizado por Ivan Basso, imperial en la última ascensión sirvieron como lectura al baile de máscaras de Plateau de Beille, de donde Contador salió enfurecido. ?No me gusta correr así, es un ciclismo totalmente diferente al mio?. Samuel no pudo reeditar su sueño de Luz, el que fue pesadilla del belga Vanendert. No se dejó embaucar el del Omega Pharma como tampoco lo hizo Voeckler. Se agarra, "hasta que explote", dice Contador. De momento nadie lo hace. Porque nadie lo provoca.



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