FOTOS. Un chico que no para y el hombre solitario

Mark Cavendish se proclamó campeón del mundo en un sprint en el que Óscar Freire, quien tuvo que jugar solo de nuevo, fue noveno. Goss, plata, y Greipel, bronce, completaron el podio
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Fotos: Tim de Waele
Era un hombre solitario. Ciclista acostumbrado a buscarse la vida sin ayuda, a encontrar premio a la paciencia, al no darse nunca por vencido. Un vagón independiente entre potentes y largos trenes que siempre encontraba un hueco para dirigirse a la gloria. Era él contra esas locomotoras de tres, cuatro, cinco, corredores, sin ningún desajuste, todo controlado, cada gesto medido, que aceleraban y aceleraban hasta conseguir su objetivo. La victoria. Primero, les tocaba a los rodadores. Esas dos o tres 'bestias' de piernas gruesas y duras que asustan con su sola presencia. Son los encargados de subir la velocidad, en progresión, del pelotón, de poner a éste en fila india, de llevar a cabo todos los preparativos para dar vía libre a los lanzadores, velocistas que pueden ganar en cualquier carrera del mundo, que pueden ser el último vagón por características, por calidad, por nivel, pero que tienen como empleo lanzar al chico más poderoso, el más veloz, al que deben dejar a 200 metros, a 100 metros, casi ya levantando los brazos. Tienen, deben, olvidarse de sus ambiciones personales. Ellos, uno o dos vagones más, son los encargados de realizar el movimiento más importante, el que deja al último hombre a unas cuantas pedaladas de la meta.

Pero él, nuestro chico de oro, nuestro cántabro, uno habituado a romper récords, a caminar por trayectos desconocidos para nosotros, los españoles, era la kryptonita de esos 'trenecitos' de moda. Podía con ellos. Solo ante los equipos más poderosos del mundo. Solo, con su bicicleta y su casco, con su equipación y su rabia, con su tremenda valentía, sin miedo a nadie, sin miedo a nada. Era capaz de derrotar a escuadras enteras, imbatibles en el arte del lanzamiento, entrenadas al milímetro para ello, especialistas en ello. Él, corredor hecho en tierras cántabras, esperaba un estorbo entre trenes, un momento de dudas, unos cuantos segundos perdidos entre lanzadores, para encontrar su oportunidad.

Esa era, o es, mejor dicho, la misión que casi siempre tiene Óscar Freire, tres veces campeón del mundo, tres veces ganador de la Milán-San Remo, pura historia viva, cuando se viste de ciclista. Pero en Copenhague, en el Mundial más llano, más sencillo, de los últimos años, el hombre solitario, el orgullo español, tenía, solamente para él, enterito para él, un 'trenecito' de esos que en tantas ocasiones le han quitado el sueño, que tantas veces ha reclamado. Carlos Barredo y Juan Antonio Flecha, dos expertos, como dueños de la colocación y de la aceleración. Vicente Reynès y José Joaquín Rojas, velocistas consagrados, como lanzadores. Lo nunca visto.

"Cuando se la han jugado conmigo, siempre he respondido", decía Freire 48 horas antes de la cita. Carta segura. Un triple campeón del mundo, como Alfredo Binda, como Eddy Merckx, como Rik Van Steenbergen, en busca de un hito. Razón más que suficiente para que José Luis De Santos, el seleccionador, confiara en él. "Es nuestra baza", repetía desde que se dio a conocer el recorrido. El velocista que gana sin ayudas iba a jugar esta partida con un 'trenecito' de los buenos. Mezcla explosiva. Mezcla ganadora. Pero la lógica no se lleva bien con el ciclismo. Y en el día en el que más hombres a su servicio tenía Óscar Freire, contento y feliz por no ser él contra todos, como siempre, tuvo que recuperar el viejo hombre solitario para acabar noveno en una recta que comenzó segundo. Segundo gracias al estupendo trabajo de Juan Antonio Flecha, su antiguo amigo de confianza en Rabobank, quien le recuperó de la oscuridad de un pelotón en el que ya no estaba Thor Hushovd, el actual dueño del arco iris. Y hasta ahí llegó el 'trenecito' que fue 'trenecito' durante unos metros cuando todas las selecciones comenzaban a colocarse.

Una caída envió al autobús a Reynès. U
n cortacircuito desconectó a Barredo y a Flecha de Rojas y Freire, que fueron perdiendo posiciones y posiciones hasta desaparecer. Fue cuando apareció el catalán, que se colgó de su espalda al cántabro y le llevó hasta la cabeza. Brutal servicio el de Flecha, pero faltaba el lanzador. Rojas había desaparecido. Su casco verde y azul no estaba. Otra vez, historia repetida, Óscar Freire estaba solo. Y se dio cuenta. "Llegué bien de fuerzas, pero me vi demasiado delante y no pude remontar", explicó la ficha española tras cruzar noveno por la meta. Paró e intentó echar mano de su amplio libro de recursos para buscar una buena rueda. Imposible. Iban ya a demasiada velocidad. "Da rabia perder una oportunidad así, cuando me encontraba en buenas condiciones".

A su derecha, como en sus grandes días, pasó Mark Cavendish, quien con un movimiento a 150 metros del final, se marchó directo a coronarse como campeón del mundo por primera vez en su espectacular carrera. El británico hizo efectivo el trabajo de su selección, que echó abajo una fuga en la que estaba Pablo Lastras, inmenso el madrileño, y otra con Thomas Voeckler, el galo de moda, en los últimos kilómetros. A unos centímetros del oro, del cielo, se quedó Matthew Goss, el lanzador de Cavendish en HTC-HighRoad, el australiano que se colgó la plata. De bronce se vistió André Greipel, su mayor enemigo, el alemán que también perteneció al 'trenecito' del de Isla de Man, el que conquistó el Mundial con el que soñaba Óscar Freire, quien volvió a ser el hombre solitario. Ambos no han tardado en citarse para 2012. El cuarto aún es posible.


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