FOTOS.Nuyens adereza los dos sonidos del Tour de Flandes

Sorpresa en un alocado y espectacular Tour de Flandes donde Cancellara y Chavanel rodaron en solitario encaminados a lo que parecía una victoria cantada del suizo pero que los perseguidores supieron anular antes del Kapelmuur y el Bosberg, donde Gilbert fue determinante para romper la carrera
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FOTOS.Nuyens adereza los dos sonidos del Tour de Flandes
FOTOS.Nuyens adereza los dos sonidos del Tour de Flandes

Hay dos imágenes que condensan con divinidad brutal el espectáculo generado por el Tour de Flandes. Dos sonidos: Un resoplido dramático y un grito desgañitad. Vividos uno lejos del otro, como la victoria está, distante, separada de la derrota. Uno, el símbolo inequívoco del desastre sonó en el coche del Quick Step cuando Tom Boonen, centro de las 800.000 almas congregadas en las carreteras del 'De Ronde', no se sabe por qué ni cómo, lanzaba a Fabian Cancellara tras el paso por el Koppenberg, la mecha, con Sylvain Chavanel, el compañero desgañitado, 85 kilómetros en fuga y expirando su aventura en solitario avanzaba parsimonioso, esperando al desate de los favoritos, como soldadito de plomo que avanza por campos de minas. Y poco fuego necesita un motor para ponerse en marcha. Qué más quería el bueno de Cancellara que una lanzadera para sacar a relucir sus dos motores, que no son otros que sus dos portentosos músculos, para fulminar a Boonen con un 'aquí mando yo' que dejó temblando al belga, viendo cómo sus sueños se despedazaban y el ostracismo era ya ridículo para el Quick Step. Grotesco espectáculo en casa. Resoplido desde el coche.


Respiraba, acompasado por delante Chavanel. No temblaba el francés, al menos por fuera. No podía hacerlo porque no e lo permitió. Por detrás venía un gladiador. Espartaco. Y ante el enemigo todo tienen que ser apariencias. De estabilidad y consistencia. De fuerza, de no arrugarse ante la fuerza bruta que se acerca. Poco tardó en cogerle Cancellara, pues los regalos como el que le hizo Tom Boonen, el suizo no los niega. Es de la mala educación. Y allí se juntaron, la bestia y el hombre, como si de un espectáculo circense de la época clásica se tratara. Miles de personas congregadas en el Coliseo, la arena convertida piedra, pavé. Mito y leyenda frente a la fiera y su presa. Era tan fácil dilucidar el final mientras el reloj del suizo engordaba en segundos -rozó el minuto de ventaja- la ventaja con el grupo del derrotado Boonen, cabeza gacha, escondido, ahora ya no tiraba, junto a Lars Boom, Flecha, Gilbert Ballan. Allí estaban todos, todos menos Cancellara. Adiós.


Pero no se sabe cómo ni por qué, divinidades del destino, maravillas del ciclismo que regala tardes inolvidables como la del Tour de Flandes, siete hombres del BMC trabajando a destajo en favor de Ballan y Quinziato, Gilbert y su ansia, los relevos tímidos de Boom y el empuje generalizado de la superioridad numérica en el grupo de escapados consiguió echar abajo la victoria cantada de Cancellara. Contador a cero, todo volvía a empezar y, paradojas, el gesto de la debacle de Boonen se tornó en alegría. Era él ahora quien más fuerzas retenidas, quien más energía reservada atesoraba. La entrada al Kapelmuur, la estrecha y pedregosa de todos los años, la que el año pasado, sin levantarse de su sillín dio a Cancellara el triunfo, fue esta vez una locura. Todos apelotonados para entrar en la capilla. No hubo espacio para la beatificación tuvieron que esperar más para dilucidarlo. Demorarlo. Cancellara buscaba la buena posición para salir del penúltimo muro bien colocado. Pero renqueante. Le fallaron las fuerzas al suizo, no era el miso gladiador que con un hachazo soltó a Boonen 365 días atrás.


Ataque de Gilbert

Vuelta a empezar. Y en ese escenario no podía faltar Gilbert a su cita con la historia. O con el intento, como en toda cita legendaria se prodiga últimamente el del Omega Pharma Lotto. El sueño de reventar la fiesta flamenca lo empezó el valón a base de dentelladas, golpetazos descabellados e irracionales en pleno Bosberg. No supo gestionarse Gilbert pero abrió la caja de las debilidades de Fabian Cancellara. Fue el único que demostró que el suizo es humano. Por momentos. Respiró tras la asfixia el hombre del Leopard ante la criba de Gilbert. Tres kilómetros hasta Meerbeke que parecían un mundo. 3000 metros que valían por todo un Tour de Flandes. Se prodigó entonces Flecha en la persecución de Philippe, a corazón abierto el catalán. Desgaste excesivo en comparación con el resto. Chavanel se aferraba, espléndido, igual que Boonen, a la retaguardia de su compañero y víctima de la traición. También Cancellara.


Y por ahí estaba también Nick Nuyens, el listo de la película. Chavanel, Cancellara y Nuyens doblaron la curva antes de encarar la meta con escasos metros de distancia, los que le separaban de Ballan, de Flecha, de Gilbert, de Hincapie. Y de Boonen. Por él miró hacia atrás Chavanel, esperando. El belga, alto, ceñido y musculoso es el sprinter. No él. Por eso perdió. Cancellara, renegado, lanzó la llegada mientras Nuyens hacía su carrera, su sprint y su victoria. Ahí se precipitó la segunda imagen, con sonido explosivo incluido. Bjarne Riis, el director de Contador y también de Nick Nuyens gritaba desgañitado. Pletórico y desconocido, como nunca se ve a su imperturbable carácter. No todos los días se gana el Tour de Flandes aunque él ya lo hizo el año pasado con Cancellara, abonado al segundo, melancólico y ahogado en meta, y repite ahora con Nuyens. Euforia loca la del director danés, como 'De Ronde'. Pasión y espectáculo. Ciclismo en estado puro. 


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