Giro 09: 5º etapa. Denis Menchov consuma su alma

Tomó el relevo de Sastre en el ataque final y se llevó la victoria por delante de Danilo Di Luca, nuevo líder de la carrera
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Giro 09: 5º etapa. Denis Menchov consuma su alma
Giro 09: 5º etapa. Denis Menchov consuma su alma

Foto: Tim de Waele 

Le faltaba a Denis Menchov, españolizado ruso de carácter apocado, completar su instinto espiritual labrado en nueve años como ciclista profesional con victorias en la Vuelta a España y el Tour de Francia. Inconcluso. Acostumbra su timidez a acompañar la valentía de los gregarios que abren el paso de sus líderes en los míticos puertos de las grandes vueltas, donde ya les había mascado tozudez y restado triunfos. De incógnito viste de naranja. Disparate. Desapercibido para los ojos llanos, clavados en la vertiginosa velocidad de los Basso, Simoni, Armstrong o Sastre. Pero él siempre está ahí. Encubierto por sí mismo. Paradoja. Es su alma, transparente y amistosa, la que se antoja impalpable. Agonía silenciosa la suya. Pero coetánea con las citas montañosas. Sus triunfos suelen contarse con los dedos de una mano cada temporada que finaliza. Pero son purificadoras. Con el Giro, Menchov ha terminado de consumar su alma. Completada por fin con triunfos en las tres grandes vueltas gracias a la que tonificaba su cuerpo en la quinta etapa de la corsa rosa. Y siempre con el mismo ritual. Peregrinaje calmado hasta el altar montañoso, su particular iglesia a la que confiere rezos y consagra su silencioso pedalear.


Camuflado como acostumbra, Menchov se perdía entre las satánicas ruedas de los corredores del Liquigas. Infernales. Cuatro hombres se postularon junto a Ivan Basso en las primeras rampas del largo Alpe di Siusi para imponer un satánico ritmo que alocó a Lance Armstrong, desbocado de su propio crepitar, y sirvió para dar caza a los siete hombres que marchaban desconectados de la comandancia regente ejercida por el Columbia y su líder Thomas Lovkvist. Giovanni Visconti, Thomas Voeckler, Eros Capecchi, José Carlos Ochoa, José Serpa, Daniele Pietropolli y Francesco Gavazzi angustiados en los cinco minutos que les facilitó el pelotón exprimían sus posibilidades cuando las primeras rampas de Siusi, a 25 kilómetros para la meta hacía su aparición. Fue entonces cuando el acendrado Liquigas cambió la marcha y diluyó la esperanza de la fuga numerosa. Gavazzi lo sufrió en carnes. Purgado. El ritmo de Eros Capecchi, inconformista con la neutralización a la que, impotente se iba a someter dejó al del Lampre encallado. El futuro lleva tatuado el nombre del joven corredor italiano del Fuji-Servetto.Pero el presente pesa, roca intransigente, aún más. Ése, el que le pertenece a Basso, a Menchov, a Leipheimer y a Sastre, vagaba detrás, al rebufo de Sylvester Szmyd. Peregrino aventajado.


Selección del Liquigas

No era tampoco la retahíla de Lance Armstrong, Antiguo Testamento de un ciclismo del que ya no soporta el ritmo. Sufría el americano con la comitiva del Liquigas. Dani Navarro, Chechu Rubiera y Janez Brajkovic le acompañaban en su aflicción mientras Leipheimer, con Popovych y Horner, procesaba sus cánticos patronales de un Astana confieso y descubierto en la primera gran etapa de montaña del Giro de Italia. Con el dúo de americanos del equipo kazajo aguantaban también Sastre, todo pundonor y constancia versada en la veteranía del corredor abulense y David Arroyo, a golpes que le permitían la entrada en el selectivo grupo. A los dos españoleas se le permitió la entrada solo cuando Sylvester Szmyd concedió la tregua final y se apartó para dejar a Basso encabezando la procesión hasta la meta. Le escoltaba también al varesino la ambiciosa mirada de Danilo Di Luca. Posaba sus ojos en el rosa que Lovkvist conseguía mantener en cabeza mientras Cunego evaporaba sus opciones, como lo hizo metros después su compañero Bruseghin. Entre ellos apenas se avistaba el demarraje de Menchov, arrodillado en postura. Rezos claudicadores.


Se supeditó a la gloria conquistada en Morrella durante la Vuelta del 2004, cuando adelantó su espectro de Aitor González y Alejandro Valverde. Reavivó aquel recuerdo con el campaneo agonónico de Pla de Beret, en el Tour del 2006. Calcó el mapa de la estación andorrana que le dio su exclusivo triunfo de etapa en la ronda gala cuando Carlos Sastre lanzó, valeroso, el ataque que dinamitó a Ivan Basso. Di Luca, desconcentrado, tardó en reaccionar a la plegaria de Menchov, que, avispado, relevó al abulense del Cervélo. Destapada el alma del ruso por fin, su rogativa fue idéntica a aquella de Pla de Beret cuando, solo y sin mirar atrás, pedaleó orador, hasta la cima. Di Luca, embravecido, se consolaba con el rosa que destiñó a Lovkvist, por los tres segundos que le rascó. Mientras, Arsmtrong demoraba su llegada a meta. Casi tres minutos, azotadores y relevantes de un Giro que mira a Levi Leipheimer por parte del Astana y deja purificada el alma de Denis Menchov. Completa e impoluta. ainara@ciclismoafondo.es




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