Giro 2010.8º etapa: Bandera blanca otea el Terminillo

Chris Sorensen ganó en el primer final en alto de la 'corsa rosa' que apenas atestiguó ataques entre los favoritos y donde un espectacular Tondo se erige como la cabeza del Cervelo al terminar tercero mientras Carlos Sastre volvió a agonizar
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Giro 2010.8º etapa: Bandera blanca otea el Terminillo
Giro 2010.8º etapa: Bandera blanca otea el Terminillo

Terminillo es una estación de esquí de segunda clase. De aponderados sin extravagancias. Corría el siglo XX cuando, cada fin de semana invernal, Roma se quedaba vacía de aristócratas que huían a la nieve alpina de los dolomitas. Escapaban tan rápido de la capital que apenas veían, con la carretera en dirección a los pasos fronterizos con Austria y Suiza el Terminillo. Un día de sol y nubes espolvoreadas, de cielo despejado los aburguesados que cuidaban de los restos de la Roma imperial alzaron la vista sobre la grandiosidad del Coliseo, la belleza de sus fuentes y el recogimiento cálido de las plazas para atisbar las faldas nevadas a 100 kilómetros vista del Terminillo. Lo llamaron 'La montaña de Roma' por eso y porque pronto cogieron la pala y el cemento para construir su estación de esquí. Hasta el monte de los burgueses llegaba el Giro en su primer final en alto después de una dantesca y heroica jornada. Cambio fulminante y súbito del barro y las ruedas de ciclocross a los esquís para, como si de gran fondo se tratara, instalarse en el Terminillo. Así, como la modalidad más fatigosa del deporte invernal, a marcha sin exhibiciones pero constante llegaron los grandes del Giro de Italia hasta el final.


Esos, los grandes, los pudientes millonarios que se marchaban hasta los Alpes para quemar las pistas prefieren aquí también esperar a la cordillera oriental italiana, la de los Dolomitas donde los particulares adinerados del Giro se jugarán la 'maglia rosa'. El Terminillo era estación para la segunda clase, la burguesía trabajadora y con nombre de desdén como Thomas Voeckler, David Moncoutie, Rigoberto Urán, Steve Cummings, Addy Engels o Froome. También de Chris Sorensen, una de esas pocas joyas que se encuentran en las frías canteras danesas y que Bjarne Riis recuperó, descalabrado, después de que las lesiones y varios problemas de salud minaran su mente y le hiciesen sopesar tocar el freno definitivo a la bicicleta. Rescatado de aquel infierno Riis hizo de él un gregario de renombre que entrenó sus cualidades con Carlos Sastre y, con la marcha del abulense de la esfera del técnico alemán, para Andy Schleck ahora. Al paso, Sorensen creía en sí mismo con victorias en la Vuelta a Alemania, en la Japan Cup o en la Toussuire, meta de la sexta etapa de la Dauphiné Libere hace dos años.


Fuga numerosa

La más brillante hasta ahora, y así parecía que iba a seguir siendo con David Moncoutie como compañero entre el grupo de 17 escapados que desató del pelotón que aún seguía quitándose barro de los ojos y temblando tras la heroica jornada de tramos embarrados donde Cadel Evans se retrotrajo a su pasado de 'biker'. El francés del Cofidis también invocó a su pasado de mensajero cuando, con una bicicleta recorría París repartiendo cartas. Llevaba en el bolsillo del maillot una, con 'forfait' para esquiar en el Terminillo. Burgués acaudalado en veterano Moncoutie. Garantía de éxito cada escapada en la que afronta un final en alto de una gran vuelta. Anuncio de victoria cantada. Con ese grupo selecto de segunda clase se engancharon también aventureros con ganas de deslizarse por las pistas del Terminillo victoriosos. Los mendigos desconocidos del Giro que abren paso a su nombre. Rigoberto Uran y José Cayetano Sarmiento, dos de las próximas genialidades del ciclismo colombiano José Carlos Ochoa, Jackson Rodríguez, Simone Stortoni...


Contuvieron los diecisiete fugados los escasos dos minutos que les separaba del afligido pelotón tirado por el desconsolado Lampre que había visto a Alessandro Petacchi echar el pie a tierra y despedirse del Giro. Mientras, Gilberto Simoni sonreía. Hacía siete años el alud de Stefano Garzelli le sepultó mientras esquiaba en el Terminillo buscando victoria. Sus piernas envejecidas le llevan ahora a trabajar para Cunego, el fulgurante príncipe italiano que quería rascar oro en el Terminillo pero se encontró con las rocas inamovibles del resto de favoritos. Sedentarios todos. De aquello se aprovechó Sorensen cuando respondió al ataque de Stortoni, la rebelión del pueblo ensalzada con bravura por el ciclista del Colnago que mantuvo en vilo con unos metros de distancia mientras Moncoutie deshacía sus opciones, reventadas por el propio Sorensen que daba respuesta a todas y cada una de las cartas atacantes en la fuga.


Tondo en solitario

Poco tardó en sobrepasar Sorensen a Stortoni y marcharse camino de la meta mientras Cunego enloquecía impaciente por ataques en el grupo de favoritos que apenas se vieron. Serpa pisó el acelerador en cuarta marcha, preludio el suyo del desfogue de Michele Scarponi. El fiero italiano encolerizó a Ivan Basso, pronto a su rueda y destrozó a Sastre, con pegamento justo en la rueda para seguir la estela de ese grupo de favoritos a ganar el Giro en el que su nombre se borra cada vez más. Con el abulense se quedó Marcel Wyss y mandó a Tondo marcharse en busca de Scarponi y Basso, ya neutralizados por la regularidad de Vinokourov y el deseo de arranque de Damiano Cunego. "Está en un momento de forma espectacular y hay que aprovecharlo", reconoció el abulense sobre su compañero de equipo.


Tan bueno el golpe de pedal que atesora Tondo que fue el único capaz de soltar de rueda a Basso, Nibali, Scarponi, Evans, Garzelli y Mollema después de que Cunego volviera a intentarlo. Llegó tarde el intento del catalán, tercero finalmente en meta. Con ese retardo que Sorensen había acumulado para llegar a este Giro. Se cayó en la Volta a Catalunya, con fractura de clavícula añadida. Volvieron las dudas a la cabeza. El filtreo con el abandono. Siempre mala suerte, siempre caídas, siempre roturas de hueso. Pero supo esperar. Él no es aristócrata, su negocio e burgués crece a paso lento pero constante aunque, incluso para él, desconfiado. Por eso se negaba a sí mismo mientras escalaba camino de la estación del Terminillo. "No, no", se decía entre jadeos. Imposible de creer. "Mi sueño era ganar una etapa en el Giro, la carrera que más me gusta, y yo por fin lo he logrado". En paz y armonía consigo Sorensen. Igual que los favoritos del Giro. Bandera blanca, nada de combates. Esos ya llegarán en los Alpes dolomíticos.





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