Giro 2010."Un hombre solo al comando. Su maillot es blanco y celeste"

Jêrome Pineau se adjudica la etapa al culminar 150 kilómetros triunfante en la casa del gran Fausto Coppi y Nibali, líder una jornada más, ofreció su 'maglia rosa' al hijo del legendario escalador italiano
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Giro 2010."Un hombre solo al comando. Su maillot es blanco y celeste"
Giro 2010."Un hombre solo al comando. Su maillot es blanco y celeste"

Sesenta años, sesenta lapsos de ventiscas y florecientes rayos soleados se han colado en el tiempo desde que Mario Ferretti expandiera entre las ondas ésa frase convertida ya en oración, eterna e inolvidable, una parte de la historia del ciclismo más mítico. Más espectacular. "Un uomo solo al comando. La sua maglia è biancoceleste, il suo nome è Fausto Coppi". Fostò, el nombre por el que le conocían en Francia no le escuchaba. A él ni a nadie. Iba camino de hacerse leyenda, de convertirse en mito imperecedero mientras acumulaba los 192 kilómetros en fuga, desde Cuneo hasta Pinerolo y escalando Vars, Izoard y Montgenevre. Solo el crepitar de su bicicleta, soledad absoluta. Gloria eterna ensalzada aún más cuando su enemigo y gran rival, Gino Bartali respondió con otro ataque trasero en Vars. Mano a mano. Aquella fue la primera gran derrota de Gino. Después vendría la del Tour del mismo 1949, en el que Coppi se convirtió en el primer hombre en conseguir el preciado doblete de ambas carreras en una sola temporada. Camino a la leyenda, a su maillot arco-iris, la victoria en París-Roubaix y su impresionante Milán-San Remo en la que, con una embestida en el Turchino logró plantarse en meta 14 minutos antes que el pelotón.


Inmortal mito el de Fausto Coppi emprendido casi por casualidad. Golpes del destino inexplicables le pusieron a dar pedales entre su Castellania natal y Novi Ligure repartiendo productos comestibles de la tienda que le había contratado como recadero. Vio el dueño del negocio en sus ojos brillantes la chispa que buscaba en un serpenteado crío necesitado de dinero en la Italia que asistía impasible y horrorizada al comienzo de la segunda guerra mundial para recorrerse a diario los quince kilómetros que separan ambos pueblos, cuesta expirante incluida. Una y otra vez. Día tras otro. Arriba y abajo. De tanto subirla cinceló sus piernas a la imagen y semejanza de un escalador. En eso se convirtió antes de ser reclutado por el ejército italiano para luchar en el frente tunecino, donde fue hecho preso. Ganó en fortaleza al regresar a casa y siguió dando pedales, siempre cuesta arriba, amante de las montañas. De la cuesta donde se entrenó siendo repartidor al Izoard, al Alpe d'Huez, el Mortirolo y el Zoncolan. Cinco giros de Italia y dos Tours de Francia antes de que la malaria, o un supuesto envenenamiento se lo llevara en 1960.


Ofrenda de Nibali

Nibali, el ciclismo italiano que viene, el que también se ha esculpido a sí mismo franqueando los muros que separan la desértica Sicilia de la próspera ciclística Toscana no se olvidó de Fausto Coppi en sus primeras horas como maillot rosa del Giro de Italia, el que cincuenta años después de la muerte de Fostò le rindió homenaje con el paso por Castellania, por su repecho, reconvertido en 'Cima Coppi'. El del Liquigas prometió a Faustino Coppi, hijo del legendario escalador su jersey rosa para que lo llevara a la tumba de su padre. Un retoño el descendiente, que apenas graba en su memoria esos momentos que su padre regaló a la historia del ciclismo. Todos se lo cuentan. Todos hablan de ello, hasta Nibali, 25 años y porvenir grandioso. Como amuleto se lo regaló a la familia Coppi, para que desde el cielo el ídolo transalpino le guíe por los Apeninos en busca del rosa veronés. Cumplió Nibali su promesa porque nadie fue capaz de quitarle el liderato. Solo una caída o desgracia similar del siciliano y una victoria de Greipel, el mejor sprinter en la general, y con la ayuda de las bonificaciones le hubiera privado de rendir cuentas con el pequeño de los Coppi.


Ni caídas por fortuna, ni sprint. No solo el escualo del Liquigas se acordó de Fausto Coppi en la quinta etapa del Giro de Italia. También Jêrome Pineau cuando en el kilómetro once de carrera saltó ladrando del pelotón. Con Fabian Wegmann y su compatriota, el bravo Thomas Voeckler se lanzó a por la escapada pero el gran grupo no le dejó marcharse. Demasiado pronto todavía. Tuvo que recurrir a la paciencia, cocinada a fuego lento en las venas de Pineau, 31 años y ocho temporadas como profesional. Sabe esperar más que nadie. Su última victoria, seis años vista, en la Paris-Bourges amenazaba con ser la última vez que levantaba los brazos en la carrera del francés que ya avista sus últimos coletazos. Volvió a provocar el estruendo cuando reconoció en la estilizada mirada de Yukiya Arashiro la aparición de Fausto Coppi. A los dos se les unieron Julien Fouchard y Paul Voss. Una escapada sin vida. Con la tumba cavada antes de tiempo, como marca el esquema ciclista.


Escapada protagonista

Pensó entonces Pineau, al paso por Castellania a 50 kilómetros para la meta y más de tres minutos de ventaja con el pelotón arrastrado por el Lampre y con mínima presencia del Garmin de Tyler Farrar. en Fausto Coppi, en sus interminables idas y venidas en tiempo récord desde Novi Ligure hasta su pueblo llevando comida para catapultarse a través del Izoard, de Vars y de Montgenevre una década después "Un uomo solo al comando". Ensoñación utópica la del francés. Camino de Novi Ligure apareció el HTC-Columbia desorganizado, imagen poco usual sin ese control férreo que asusta al resto y aparta a cualquier atrevido de entrar a la caza de los languidecidos fugados. Se atrevió el Katusha y el Sky en la parte final hasta que Davide Bramati mandó a sus hombres echar el ancla al gran grupo y dar alas a Pineau. Idealista el técnico del Quick Step. Tuvo una visión, igual que Pineau, de reventar el sprint. Arashiro lo vio al contraluz, cuando el pelotón pisaba los talones de la escapada.


Nunca llegó a tocar los pies del japonés que se adelantó al cambio de ritmo de los sprinters para buscar la meta, igual que Jêrome Pineau, a rueda del japonés, como invitado de lujo a un pase de estreno, el que buscaba el oriental tras haber sido el primero, con Fumiyuki Beppu en acabar el Tour de Francia. Pineau mientras tanto viendo los kilómetros pasar, el tiempo correr. Expectante hasta caer en la cuenta de que era posible. Que era real. Adelantó a Arashiro y entró en meta en solitario. "Un hombre solo al comando. Su maillot es blanco y celeste", era el de Fostò. Níveo y azulón también el de Pineau. Era la mejor ofrenda, lejana al sprint masivo. La única redención posible a Novi Ligure el pueblo que esculpió la leyenda de Fausto Coppi.



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