La Vuelta 2010: 12º etapa: Pasen y vean

Exhibición aplastante de Mark Cavendish y el HTC-COLUMBIA, que barrieron en la llegada de Lleida después de soltar a todos los sprinters en la curva previa a la meta donde reventaron la 'volata' para entrar prácticamente en solitario
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La Vuelta 2010: 12º etapa: Pasen y vean
La Vuelta 2010: 12º etapa: Pasen y vean

La vida de Mark Cavendish nunca ha sido fácil. Con 14 años, un adolescente en la edad del pavo, tenía que soportar las risas burlonas de sus compañeros de clase. Se regocijaban de él, lo humillaban porque en sus ratos libres practicaba bailes de salón. Salsa, rumba y paso doble. Lo disfrutaba -hasta llegó a presentarse a los Campeonatos británicos-, por eso le daba igual lo que de él dijeran pero él tenía claro cuál era su destino en la vida: ser el hombre más rápido del pelotón ciclista. Dos años tardó en dejarlo todo, incluso la comodidad de la vida con sus padres para hacer las maletas y volar desde la isla de Man, allí donde todo ser vivo viaja en moto, hasta Manchester, lejos del cobijo casero, más dificultades. Se atornilló por dos años a una silla de la oficina de Barclays Bank, al lado de la pista donde entrenaba el tiempo que sus ocho horas diarias de trabajador normal le dejaban. Así modeló sus piernas, aquellas que se enamoraron del ciclismo en esas furias infantiles pasajeras. Pero a Cavendish la bici le caló hondo, tanto que hasta salió a correr la primera carrera con una BMX, "lo único que tenía", recuerda con dulzura, "pero como no era de carretera no me dejaban salir en primera fila", otro escollo más. "Le pedí a mi padre que me comprara una MTB para mi cumpleaños. Era un domingo. El martes siguiente corrí la primera carrera con ella. Gané", cuenta pícaro, con una sonrisa en la boca.


Goss, clave

Esa condenada pasión por el triunfo, ese deseo siempre presente por ganar, por ser el mejor en todo aquello que compite le ha llevado hasta Lleida, hasta el insulto a sus rivales en su primera victoria e la Vuelta a España y que supone el cierre de su particular círculo de triunfos en las tres grandes. El primero de sus dos objetivos marcados a principio de su aciago 2010 en el que tres meses le costó ganar -lo hizo a finales de marzo, en la Volta a Catalunya, y no repetiría después hasta mayo, en California-. El otro, su segunda meta personal es ser campeón del Mundo. Pero para eso queda mucho, debe llegar a Madrid, o al menos eso se propone. Si lo hace al ritmo con el que llegó a Lleida no será guión complicado para subirse al escenario y ser protagonista del 'show' de los sprints. Su 'show'. Suyo y de sus gregarios, que ya da igual quiénes sean. Renshaw o Eisel. Sivtsov o Grabsch. Rogers o Goss. "No, no es lo mismo. Goss es un sprinter puro y seguir su rueda es mucho más difícil, es un pura sangre. Renshaw, en cambio, sabe llevarme mejor". En el fondo es igual, todo acaba de la misma forma: con una victoria aplastante, casi en fuga después de soltar de rueda a todos los sprinters solo con la lanzadera del pura sangre de Goss.


"Solo he tenido que limitarme a seguirle, nada más", confesaba Cavendish. Eso ya era todo un logro, porque solo él pudo hacerlo. Su majestad 'Cav'. El rey de los sprints que atesora la fórmula mágica del éxito que no caduca, lanzar por sí mismo la llegada. "Si lo hago nunca fallo". Él o uno de sus hombres. "Es mejor salir desatando el sprint tú mismo que tener que seguir la rueda de alguien para sobrepasarle después. Luego, el punto de velocidad es el que decide". El suyo, destructora y fatal pegada que mata y ahoga, es infalible. Así orquestó el espectáculo de Lleida, donde había dejado la meta pendiente Malcolm Elliot, el último ganador, británico para más INRI en la ciudad catalana. Una giro mediano, peligroso como aviso. Un grito de guerra al que se sumaron casi todos. Farrar, Freire -por fin apareció en los primeros puestos-, Bole y Hondo aprovechando la ausencia de Petacchi y Weylandt. Un aviso solo de posición que superó Cavendish perfecto.


Última curva decisiva

Cavendish y Matthew Goss. Ambos ganaron del usufructo por la cabeza del pelotón tirada en recambios y pelea interna por el Footon-Servetto, el Garmin, Quick Step y el Euskaltel-Euskadi. Cavendish y su joven e inexperto Columbia callaban entonces, escondidos, reservando energía incluso cuando Lampre infundió el latigazo para dar caza definitiva a Veloso, el omnipresente Kadri, Eicler, Quemeur, Piedra y Bak. "Su presencia en la fuga nos dio tranquilidad al equipo", reconoció después Cavendish. Y motivos para no trabajar en cabeza, dejar reposar al pura sangre de Goss.


El sprinter rebajado a tirador. El 'becario venido a más' degradado por su sueldo, el que le dicta que sus pedaladas son para su patrón, el monarca. Los dos tomaron el giro cerrado a la perfección. Insuperables ya. Solo faltó esperar a la llegada de la última curva, la abierta, el que Goss trazó majestuoso una imperial arrancada mirando hacia atrás, revolucionario achacado por sí mismo esperando a la llegada del rey. Como si de una caza monárquica se tratara. Los nobles dan la puñalada mortal pero no se llevan los honores, ésos que van a parar al rey, fino, límpido y sin apenas mancharse las manos. "Nada he tenido que hacer más que sacar lo mejor de mí para ganar". Ambos iban ya solos en cabeza, Farrar, Hushovd y Freire los miraban desde lejos. Por una vez, Cavendish lo tuvo fácil.





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