La Vuelta 2010. 15ºetapa: Una bici nueva para Barredo

Carlos Barredo hace del sueño realidad al ganar en los Lagos de Covadonga culminando la fuga a la que el pelotón dio alas olvidándose de la batalla y desaprovechando la mítica subida asturiana para velar armas ante la llegada a Cotobello. Solo Mosquera atacó, “sin regular nada”, ante Nibali y Purito Rodríguez mientras Tondo caía por su propio peso y se descuelga de la general ante el ritmo constante y devorador del líder italiano
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La Vuelta 2010. 15ºetapa: Una bici nueva para Barredo
La Vuelta 2010. 15ºetapa: Una bici nueva para Barredo

Hay un camino, una vía estrecha por la que no pasan apenas coches,no transitan camiones. Esos eligen las autovías, rectas llanas, fáciles para viajar en transporte magno, desechando ese tipo de carreteras terciarias, esa calzada entre Picu y los Lagos de Covadonga. La usan los asturianos de nacimiento, los que se la saben, para correr como locos pisando el acelerador, de pueblo en pueblo para llegar antes trazando curvas entre los Picos de Europa. Algunos viandantes también se dejan ver por ahí, entre casas de población extendida, paseando para estirar las piernas. Luego están los que deciden coger la bicicleta a ese pie para coger el camino hasta el Santuario de Covadonga, en peregrinación y otros, los decididos y con piernas, con ganas giran el manillar hacia la derecha. Descartan la idea de postrar rodillas ante la patrona asturiana y exprimen el aliento en las cuestas de los Lagos. A Carlos Barredo no le gustaba pedalear por esa carretera. "Era muy miedoso", se justifica. Por eso su padre le desafió a un reto. "Me dijo que nunca subiría a los Lagos de Covadonga yendo desde Picu, el pueblo de mis abuelos". Le prometió que, si lo hacía le compraría una bicicleta de carretera. El chabal corría hasta entonces, 15 añitos, en cadetes con una Mountain Bike. Se encendió Barredo, la chispa, la energía le viene innata, de nacimiento. Ganó.

El mismo reto, pero a sí mismo se puso en los Lagos de Covadonga un escalador que no es escalador. Medio-montañero, se dice, un aventurero, un explorador de ojos claros y mirada sonriente. De carcajada potente. Barredo quitó los miedos con aquella subida y desde entonces ya se atreve con todo. Le picaba algo por dentro, esa vivacidad nata que tiene. "Llevaba varios días nervioso", hasta él, torrente revolucionario lo notaba, "y se lo decía a Tossatto -su compañero de habitación- por las noches". Le revelaba al italiano que esta era su tierra, la patria querida asturiana, que quería dejarse ver, estar delante para cuando llegara a los Lagos. Allí le esperaban su padre Juan Carlos, el retador de antaño que ve a su hijo por la televisión a diario, todo un premio después de que en 2008 le operaran a vida o muerte de la aorta por la que Barredo abandonó una concentración para estar cerca del progenitor desafiante, y su madre Raquel. Dejarse ver y hacerlo bien era la palabra. La apuesta lanzada a sí mismo. Tan bien que ganó, volvió a hacerlo en los Lagos pero sin bicicleta nueva de por medio. Ramos, gorro asturiano y una condecoración, la de su establecimiento entre los 'grandes' -una clásica, la de San Sebastian y una etapa en una vuelta de tres semanas lo merecen-.

Sin ataques entre los favoritos
Lo culminó Barredo en una etapa calcada a su persona, en la que la inteligencia, el volumen de sapiencia retenido en la memoria hacía caminar más que las piernas. Y en eso Barredo sabía, por asturiano más que nadie. Cogió el ritmo de la escapada pronto, tan veloz como el Liquigas, después de frenar los intentos de Gilbert, Rabuñal, Van Goolen, Txuruka y Ten Dam. Hasta el propio Nibali destapó su rojo y se desfondó para aplacar los intentos. Allí estaba Barredo también. Esta etapa no se podía escapar, esta fuga no. Sabía Barredo que era el día de montaña transitoria, donde los líderes, por lo tendido, por lo 'pedalable' como dijo Purito, de la subida a los Lagos y el terreno pendiente, el temible y tramposo Cotobello, la infernal Bola del Mundo y la odiosa crono de Peñafiel se imprimían a fuego en los pantallazos de todos y cada uno. De los ojos de Purito hinchados todavía por la picadura que no le dejaron ni siquiera ver su propia victoria en Peña Cabarga. De los dientes del tiburón Nibali y su marraja escuadra, el Liquigas con Zaugg y Kreuziger a la cabeza poniendo la marcheta infernal, esa que no asesina al momento pero, como veneno intravenoso mata lenta y dolorosamente.

Así lo notó introducirse en su cuerpo Tondo a la sustancia que le apartó del podium, que le dejó clavado en las rampas justo después de que su cabeza de serie Sastre atacara y se quedara, todo a la vez. Le sirvió de puente a Mosquera, el único que se decidió a atacar con intención de perderse entre la niebla que recubría la ascensión desde la Huesera hasta los Lagos que no se veían. Él tampoco adivinó nada, solo quince segundos de premio por su valentía en la meta donde ya había llegado Barredo, a pecho descubierto. Miró de un lado a otro, en busca de su padre y a él se lo dedicó, bajándose la cremallera y subiendo el dedo de arriba a abajo del corazón. Para él, que salió vivo de aquella operación de aorta. Para él, que le retó a ser ciclista y quitarse los miedos subiendo a los Lagos, donde volvió para ganar mientras los favoritos hundieron en la niebla los ataques. Mejor mañana. Ya llegará Cotobello.



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