La Vuelta 2010. 20ºetapa: No fue suficiente

Ezequiel Mosquera se lleva la victoria de etapa después de pelear, atacar, distanciar pero terminar entrando junto a Nibali, al que consiguió alejar por momentos en el terrible infierno de la Bola del Mundo donde el italiano se defendió para terminar enganchando la rueda del gallego, al que no disputó la victoria para coronarse vencedor de la Vuelta a España más atractiva de la última década
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La Vuelta 2010. 20ºetapa: No fue suficiente
La Vuelta 2010. 20ºetapa: No fue suficiente

¿En qué se piensa, qué se le pasa por la cabeza a uno, un sufridor, un leñador de nacimiento y ciclista casi por casualidad cuando exprime a chepazos el aliento abriendo paso entre banderas y gritos a ras de suelo, del cemento que le separaba a Ezequiel Mosquera de la victoria en la Vuelta a España? ¿De la definitiva consagración o el quedarse en ese segundo que es realmente el primer perdedor? "Te acuerdas de tu familia... Pensaba en mi mujer y en el pequeño que estamos esperando para marzo". Es un truco, deliciosa estratagema, simple argucia para engañar a la mente, para que no se acuerde del suplicio al que se le somete. "Lo tienes que hacer para aislarte y que no te duelan las piernas", certifica Mosquera. Ni con esas le engañó, porque las piernas le dolieron igual. Igual también que dijo que iba a atacar, lo hizo, "como me aconsejaron, lo antes posible". Pero el Xacobeo, "el equipo de los pobres", como se autodefine dando lástima Álvaro Pino, el director que infringe autoestima a sus corredores insultándoles por el pinganillo, no encontró colaboración y aún así Ezequiel se evadió por un instante, antes de sumirse en la niebla de los últimos kilómetros, antes de dejar rodar su bicicleta por el cemento de los últimos tres kilómetros de la Bola del Mundo solo y en cabeza, con la esperanza de hacer sucumbir a Nibali frente a su cadencia matadora y el desconocimiento total del recorrido por parte del italiano. Ni con esas tampoco.

Ataque de Fank Schleck
Ni así han conseguido ganar al 'Squalo' del estrecho, la próxima esperanza que viene, que ya ha llegado para devolver al ciclismo italiano la alegría en las grandes vueltas por etapas. Desde 1990 no se imponía un transalpino en tierras hispana, lo hizo Marco Giovaneti. Después le siguieron en el intento Simoni, Pellizotti, Basso...ninguno de ellos lo logró. Hasta que llegó el tiburón de Messina. A su paso, a costalazos, se abrió camino defensivo para placar la intentona de Mosquera. 18 segundos de certidumbre e ilusión dio el gallego cuando soltó a Nibali en las rampas ya de cemento después de haberle testado y metido el miedo en el cuerpo poco antes, en la lanzadera que hizo Frank Schleck, un disparo de fogueo desbravecido al segundo pero servidor para la continuidad del ataque esperado por todos de Ezequiel Mosquera. Como gallego replicó después a la falta de ayuda, de 'ruederos' incluso que echó en falta Mosquera, "gente como Sastre que podía haberme seguido y con ellos hacer terreno". El abulense bastante tenía con aguantar cuando David García se colocó en cabeza, nervios y tensión a flor de piel. Miraba para atrás en busca de su líder, de su 'otro yo', del dueño de sus piernas. Allí estaba agazapado Ezequiel, dos pasos más atrás a rueda de Kreuziger que ni siquiera tuvo que desgastarse porque el Xacobeo hizo el trabajo por él.

A la vez que él reseteaba la mirada lo hizo también Ezequiel. Inquietud. No lo necesitaba para ver a su lado, al costado pegado a Nibali. El italiano, obsesionado, empecinado con la figura magullada por cada montaña subida, machacada por cada año, veterano ya. En la flor de la vida. Poco esperó Ezequiel, no podía permitírselo, para evadir mente y dejar al cuerpo rodar por el ansia natural contenida. A la primera embestida respondió con réplica tardía Nibali, otra vez pegado a su rueda. Mosquera ni lo pensó. Con su 38-27 de desarrollo rebuscó en las rampas, en las curvas que él se sabía y el italiano no para volverle a atacar. Otra más, y otra, y otra. Ya en los últimos giros antes de la entrada en el cemento, donde la carretera de los cuerdos se acaba y comienza el ascenso al fin del mundo, a la estrecha Bola del Mundo ya no lo veía Mosquera. Ni pensaba en él. En el niño que vendrá, en Miriam, en sus padres... Ellos le empujaron hasta los 18 segundos con los que contó como máxima ventaja con Nibali.

Nibali se recupera
Ellos y Álvaro Pino un reguero de gritos por el pinganillo. Esta vez no había insultos, no había reproches. "Dale, dale, dale". Al mismo ritmo que él pedaleaba, rápido. "Venga, venga, venga". Una repetición más "Que sí Ezequiel, que si, que sí". Desgañitado el técnico gallego. "Que no puede, que no puede". Si que pudo. Temple, clama y tranquilidad la de Nibali para subir hasta la Bola del Mundo. A su paso subió, qué cosas, que el joven fuera el sosegado y el viejo el intranquilo. Cuando uno se sentaba, el otro se lazaba. No había forma de saber quién era el mejor. El de la mecha incombustible, Mosquera, el mismo que apunto estuvo de tirar la bicicleta al río después de la Vuelta al País Vasco que le dejó insatisfecho y sospechoso de que la edad le empezaba a pasar factura y que ha terminado firmando su consagración con 34 años o el otro, el mordiente tiburón venido desde la calurosa Messina que abandonó cinco días antes de comenzar el Giro de Italia, en pleno comienzo de sus vacaciones para terminar siendo tercero en la 'corsa rosa' más espectacular y emocionante, igual que esta Vuelta. Atracción creciente.

Poco tardó Nibali en regular para terminar dando caza al gallego en los últimos metros de cemento antes de que los masajistas le pararan, directo a la carpa. Para entonces ya sonreía, y era ganador de la Vuelta. Entró a rueda de Mosquera, su gran obsesión desde la contrarreloj de Peñafiel y no luchó por la etapa. "La he ganado yo, ¿verdad?". Era lo único de lo que era capaz de clamar, botella isotónica en mano. "Se la merecía", dijo Nibali después. Por el ataque de los Lagos de Covadonga, el de Cotobello, "mi peor día en toda la Vuelta", reconoció el hombre que se llevará la primera 'roja' a su casa, la impresionante contrarreloj de Peñafiel y los ataques, los cohetes de la fiesta final de la Vuelta a España. Ni con esas fue suficiente.



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