La Vuelta 2010. 8ºetapa. Anton, colorado aperitivo

Joaquim Rodríguez seleccionó a los favoritos, de los que ni Menchov ni Frank Schleck pasaron la criba pero no recibió premio en meta a pesar de sprintar por la bonificasción, pues el empate con Igo Anton dejó al vasco líder en la primera cima de la Vuelta a España que se llevó David Moncoutie
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La Vuelta 2010. 8ºetapa. Anton, colorado aperitivo
La Vuelta 2010. 8ºetapa. Anton, colorado aperitivo

A Igor Anton se le sonrojaron los mofletes en Xorret del Catí al cambiar el discurso. Fue un momento espontáneo y veloz. Inopinado, casi repentino el cohete pequeñito pero colmado de pólvora venenosa, un riego mortífero que pasó al lado del vizcaíno. Era Joaquim Rodríguz que venía del podium. No había ganado la etapa y le acababan de decir que no era líder. No pintaba nada allí, pues, en el 'backstage' rojo. Ése no es su color, al menos por el momento. "Así es la vida". Entonces llamaron a Anton, una maraña de periodistas alrededor y los auxiliares que dejaban vacía la respuesta. "No sabemos si eres líder", le decían al corredor mientras contestaba, políticamente correcto, que en la subida al Catí, la primera explosiva de verdad de la Vuelta no había querido arriesgar, que había sido reservón porque queda mucho, que hubiera sido bonito ser líder pero que mira "que así tenemos menos responsabilidad camino de Alcoy y no nos desgastamos tanto". Y de repente un grito desde el podium seguido del fogonazo que le pasó rozando. El vasco se convertía por puestos, por su victoria en Valdepeñas y las mejores posiciones con respecto a Purito, en el nuevo líder de la Vuelta. Corrió Anton, mejillas azoradas. Un rubor, el del jersey de tigre de Custo que era para él.

Y entonces a cambiarlo todo, sonrojo de 'Fuji', color de maillot, discurso y mentalidad. Ahora, a defender, a trabajar en cabeza. A desgastar. Pero no importa, esto es un premio, galardón a sí mismo con homenaje de fondo. A Txema, el masajista que regeneraba su espalda y piernas día tras día cuando 'Fuji' descubría el ciclismo de verdad, el profesional. Por él atacó y pasó a los relevos Anton en pleno ascenso al Catí cuando Purito, el desbocado hizo la criba de rigor. Un cuarteto de hombres quedaron colgados a la rueda incandescente y nerviosa, la bomba explosiva de la Vuelta. Nibali, Anton, el propio catalán y Sastre al ritmo del tren diésel que acostumbra, guión de vida del abulense. Entra y sale mientras el resto se ceba a ataques y él congela la mente, una piedra helada para llegar hasta las posiciones que buscaban el dolor en las piernas. "A mi me han dolido, pero tampoco he querido apretar mucho, queda mucho terreno", dice Anton.

Selección al inicio del puerto
El líder colorado se aferra a eso, al paso del tiempo y la llegada consigo del otoño, la macabra estación despiadada, sin un ápice de compasión con los árboles que quedan desnudos por el caer de su bello recubierto, las hojas que refrescan el verano en los parques y alegran con su verdor en primavera. Así espera Anton, como sentado en un banco dejando los días pasar para que el envoltorio de los troncos como Purito, el pequeño balín inquieto decaiga. "Yo lo seguiré intentado. Hasta que pete o llegue a Madrid", avisa Joaquim, toro embravecido cuando sale de meta, cruza como un don nadie, líder apeado del rojo, el cordel que separa la zona acotada. Rabia infinita a pesar de que esprintó en la meta del Xoret del Catí con la selección ya hecha para picar tiempo a Nibali y Anton y vestirse de Custo en terra valenciana antes de llegar a casa, a Catalunya.

Los puestos y los segundos anulados de la meta volante de una salida loca con mil y una caídas de renombre decoloraron el maillot de Purito. Del rojo que iba camino al blanquiazul. De Custo a Katusha un día más. Purito no se sonroja. Miró hacia atrás y supo que era líder pero cuando le apearon reclamó. "No va a servir de nada". Sirvió el cambio de marcha para poner las cosas ni su sitio. Para traslucir ante el sol quiénes son los candidatos a ganar la Vuelta. El Liquigas no esperó a dejarlo ver, lo avisó con un ritmo infernal, de locos, que dejó a Oliver Zaugg solo. Hizo daño hasta a su propio líder, Nibali y acabó marchándose solo hasta que se dio cuenta de que nadie podía seguirle. Reculó entonces hasta el salto de Purito. Con él se marchó el tiburón italiano, Anton, centelleante radiación y Tondo.

Menchov y Schleck perdidos
Para entonces ya había atacado Sastre con un grito al cielo en alto volumen, sonido por las nubes. "Estoy vivo", garabateó en el cielo. Pronto le cogieron, como al bravo Uran que con cada rampa, cada muro que se presenta como el de Valdepeñas se propone traspasar el colombiano. Tampoco fue en los repechos de la octava etapa una vez superado la cota oficiosa de Catí. De ahi a meta, falso llano y pequeñas cuestas, terreno tramposo de parones, ataques imprevistos y salidas bárbaras. Ahí donde todos miraron a Nibali, a su candor en los descensos. Caníbal, hizo crujir dientes con un cambio de ritmo que volvió a sacar de punto a Anton y eliminó del plano a Tondo. Más lejos, totalmente perdidos estaban ya Menchov, a dos minutos y 15 segundos de los favoritos, y Schleck, un minuto picado.

Una carta en meta se dejó, de sello francés, Moncoutie. Es la consigna del escalador del Cofidis que decidió saltarse el Tour de Francia, la carrera del honor y la gloria gala, para venir a la Vuelta. Le gusta más. Anda mejor. Siempre gana. Es cuestión de poner una primera etapa de montaña y aprovechar el despiste de los favoritos, coger el vuelo, levantar alas con la colaboración de compañeros en fuga -Arrieta, Serafín Martínez, Tschopp y Bazayev fueron sus víctimas en Catí- y no tiene más que firmar en el reverso el que fuera cartero por las calles de Francia antes que ciclista. "Con amor, David". Estampa de impresión rubricó mientras los favoritos caminaban hacia Xorret a la espera del sprint que derramara el rojo sobre uno de los elegidos. Anton o Purito. Purito o Anton. Desató el catalán la llegada, miró atrás para certificar y lo supo, lo era. Rojo. Pocas veces se confunden los ciclistas, contadas son las ocasiones en las que se equivocan en el pálpito y la certeza de saber que han ganado. Esta vez sí, por el puestómetro que se decantaba de la mano de Anton. Mecha ardiente Purito que sonrojó mejillas y maillot de Igor.



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