Mundial 2010: Ruta. Hushovd destroza el sueño de Freire

El noruego lucirá el maillot arco iris tras imponerse a Breschel, plata, y a Allan Davis, bronce. Óscar Freire sólo pudo ser sexto
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Mundial 2010: Ruta. Hushovd destroza el sueño de Freire
Mundial 2010: Ruta. Hushovd destroza el sueño de Freire

Llegaba Óscar Freire, que es un cántabro con el que siempre hay que contar en un Mundial, da igual el recorrido, da igual el nivel de sus rivales, da igual su estado de forma, a Australia con la cabeza, con los ojos, con los brazos, con las piernas, apuntando, como si tuviera un dardo en su mano y enfrente una diana, directamente a la posibilidad, bastante grande, de convertirse en la leyenda más legendaria de la historia de los mundiales, de dar un salto y quedarse en solitario en la tabla que clasifica a los ciclistas, esos que se dedican al deporte de la épica, por su numero de victorias, por la cantidad de veces que han alcanzado la gloria, que han tocado el cielo, que han probado lo bien que se vive cuando tu cuerpo lo decora el arco iris.

Quería convertir a Torrelavega, su territorio, en el centro del mundo ciclista por unas horas, por unos días. Como en el 99, en Verona, cuando sorprendió al mundo, cuando empezó a cavar en la historia un hueco, una cueva, que después seguiría ampliando. Lisboa fue el siguiente escenario por el que se deslizó el pequeño cántabro, el pequeño velocista que no necesita a nadie para ganar, para agrandarse en los últimos metros y batir a todos, el chico que encontró fuera el cariño que no recibía en España, el reconocimiento a unos méritos que en su país, el nuestro, amante de las grandes vueltas, no tenían tanto valor como en Holanda, por ejemplo. En tierras vecinas, ante la cara de otro grande, ante la cara de Paolo Bettini, ahora seleccionador de Italia, consiguió el segundo de los tres oros. El tercero, el que le ponía a la altura de los más grandes, de Alfredo Binda y Eddy Merckx, de Rik Van Steenbergen, lo diseñó también en Verona, como el primero, como hacía ya cinco años, como el del joven aquel al que apenas conocía el mundo.

Por lo que, con el cuarto en el horizonte, con ilusión, con esperanza, con el sueño de ser el más grande, echó a rodar en el país de los canguros. El objetivo era llegar al final con las opciones intactas, con su nombre aún saliendo de las bocas de todos los aficionados como el de un aspirante cuando la meta ya asomara por el fondo. Pero muy pronto, cuando aún quedaba un mundo, cuando muchos en nuestro país todavía no se habían despertado para ver el final de la cita, todo se fue al traste, todo por la alcantarilla que Italia, de la mano del viejo Bettini, un sabio de esto, había abierto con la intención de dañar a España. Y no sólo la dañó, sino que la dejó al borde del suicidio, de la muerte.

En el grupo de los listos, de Pozzato, de Nibali, de Visconti, de Gilbert, de Evans, de Greipel, de Lars Boom, de Boasson Hagen, de Roche, no estaban ni las piernas de Samuel Sánchez, ni las de Luis León, ni, mucho menos, las de Óscar Freire. Empanada total. Dormidos. Sin saber qué hacer, qué decisión tomar. Con Rubén Plaza, Carlos Barredo y Haimar Zubeldia delante, los únicos despiertos, dudando si aguantar la posición, si descolgarse para cerrar la herida que superó el minuto de diferencia. Con Samu y Luisle, las otras dos bazas, los comodines, los que tenían que haber estado allí, donde Barredo y compañía, tirando del pelotón, desgastándose, dejando a la selección sin balas en la recámara, sin más fichas que una, la del cántabro, que cada vez tenía más difícil, casi imposible, la partida.

Pero, más vale tarde que nunca, cuando varios arranques rompieron la armonía de los más listos, España reaccionó. Los tres, Barredo, Plaza y Zubeldia, para atrás, a ayudar a un Freire en apuros. Y fue entonces, en un todo o nada, cuando apareció la furia del chaval, un asturiano, que voló semanas atrás en los Lagos de Covadonga, su casa. Un milagro. Cogió a todos en poco tiempo. Tiró por la borda la jugada maestra de Italia. Salvó un 'match ball' para la armada de De Santos. Todos unidos, de nuevo, como al principio del día, pero en menor cantidad. Sin Samuel y sin Luis León. Sin más balas que la de Freire.

Así se llegó a los últimos diez kilómetros, cuando Philippe Gilbert, el más combativo, fortísimo desde la Vuelta, expléndido durante todo el año, demarró y provocó otro caos. Parecía el definitivo. Pasaban los kilómetros, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, y el belga seguía con ventaja suficiente para soñar con el arco iris, con soñar ser el mejor del mundo durante un año entero. Sin embargo, el esfuerzo de ser protagonista todo el día, de estar siempre con opciones de victoria, le pasó factura y le dejó KO cuando tan sólo restaban dos kilómetros para el final, al que llegaron todos unidos.

Estaba Evans, el último campeón. Estaba Pozzato, el líder de los italianos. Estaba Kolobnev, el ruso al que le encantan los mundiales. Estaba también Frank Schleck, confiando en el gran estado de forma que demostró al final de la Vuelta. Por allí andaban Matti Breschel, que se llevó una plata a Dinamarca trece años después de la última, y Allan Davis, bronce, uno de casa que no podía dejar pasar la oportunidad de pillar metal. Tampoco faltaba Óscar Freire, que estaba ahí, donde quería, cara a cara contra su cuarto Mundial. Le faltaron las fuerzas, le abandonaron. Preguntó a sus piernas y no le respondieron. Quedó sexto, lejos de las medallas, lejos del sitio que, pensaba él, le tenía reservado la historia. Y, por supuesto, estaba Thor Hushovd, el noruego que aprovechó el trabajo de los demás, que se colocó a la perfección y que acabó gritando, a sus 32 años, en plena Oceanía, ante la luz del sol, que es el nuevo campeón del mundo, el rey del ciclismo, el dueño del maillot más bonito del planeta, para muchos, durante un año. Aquí comienzan sus trescientos y pico días de gloria.


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