Pozzato: un lobo sobre la arena

Filippo Pozzato ha reconocido varios tramos de la Montepaschi Eroica, apenas veinticuatro horas antes de lanzarse a por el triunfo
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Pozzato: un lobo sobre la arena

Fotos: Prologò

Desayunado, ataviado con su maillot del Katusha. Preparado. Y bien peinado. No podía ser menos. Como todo buen italiano. Filippo Pozzato sale de su habitación en busca de su coche, el Mercedes todoterreno que le ha traído hasta Gaiole in Chianti, donde mañana se colgará el dorsal cerebral de su equipo, el del jefe de filas. Le sigue Luca Mazzanti, su fiel compañero que rodará junto a él y deberá dejarse la piel en cada piedra que componen los 60 kilómetros arenados de la Eroica. Con ellos, Michele, el inseparable masajista de "Pippo" primero en el Liquigas, y reconvertido a ruso ahora. Él hará las veces de timón en la jornada previa a la clásica más novedosa, pero también con más raíces en la historia ciclista de Italia: la Montepaschi Eroica.

A Pozzato apenas le ha dado tiempo a deshacer la maleta. Desembarcó en la noche del jueves en el Castillo que apodera de fuerzas al Katusha. Camuflado por pinos y entre la serranía toscana se levanta el fortín de los grandes favoritos a hacerse con el triunfo mañana. Su residencia estaba diseñada de antemano, igual que la estrategia que plantearán. Guerra. Alzado unos cuantos metros por encima de Gaiole in Chianti, donde tomarán la salida todos los valientes, o locos, que también se acepta como sinónimo en esta ocasión, en la Montepashi Eroica. Gaiole da cobijo a varios equipos, al igual que Siena, de la misma forma hundida frente al Castello di Tornano. El Katusha vigila a sus rivales, al más puro estilo de las cruzadas medievales. El fortín de la escuadra rusa está completamente cerrado. Pocos son los que pueden acceder a él. Ni siquiera ellos mismos. El propio autobús del equipo ha tenido que quedarse en los aledaños. La pendiente le impide ascender hasta los aposentos reales.

No hay cabida en el fuerte para materiales innecesarios. Por eso Pozzato tampoco cuenta con un equipaje demasiado pesado. No le hace falta. Lo esencial lo lleva puesto: el maillot, el cullotte y las gafas sobre la melena rubia rizada. Se sube a su Mercedes, escoltado por Luca Mazzanti. Dirección: El monte de Santa María, el quinto de los ocho segmentos con suelo arenado que mañana espera atravesar cuan lobo enfurecido. Esta zona es, además, la segunda más larga con camino pedregoso de la Montepaschi Eroica. Cuenta con una longitud total de once kilómetros y medio, solo superado por el primer tramo, que suma trece y medio. Y, al igual que este, el de Santa María será un trozo de un continuo y mareante sube-baja que hará las delicias de los espectadores, pero el sufrimiento máximo de los participantes.

Constante curveo

Como acelerador que espera ser mañana, Pozzato se encomienda a su automóvil. Ama la velocidad. Dando pedales, o sin ellos. Y para aliarse con la fuerza del viento que amenaza con notables rachas la Toscana, "Pippo" ya ha comenzado a probarse. Solo el constante pitido del coche le desconcentra por un segundo. No lleva cinturón. Acelerado. Se asegura y vuelve a pisa de nuevo. Hasta el fondo. Con la sonrisa encajada, mientras canturrea las canciones que salen despedidas de la radio, las señales le acercan al Monte de Santa Maria. Un primer reconocimiento, sin bajar de los 100 kilómetros por hora en la dirección contraria a la que mañana pedaleará le basta para sentenciar su opinión. "Es una zona durísima". Curvas, bajadas estrepitosas y subidas momentáneas que superan el 10 % en pequeños tramos. Otro curveo. Un gran giro. Otra cuesta. Así serán los once kilómetros y medio más duros de la Eroica.

Para la segunda vuelta, la de la dirección correcta, Pozzato se desprende del volante. Relaja la mente antes de subirse a la bicicleta. Y entonces le da más tiempo para pensar. Para pronosticar cómo será el paso del pelotón por ese infernal tramo. "Es un segmento de arena muy difícil, casi no te da tiempo a acelerar cuando las pendientes son hacia abajo porque las curvas son muy cerradas", sentencia "Pippo". Palabra de honor. Del mismo que cinco minutos antes llevaba el coche cuan cohete por la arena. Para revivirlo mañana a lomos de su bicicleta. Deberá frenar más de lo que le gustaría para llegar entero hasta Siena. Desde Santa María aún le restarán 46 kilómetros para el final. Por ello, el líder del Katusha opina que ésta parte de la carrera será selectiva, "pero no determinante".

Para Pozzato, la gran dificultad de la Eroica se relegará a los últimos kilómetros. "La llegada ha cambiado con respecto a ediciones anteriores, ahora entramos por otro sitio y el sprint hasta la Piazza del Campo pica hacia arriba". Lo dice antes de bajarse del asiento trasero del coche, terminar de acondicionar sus pies y pegarlos a los pedales de su bicicleta acompañado, como no, de Luca Mazzanti. Juntos han rodado esta mañana por el tramo de San Giovanni, el sexto arenoso. Treinta kilómetros sobre el perfil de mañana y otros veinte "fuera de carrera" para terminar de coger el punto a la arena. Para mimarla y suplicarla. Nadie duda en el seno del Katusha de que Pozzato es la apuesta segura para la victoria en esta tercera edición de la Montepaschi Eroica, pero él no lo tiene tan claro.

Caída en la Het Volk

A los hechos vuelve a remitirse. "Hace una semana, en la Het Volk me caí cuando iba a disputar el sprint. Un corredor que iba escapado y al que estábamos a punto de neutralizar se me cruzó, hice un extraño y me fui al suelo", recuerda. Aquella caída le apartó de la victoria y de los entrenamientos los tres primeros días de la semana. "Después ha llovido mucho y casi no he podido entrenar", añade preocupado. Pero pronto despeja dudas de su estado de forma. Cuando la carretera se empina, sea sobre asfalto, piedras o arena embarrada, Pozzato vuelve a lanzarse. Esta vez si acelerador. Solo con sus piernas. Mazzanti lo ve marcharse. Y gira el cuello hacia el coche. "¡Ufff!". Con el gancho. Y Pozzato se crece. Asciende.

Tras el último tramo, la pareja del Katusha se acerca a Siena, en busca de la línea de meta. Por el camino se cruzan con Linus Gerdemann y Fabian Wegmann, los dos primeros espadas que el Milram presentará mañana como grandes candidatos a suceder a Fabian Cancellara en el corto palmarés de la Eroica. Solo un saludo rápido. No hay tiempo para más. Gerdemann y Wegmann les clavan sus miradas. Examinan cada milímetro de Pozzato. Pletórico. Ninguna marca de rasguños o heridas de la Het Volk. Sin señales de debilidad. A "Pippo", en cambio, no le hace falta mirarlos. Los tiene vigilados en su puesto de control, en el Castello di Tornano desde el mismo momento en que pusieron los pies en Italia. Como los guerreros. Tiene su fortín construido, a base de duras piedras y descomunales fuerzas físicas. Las del poderoso Katusha, que asusta allá donde va.

Tiene construidos adoquines, preparados para las clásicas del mes de abril. Ahora los riega con un baño de arena y barro. Los mismos ingredientes que mañana lo embadurnarán por completo antes de que presente su verdadera candidatura al triunfo. Lo que resta del día lo destinará al descanso, masaje y perfeccionamiento de la máquina que deberá hacerle volar. No el Mercerdes que él mismo ha sacado de punto con sus acelerones. Esta se llama Ridley, vestida con el sillín Prologò, diseñado especial y únicamente para él. El rey de la manada. Antes de dormirse teñirá también su rostro. Pinturas de guerra. Bélico. Las del lobo con rizos. Afina las piernas, minuciosamente doloridas tras el susto del pasado domingo. Un mal menor. Ya tiene dominada a toda la manada italorusa. La misma que ya está en pie de guerra para hacer volar a su lobo más feroz por las estepas toscanas de la Montepaschi Eroica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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