Tirreno-Adriático. 1º etapa: Pablo Lastras calienta la Toscana

Le ha superado en la misma línea de meta, después de que rompieran el esquema del sprint al reventar al pelotón en el último repecho previo a la meta y aguantar en cabeza con el gran grupo amenazando su disolución
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Tirreno-Adriático. 1º etapa: Pablo Lastras calienta la Toscana
Tirreno-Adriático. 1º etapa: Pablo Lastras calienta la Toscana

Andaba de atrás hacia delante Pablo Lastras. De un lado a otro antes de tomar la salida en la Tirreno-Adriático más emotiva de los últimos años. El recuerdo de Franco Ballerini, muerto hace apenas un mes subía la temperatura. La afectiva solo, entre los dos y tres grados en los que se movía el termómetro en Livorno, la ciudad marinera sorprendida con un día de antelación por la nieve. Abrazos y emoción contenidos. Calor. No lo notaba el de San Martín de Valdeiglesias. Corrió a estampar su firma, cuestión de supervivencia. A por los guantes. "Y los calcetines me los voy a cambiar también ahora mismo, que con este frío me voy a helar". Vuelta al autobús. Al refugio. No le quedó otro remedio que bajar al poco tiempo, preparado ya para la guerra. Forrado. Mantuvo la hipertermia en el cuerpo, el único, para calentar después la primera etapa de la Tirreno-Adriático.

 

Lo suyo fue toparse con la locomotora de forma repentina, casi imprevisto. Como ese tren que, dicen, solo pasa una vez en la vida y si se coge, te asciende a los cielos del triunfo y la gloria. Un seguro de vida. Se subió Lastras, pero resultó tener ya de maquinista a Linus Gerdemann, la joven perla alemana que brilla tanto fuera como dentro de la carrera y que en este comienzo de la temporada esta sorprendiendo por su buen hacer refrendado con sus dos victorias, una en la Challenge de Mallorca frente a Rafa Valls y otra, la de hoy, con Pablo Lastras como verdugo. A pesar de su lozanía, Gerdemann ama las costumbres. Hábitos que se repiten para coger el buen camino, la buena vía por la que guiar su maquinaria. Sus dos triunfos han sido frente a rivales españoles. Las dos también bajo un aguacero considerable. Y con un frío insoportable, solo calentado por el ánimo imperioso de Valls en las baleares, con su insólita bajada camino de Inca y de Lastras, radiador de la llegada a Rosignano Solvay.

 

Escapada de Grabovski

También el camino de Dmitri Grabovski lo trae un tren al que se subió cuando los raíles lo hacían avanzar. Salía de los infiernos del exceso por una adicción casi incurable al alcohol. Aquello llevó a Patrick Lefevere a romper el contrato del que fuera campeón del Mundo sub 23 en ruta y plata en contrarreloj en Madrid con el Quick Step. Pero a Grabovski le gustaban por aquel entonces más las copas que las medallas. Y de poco le sirvieron las condecoraciones. Al infierno. "Toqué fondo", recuerda. Hundido. Asomó por su estación en tren del ISD. Boleto para seguir en el ciclismo. "Ha aprendido de sus errores", dicen ahora sus directores. Lo demostró con una cabalgada de voluntad. Aguantó el frío y la lluvia de la primera parte de la etapa. La mantuvo a fuego lento con una máxima de cinco minutos de ventaja, siempre controlados por el Sky, trabajando para Boasson Hagen, y el Liquigas, canino de victorias con Daniele Bennati.

 

Apenas se dejó ver en cabeza del pelotón la imponderable armada del Columbia cuando las diferencias con Gravobski se reducían. Señal de alerta. Más borrado del mapa estaba Mark Cavendish. Sus problemas dentales no le dejan conciliar el sueño. Ni ganar. De los siete días de competición que acumula el británico, su mejor puesto se atisba en la Clásica de Almería, o el peor. Segundo. El primer derrotado. En Rosignano Solvay ni siquiera pasó el repecho del paso previo a meta. Preocupante. Como él, todos los sprinters se presentaban convalecientes para la primera gran 'volata' del año, el ensayo de la Tirreno-Adriático. Freire, el corredor en apariencia con mejor estado de forma, acaba de superar una gripe que le sorprendió tras la Vuelta a Andalucía. Alessandro Petacchi, vendado, no podía ni enseñar su cara. Una lata tirada en la carretera le mandó al suelo mientras entrenaba hace dos días y cinco puntos de sutura adornan su barbilla. Corre por obstinación y ansia de captar el fondo, con el alma puesta en la Milán-San Remo.

 

Intento de Urtasun

Cuando Lastras se puso a repasar la contabilidad de los velocistas cayó en la cuenta. Con la mayor parte de ellos moribundos, la imagen de José Joaquín Rojas alzando los brazos podría convertirse en algo más que una utopía. Por eso, y con Gravosbki ya neutralizado, cuando Pablo Urtasun expiraba el músculo ante Nikki Terpstra, juntos ambos por unos esperanzadores kilómetros, Lastras empezó a notar el calor de la ropa puesta de más. Del tiempo de prórroga en el bus. Prodigioso. Fue Luca Paolini el primer contestatario a la sinopsis afín del sprint. Al italiano del Acqua&Sapone no le interesaba coger la espada y batallar contra los velocistas todavía supervivientes al cambio de ritmo propiciado por Urtasun y Terpstra. El italiano se llevó a Matti Breschel y Linus Gerdemann con unos metros de ventaja. Lo vio entonces Lastras. El día empezaba a coger temperatura.

 

Caliente de ánimo. Sobraba la ropa ya. El cuarteto logró aguantar en cabeza de carrera gracias, en parte, al beneplácito confiado del pelotón que quiso mantenerles en cabeza para no complicarse con más ataques contestatarios en el seno del gran grupo. Error. A duras penas mantuvieron los metros de distancia pero lograron llegar a los últimos metros con la ventaja suficiente como para lanzarse a por la victoria desechada por el Sky y el Liquigas. Caldeó entonces Lastras el ambiente. Dejó asfixiados a Paolini y a Breschel, pero no terminó de encontrar el espacio justo para adelantar a Gerdemann cuando lanzó su melena al viento de Rosignano. Achicharrado se quedó frente al gélido teutón. Demasiado calor. Sobró ropa.



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