Tirreno-Adriático. De la pasión de Amador a la quietud de Gilbert

El costarricense del Movistar fue atrapado en la misma línea de meta después de aguantar más de doscientos kilómetros en fuga para ver cómo Gilbert se adueñaba de la victoria. Nibali se entregó a Basso y seleccionó al grupo de favoritos, donde agonizó Gesink y le puso en la mano a Cadel Evans el liderato
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Tirreno-Adriático. De la pasión de Amador a la quietud de Gilbert
Tirreno-Adriático. De la pasión de Amador a la quietud de Gilbert

Cinco años separan a Andrey Amador, rodador y atlético, imponente, músculo trotador, de Philipe Gilbert. Púlido y ágil. Ligero, cada vez más enjuto el belga. Un lustro nada más va, de la piel de leche de uno a la tostada de tono vivaz del costarricense. Parece poco, en los libros de historia apenas ocuparían un párrafo de una página, pero en el ciclismo supone todo un mundo. El que va de la pasión desenfrenada, de la fogosidad insensata, a la quietud y la frialdad que dan la experiencia,  leer una carrera, saber esperar al momento justo. Saber cuándo uno va a acabar ganando incluso antes de tomar la salida de una etapa. Desconocía Amador lo que le esperaba en los 244 kilómetros de la quinta etapa de la Tirreno-Adriático, lo que iba a encontrarse: más de dos centenares de ellos escapado, caminata de castigo, pero sí sabía lo que quería. Lo tiene claro desde el inicio del año. Sea como sea. Ganar. Pasión.

Amor por la bicicleta. Es obligatorio tenerla para cruzar rodando el Mar Atlántico, de la Costa Rica que le vio nacer a Pamplona, apartamento adoptivo, dejar a la familia en plena adolescencia, los amigos, la vida que mirando al reloj con los pies puestos en Latinoamérica avanza relajada, tranquila. A otro ritmo. El que buscó imponer entre Chieti y Castelraimondo, la maratón de su fuga con Davide Malacarne, Fabian Wegmann y Matthew Hayman, y la ascensión al Sasso Tetto, el techo de esta Tirreno-Adriático que viste a Evans azulado por dos segundos, los que le separan de Basso, y uno más con Cunego. Evans y Basso son de la vieja escuela, de los que esperan, ven y estudian primero antes de pasar a la acción. La mecha la ponen otros. Nibali, explosivo en el descenso de Castel Santa María, hambriento tiburón de dientes afilados que mordió a Gesink, el lider magro, debilucho. Apenas aguantó cuando el vencedor de la Vuelta a España nadó con la maestría y la gracilidad que le caracterizan por el descenso camino de Castelraimondo.

Di Luca tensa
Prende el fuego Di Luca, mirada carnívora. Tiene hambre el 'killer'. Matador. Pero se equivocó, precipitado. Son las ganas de ganar, el ansia de volver de verdad al primer plano. La pasión desenfrenada. Igual sucede a Amador, solo lo probó primero, selección a base de pedaladas gigantes, a golpe de musculo. Solo Malacarne le pudo seguir mientras atrás, más por miedo, por retrasar lo inevitable, los ataques, la guerra abierta, los favoritos mecían en medio de un bonito sueño. Elevó a la categoría de quimera, anhelo divino, inalcanzable que parecía la locura de llegar con vida a meta viendo que la renta de un minuto compartida con Malacarne se mantenía.

Ataque de nervios. Se encuentran en el interior de los sentimientos entonces el frenesí deliberado, la enajenación de estar ahí, en el momento oportuno cuando suceden las cosas y el cansancio. Revientan las piernas de dolor ante el mandato del cerebro de dar un poco más de sí, de apretar para buscar la chispa ante la cercanía de la meta. Ida y vuelta de reflexiones conjuntas cuando apenas hay tiempo para pensarlo. Chispa es lo que buscaba Amador, nada más. Pronto la encontró, cuando Malacarne quiso dejarle y marcharse solo, egoísta. Le cazó el costarricense casi al vuelo y le dijo no. Así no. Había que colaborar, al menos hasta que el gigante dragón del pelotón despertara.

Nibali entregado a Basso
Bastaba una intentona de cualquiera para activarlos y le tocó a Muravyev la china, en plena ascensión a Castel Santa Maria, una de esas pequeñas cuestas que en otro país, en otra carrera, no serían más que una tachuela en el camino, pero que en Italia sirven para reventar al pelotón en su ascenso, pero sobre todo en su bajada. Allí apareció Nibali, sacrificado, entregado. En favor del jefe Ivan Basso que tembló, igual que hizo en el Mortirolo cuando el 'Squalo' guiaba y el entonado Arroyo cerca estuvo de robarle el Giro. Miedo. Malacarne, otro de la nueva y joven escuela transalpina que el año pasado se pasó un centenar de kilómetros escapado en la quinta etapa de la Vuelta a Catalunya para terminar ganándola también se asustó al ver la potente figura de Amador detrás. Le dejó que pasara, le llegó  empujar un poco incluso. Cosas de la juventud. El del Quick Step más relajado. Él ya tiene su triunfo, el que se afana Amador por buscar.

No es para menos con Amador, un superviviente. En diciembre del año pasado un grupo de trastornados se lió a tiros con él cuando entrenaba por las inmediaciones de San José, la capital de  Costa Rica a la que vuelve cada navidad, para robarle la bicicleta. Logró escapar, por un camino de tierra que adivinó al percatarse de que dos coches le seguían. La velocidad de los todoterrenos pronto le alcanzó y decidió tirar la bicicleta. Mejor salvar las piernas, pensó. Aún así, los delincuentes se cebaron con él. "De repente escuché un disparo más y todo quedó en negro. Cuando volví a abrir los ojos estaba tirado en el cauce de un río. Todo estaba oscuro y tan sólo podía ver lo que la luz de la luna iluminaba". Seis horas inconsciente y uno de sus riñones paralizados dejaron como resultado el terrible asalto. De película.

También así, de las que no se creen por tener un final tan cruel llegó a la meta. Mientras Visconti, regalaba pedaladas y abrigo ante el viento a Gesink, desbocado el líder, Nibali perseguía como un loco a Amador y Malacarne. Le siguió Scarpomni y Cunego. Lucha de italianos. Amador ni miró atrás, mejor no hacerlo. "Traté de tirar en el último kilómetro pero Malacarne no me daba relevo. No quería ir a tope para reservar fuerzas por si llegábamos". No llegaron. Solo un rostro borrado por el baro y el cansancio, la agonía extrema y la derrota se presentó en meta. Allí vio Amador cómo Gilbert y su quietud del saber cuándo y cómo atacar, le levantaban la victoria. "He dejado la responsabilidad a los demás, he tenido paciencia", simplificaba el ganador. Frialdad belga la que congeló a la caliente sangre de Amador.


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