Tour 2010. 10º etapa: Paulinho desvalija la fiesta francesa

El portugués venció en Gap tras culminar con éxito la escapada en una jornada de transición interminable donde el pelotón dejó hacer tras los esfuerzos alpinos y ante la espera de la batalla pirenaica el día que se conmemoraron los siete años de la caída de Joseba Beloki en la Rochette
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Tour 2010. 10º etapa: Paulinho desvalija la fiesta francesa
Tour 2010. 10º etapa: Paulinho desvalija la fiesta francesa

"Mira. Ahí, ahí", grita uno señalando la pantalla. "Que no, que yo te digo que no es ahí, era más abajo", le replica el listillo. "Que sí, yo estoy seguro", réplica. "Que no, espera un poco. Fíjate, era esa curva a la derecha ¿no lo ves?". Y el campo, la explanada. Mil imágenes en las retinas paralizadas que explotan, brote de recuerdos imborrables en aquel maldito repecho de la Rochette, sello y lacra para la posteridad en los ojos de todos sin excepción. Todos se acuerdan. Todos lo reviven siete años después. La cuesta abajo, el giro de manillar incomprensible, el alma al cuello y un grito de dolor sentido aquella tarde del 14 de julio en la que toda Francia celebraba su fiesta. Todos menos Joseba Beloki, el actor principal de aquel bramido que todavía tiene eco. Más para él, incapaz de acercarse a la maldita curva que sepultó su carrera y marcó el fin de su vida ciclista en medio de la incógnita en la que sumió al hasta entonces imbatido Armstrong. Ahí se quedó el "qué habría sido si....". Nunca se sabrá. Lo que sí recuerda el vitoriano es cada paso, cada gesto de aquel día, "hasta las canciones que llevaba en el mp3, la charla con Manolo" -Saiz, su director en el rosado Once Eroski que poco después yacía entre alaridos de dolor en el descenso de la Rochette- "todo, todo, es que lo recuerdo todo".


Tantos recuerdos que, reeditada la fiesta francesa, la llegada a Gap en la que venció Vinokourov y el descenso, el mismo que todos los ojos buscaban cuando Vasil Kiryenka y Sergio Paulinho trazaron la llegada de la décima etapa de este Tour reducido a los tonos agudos de Andy Schleck y Alberto Contador, revivido todo eso y con el homenaje previsto para la tarde posterior al fin de una etapa interminable y soporífera, Joseba Beloki no fue capaz de acercarse. Una placa, un gesto. La ofrenda a lo que pudo ser y nunca fue. “No puedo, todavía se me hace duro estar ahí”. Lágrimas a flor de piel aún para el vitoriano. Siete años después volvió a pasar Lance Armstrong por allí tranquilo y apaciguado. Ya nada es igual. Un pasillo de círculos amarillos resaltan en el campo por el que atravesó el americano sin un pinchazo, sin un resquemos. Sin una caída. Ni vibró el manillar entonces. La suerte del campeón.


Una vida entera le separa de aquel días, siete años atrás ahora. Y la decadencia por ley natural del rey invencible. Allí estaba otra vez el hombre de hierro entonces. Carne y hueso ahora. Ahora que Joseba Beloki lo ve desde casa, corazón en la mano, sentimiento manifiesto. Restaban tres kilómetros para el final de la etapa insoportable y enojosa. Esta vez sin caídas, sin contraluces. Un paseo para el pelotón que dejó hacer a la escapada. A Kiryenka y Devenyns, A Paulinho y Mario Aerts. A Rolland y Bouet. Los únicos franceses que trabajaron este 14 de julio. El resto todos de fiesta. Ni ataques ni contestaciones traseras. Persiana echada. Negocio cerrado. Los seis se abrieron huecos hasta la Rochette y su descenso maldito.


Para entonces Vasil Kiryenka, el bielorusso frío e inexpresivo. El 'tipo duro' del Caisse d'epargne que apenas se inmuta, silencioso ante un seísmo incluso y Sergio Paulinho, el portugués salvador del moribundo RadioShack ya había hecho galantería de su favoritismo y se habían marchado en solitario. Otra ley natural que se impuso. En el descenso de la Rochette comandó Kiryenka, sin sustos. Allí las cartulinas cruzaban el campo. "¡Mira ahí, ahí es!". El maldito lugar que enterró a Joseba Beloki en vida, grito sangrante y cadera rota. El fin. Por allí pasaron ambos siete años después y también el pelotón con Lance Armstrong a más de diez minutos de retraso. Apenas dio tiempo a mirar, a detenerse ante el lugar de culto.


Lanzó Kiryenka, mirada fría y sostenida, atrás y adelante una y otra vez la llegada. Pedaladas conservadoras. Aguardando al remache de Paulinho, más veloz y menos corpulento. Las tenía todas para ganar. También la colocación trasera. Inteligente. Kiryenka apostaba atrás hasta que saltó el portugués sin freno como un loco pero el bieloruso no desistió y tomó el adelanto como doctrina. Hasta el golpe de riñón no certifico Paulinho la ética del más rápido, del aguador de la fiesta francesa. Una docena de minutos después llegó el pelotón, de fiesta para cumplir la tradición gala. Allí viajaba también Arsmtrong, el superviviente. Siete años después volvía vivo, entero por incrédulo que apreciera entonces y también ahora a Gap.




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