Tour 2010. 14º etapa. Oda a lo incomprensible

Alberto Contador y Andy Schleck aplazan su guerra frenados por sí mismos ante la renuncia de ambos a abrir diferencias en Ax3 Domaines que les hizo descolgarse de la estela de los favoritos. Denis Menchov y Samuel Sánchez supieron aprovechar la situación para sacar una quincena de segundos en la meta donde se impuso Christophe Riblon
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Tour 2010. 14º etapa. Oda a lo incomprensible
Tour 2010. 14º etapa. Oda a lo incomprensible

Azotaba Giuseppe Martinelli a sus pupilos, los niños del Astana recogidos en el autobús, como todos, como cada mañana y más en las decisivas, en las que hacen mella y saltan chispas antes de comenzar, en las que al llegar se encienden cronómetros. Unos de un bando, otros para el contrario. Los segundos corren igual pero siempre se interpretan de forma diferente cuando caen como jarro de agua a veces bendito, otras martilleante. Martinelli, fuego en la boca, aliento de pelea, sello de guerra que grabó en el carácter de Marco Pantani y que forjó la leyenda a finales de los 90 del mítico centelleante a través de la mirada poderosa en el frente, en el horizonte montañoso clavado desde las manos rectas en lo bajo del manillar mientras subía grácil, poderoso, en medio de un canto de sirenas que parecía tal que no comprendía de dolor en las piernas alguno. Ha pasado por todo Martinelli. Nada sorprende a su mirada protegida por las lentes, espejuelos para ver mejor. Para entender mejor. Ganar un Tour con 32 segundos de desventaja, toda una cordillera por delante y una contrarreloj final a su favor ya no es nada. Recitaba con público fiel, los ocho chicos de Contador más el madrileño las órdenes grabadas en la mente. Otro día más de montaña. Copla de victoria glorificada por el chico de Pinto. Él mismo, el que manda de verdad, le dio el beneplático para que la cantara.


Astana endurece

Sonaba a pregón de ofensiva los gritos energúmenos de Martinelli desde el autobús. Guerra, les dijo. La quería Contador, como la etapa. Por eso antes de empezar a ascender Pailhères colocó sin dudar a David de la Fuente, Jesús Hernández y el triunfante Vinokourov, el hijo pródigo regresado a casa después de la rebeldía. Como ese vástago que, subversivo y desobediente se había marchado opuesto a las rígidas normas de su casa y después de probar una ración del cruel mundo volvía, sumiso, a las órdenes máximas del techo que le cobija y le da calor. Juntos pusieron el ritmo y reservaron al Saxo Bank del líder Andy Schleck de la debacle camino de Ax3 Domaines. Poco aguantaron los hombres de Riis en ir cayendo, como hormigas débiles, indelebles ante el ritmo de David de la Fuente. Poema de guerra entonado con el despertar de Giuseppe Martinelli y declamado por el ansia terrible e impaciente ambición cegadora de Alberto Contador. Una etapa y el Tour rebotan en su cabeza. No sabe esperar. Siempre que llegan las cuestas las quiere para él.


Así que no dudó en desgastar a su equipo en pos de la entonación maravillosa en las rampas de Ax3 Domaines para reducir su selección a unos pocos elegidos que pudieran sentarse, solo eso, sentarse y escuchar el ritmo acompasado de su crepitar lacerante y mortífero. A la aproximación le tocaba el vuelco por Pailhères, el escollo. La roca antes de la ofensiva final. Para entonces debería estar entonado Contador si quería recitar con voz matizada. Rompió Dani Navarro con la refriega de De la Fuente y, ante la escabechina esperada, Carlos Sastre no se lo pensó. Es de la vieja escuela el abulense. Como Martinelli. De los que recapacita y piensa, inteligencia suprema. Y aprovecha el máximo partido de su ambición. Pero sobre todo, es Sastre uno de esos ciclistas que se conoce a la perfección cada milímetro de su organismo, cada mililitro de su ácido láctico. Lo probó desde lejos con la ayuda de su compañero Gustov, simplemente porque "si estás bien, hay que intentarlo". Nada más que eso. Juntó voces con el incansable Kiriyenka, el resplandeciente Valls, Cunego y Charteau mientras Riblon imploraba por la paz trasera que le diera alas suficientes en su vuelo al triunfo.


Quería Sastre volver a sentirse, quería volver a gustarse, a notar el aire rozando su cara como siete años atrás lo había hecho en la misma cima de Ax3Domaines cuando le ganó a Jan Ullrich. Entonces los cronómetros se paraban más cerca, en Plateau de Bonascre. Esta vez la meta esta más lejos, más sufrimiento. Sastre aguantó mientras Navarro apremiaba el canto. Afinaba la voz. Telonero para el concierto estrella que maniataba Contador a sus pies. Un acelerón bastó para hacer temblar a Ivan Basso, esfuerzos del Giro cobrados en Alpes y con pago cuan frontera costosa también en la primera etapa pirenaica, a Kreuziger, desinflado y Armstrong, desentendido. Solo Luis León Sánchez, Van den Broeck, Samuel Sánchez, Joaquim Rodríguez, Menchobv y Leipheimer aguantaban el ritmo de Vinokourov. Tirandoa su paso el kazajo. Solo se limitó a hacer su trabajo, a escribir sus notas en el pentagrama. No miró atrás. Menos mal. Si lo hubiera hecho, habría comprobado que su jefe se dedicaba a jugar al ratón y al gato con Andy Sclech, juntos en posición trasera. Líderes escondidos, sin hambre. Sin ganas de atacarse.


Marcaje obsesivo

Obsesión de una rueda por la otra. Eso le dio alas a Riblon, canino en el ascenso final que nadie vio. Todos contemplaban la indescifrable ruta de los dos contrincantes. Duelo de ring sin guantes de boxeo. Los sacó Contador en tes ocasiones, las que sirvieron para amarrar a Sastre y dejar a Vinokourov en karma pacífico. Trabajo bien hecho. Descolgado ya, hasta la meta, donde quería ver la repetición de las imágenes de su líder entrando victorioso. Nada de eso. Al menos ataques vio Vino cuando entró en meta. Tres. En los tres se pegó Andy Schleck a su rueda. Igual hizo el enjuto luxemburgués cuando Contador acreditó lo evidente, la manía persecutoria del ciclista del Saxo Bank por su descarnizante pedalada. Se retrasó, despreocupado el madrileño ante el avance de Menchov. Andy hizo lo mismo. Ni un ataque, ni una prueba de fuerza. Ni un solo test entre ambos. Guerra paralizada. El ruso giró la mirada. Plácido como acostumbra. En esa sosegada y aparente indiferencia aguarda su oportunismo.


Lo sacó a relucir con un desafío de cambio de ritmo al que Andy y Contador no atendieron. Su guerra es otra. La del desinterés. Se ensogó Samuel Sánchez y juntos encontraron petróleo en Ax3 Domaines. 14 segundos de oro negro mientras Andy Schleck y Contador seguían fijos en su mirada. Uno al otro hasta cruzar la meta, hasta volver al refugio de sus autobuses. Poco después llegó Vinokourov trazando el mismo camino. Directo al cobijo azul turquesa y vio, como tenía planeado, la repetición. Explotó a reír. Por eso habías estado trabajando, para la falta de garra de su jefe y de su máximo oponente, de la mano hasta para descolgarse. El clamor de guerra, el alarido caliente de Martinelli se había quedado en una oda irrazonable. Un canto a lo incomprensible.





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