Tour 2010. 16º etapa: ¡Estás loco, Barredo!

Carlos Barredo se quedó con las ganas al ver su intento a 42 kilómetros para el final reducido en el último en la etapa que conmemoró el centenario del primer paso por los Pirineos del Tour, con Lance Armstrong en cabeza y que acabó decantándose de la mano de Pierrick Fedrigo mientras Contador y Andy Schleck firmaron la tregua antes de la batalla final del Tourmalet
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Tour 2010. 16º etapa: ¡Estás loco, Barredo!
Tour 2010. 16º etapa: ¡Estás loco, Barredo!

El 21 de julio de 1910 entró triunfante y moribundo a la par Octave Lapize a Baiona. Había atacado de salida en una etapa pirenaica, gloriosa y apoteósica, mítica por ser la primera de una historia de amor, la del Tour con los Pirineos, antológica por la valentía de su intento lejano y brillante, por la construcción de una victoria que marcaría de por vida al ciclismo y a la ronda gala. Saltó el bravo galo del grupo donde estaban François Faber, ganador del Tour el año anterior y líder por aquel entonces de la carrera, Gustave Garrigou y él, el mismo Lapize que un día antes había volado por el Balés y el Portet d'Aspet para plantarse lleno de gloria en Luchon. Alas sobre los Pirineos. Atacó ese 21 de julio de salida, saltó disparado para coronar el Peyresourde de la mano de Garrigou, el único que aguantaba su empuje hasta la llegada del Aspin. Mano a mano dantesco. Lapize siguió solo hasta Saint Marie de Campan. Allí volvió a recoger los restos de Garrigou, en las puertas del infierno del Tourmalet. El intransitado hasta entonces. Nadie con bicicleta en mano había entrado y, si lo había hecho, no había salido vivo para contarlo.


Arsmtrong en la escapada

Ni siquiera Lapize, más inteligente que Garrigou, cogió la bicicleta de la mano y subió varios tramos a pie para coronar el Tourmalet, el camino del mal retorno y lanzarse solo hasta Baiona donde llegó sin aliento. Muerto después de 236 kilómetros legendarios que terminarían dándole la victoria final en París. "¿Qué hay Lapize?", se atrevió a preguntarle un periodista. "¡Estáis locos, sois unos asesinos!". Fue lo único que acertó a vociferar después de haber sido el primer hombre en pisar la luna del Aubisque y salir con vida. Algún eco de aquel grito desgañitado se oyó en Pau cien años después en medio de la tregua, la prórroga a la guerra de la que sabe mucho el ciclismo moderno, lejana a las batallas inhumanas y kilométricas de antaño. Una voz ensordecedora y un perfil de impulso a etapa mítica empujaban a los valientes con sangre añeja y de sabor tradicional. Chirriaba en la mentes de ciclistas que, como Kreuziger, Wiggins o Verdugo se presentaban cuán alumno a las recuperaciones de septiembre, convocatoria extraordinaria. Con los deberes sin hacer pero con el tiempo y el terreno suficiente de enmendar los errores a base de antología y épica.


De venas longevas y ciclismo añejo nadie mejor que Armstrong para lucir bandera y poner cabeza. También el americano se metió en la escapada de salida, a rueda suelta comiendo dentelladas al piñón en el madrugador Peyresourde. Allí, allí donde Lapize forjó su leyenda. El Liquigas desató a su fiera, Sylwester Szmyd, para poner tierra de por medio con el Astana de Contador comandando el grupo. Demasiado interés detrás, el del Omega de Van den Broeck y el del Rabobank de Menchov por enclaustrar sus puestos, al menos los que ya tienen conseguidos, hicieron que el peso de estos fuera más poderoso que el de la bestia polaca del Liquigas. Lejos quedan sus exhibiciones, esfuerzos que se pagan, del Giro donde Basso, el ahora renqueante, tan débil que hasta las bronquitis y la fiebre son capaces de tumbarle. Llejos queda esa resurgida figura que emergía triunfante sobre el Zoncolan y caminaba pudoroso en el descenso del Mortirolo. Lejos quedan también esas tardes gloriosas de Armstrong, lejos, cuando machacaba a sus rivales con cambios de ritmo mortales. El propio Basso, Ullrich, Beloki....todos cayeron ante sus garra en estas mismas montañas que ahora ven su paso de los años acusar.


Ataque de Barredo

Lejos queda todo, como el grito de Lapize que susurró a Barredo el canto de la locura. Se metió en esa primera fuga peleada y poco después neutralizada. No quería el Astana sustos de última hora. Que el Tour ha sido largo. Que ya está casi ganado. Y mientras, mientras Samuel Sánchez se reponía de su susto por vacío encontrado que le retasó en la subida pero repuso en el descenso, sosegaba Contador su alma con Andy Schleck, charla fraternal. Sellaban su paz, retomaban su amistad, mientras se marchaban de nuevo Armstrong a por la etapa y el protagonismo merecido como homenaje a sí mismo soñado, Rubén Plaza, Moureau, Casar, Fedrigo, -una ristra de franceses otra vez-, Cunego y Barredo a última hora enganchado. Así hasta un sextetos de ciclista que se iban a jugar la etapa mientras Contador y Andy firmaban la tregua. Paz antes de la venganza. Supervisó el luxemburgués por última vez el Tourmalet cuando ascendieron, a paso tranquilo, relajado. Por esa vertiente bajará el jueves camino del hotel. Cuando todo esté ya decidido. Cuando esté ya todo dicho. En la bajada escrutó, una sola mirada basta, allí atacará a Contador, se cobrará su venganza. Hasta entonces calma.


Dieron aire a la fuga para revivir los ecos de Lapize y su ataque en el Peyresourde. Subieron el Tourmalet, los seis sobre los pedales, sin bajarse como hizo el galo. Y después el Aubisque. Una prueba, una tentativa. Así se lo tomó Barredo. Tensó a los fugados el bravo asturiano lo justo y necesario para comprobar quién iba a ser su rival: Fedrigo. El francés llegaba completo a sus intentonas envenenadas. Los demás, Plaza, Armstrong....por inercia y dosificación. Por inteligencia. En el descenso se agruparon. Después llegó el resto. 60 kilómetros de llano era vástago terreno para que lo hicieran. A 42 de la llegada a Pau saltó Barredo. Otra tentativa. Estás loco, Barredo. Con una galopada en suelo raso parecía un ratón débil, una presa fácil de atrapar. No fue así, costó. Cincuenta segundos, cuarenta, treinta. Descendía a cada paso, pero cada pie eran diez kilómetros de menos mientras detrás, ordenados y con la calma del depredador que sabe que, con paciencia, la presa acaba cayendo en la trampa esperaron. Sin un ataque. Cayó en las garras a un kilómetro de meta cruel que hundió sus codos en el manillar y acabó ganando Fedrigo por velocidad, la misma que tuvo Contador para recuperar la amistad de Andy Schleck. Tregua en Pau. La venganza ya llegará en el Tourmalet.


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