Tour 2010. 5º etapa: Los chicos malos también lloran

Mark Cavendish conquisto al fin su primera victoria al sprint en el Tour merced a un brillante trabajo de su lanzador, Mark Renshaw, que le dejó en balde la victoria
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Tour 2010. 5º etapa: Los chicos malos también lloran
Tour 2010. 5º etapa: Los chicos malos también lloran

Desde que Mark Cavendish huyó de su Man natal, allí donde las carreras de motos son el epicentro de atención, donde todos van deprisa, corriendo y no piensan en el que viene detrás, en el que adelanta, en el peatón que pasa, no paran ante semáforos, desde que la dejó definitivamente para trasladarse a Pistoia, a la toscana italiana donde embelleció el arte del sprint, un marchante de alta cotización y duro seguimiento el inglés, algo cambió. Ya era el rey dominador, emergente y trémulo a la vez. Parco en palabras y sonrisas en la carretera, a veces contestón, arrogante en su pedalada. Engreído lo llamaron algunos. Orgullo altanero, presumido y descarado. Le cayeron rayos sobre la cabeza a base de críticas. A él le daban igual Se encajonó en su coraza solitaria, fuerte y rauda tal que nadie la supera a no ser de que se acerque, frío y calculador como él, con las ideas claras, como él. Con determinación. Tanta como él la tiene. El gélido inglés de las palabras justas y los gestos precisos. Ni uno más. Pero en Pistoia algo le removió ante las petulantes voces en su contra. Se hizo más persona, más humano.


No olvidaba Mark el blindaje ajustado. De hierro. En él solo tenían agujeros Mark Renshaw, su inseparable hombre de confianza fuera y dentro de carrera. En los sprints, en la ardua y nerviosa tarea de los kilómetros finales, en la soledad de la habitación en noches como las de ayer en la gótica y oscura Reims, luna interminable a la que miraba el pequeño Mark, aullido de lobo. Pena creciente. Que no gano, le suspiraba, le mascullaba. Renshaw le escuchaba entonces, oído confesor, voz caliente y de ánimo, hombro de lágrimas y piernas acuciantes de victorias. Un regalo le hizo el lanzador, el mejor. Se lo prometió esa noche, a la luz de la estrella brillante en Reims. Una sorpresa que no por esperada, no por sabida fue menos excitante.


Renshaw, crucial

En los ojos de Mark Cavendish se dibujaba la ilusión del niño que abre esa caja cubierta de lazos imposibles de deshacer. Nudos interminables, imposibles de desasir, desquiciantes hasta con el alma más paciente. De eso Cavendish tiene poco. Lo quiere todo. Y lo quiere ahora. Más cuando sabe que puede conseguirlo y que cuando no lo hace, no sabe encontrar la explicación. A la luna de Reims se lo confesó. Lo tenía todo para ganar. Equipo, lanzadores, colocación. Hasta piernas. ¿Entonces? Gritaba mudo en desesperación. Renshaw se lo dijo. Tranquilo. Paciencia. Llegará. Es, pues cuestión de espera, eterna a veces. Un aguante agónico, de supervivencia. Eso es el ciclismo. Sufrimiento y entrega. Entonces cuando llega el triunfo, cuando se destapa la caja forrada por papeles brillantes y lazadas vigorosas, entonces llega la explosión. Un estruendo de emociones golpea el interior, se agolpan los buenos momentos, los de las anteriores victorias rebuscadas en el baúl de los recuerdos, que ya casi Cavendish no se acordaba de las seis veces que levantó las manos en Francia el pasado año.


Pero vienen también a la mente los duros trances sufridos en silencio solitario. Incomprensible. Con un periódico en la mano y una taza de té en la otra leyendo, chequeando voces contrarias. Críticas a las que no podía responder. Porque no sabía cómo. Porque no tenía cómo. Es cuando llega ese estallido que supone la victoria, el reencuentro y la resurrección cuando se funden piernas y emociones que explota, bomba de detonación tan fugaz como descomunal y llena la mente de emociones incontrolables. Le pasó a Cavendish, el chico de Man, el 'Bad Boy' criticado por su chulería y arrogancia que explosionó a llorar una vez certificado su primer triunfo en este Tour de Francia, el pase de garantía a su regreso. Inaguantable, incontenible el inglés, aquel soberbio que subió al podium con los ojos rojos y que no pudo secar las lágrimas, al contrario. Las agrandó, rodeado de flashes para el chico malo que lloraba como un bebé recién descubierto su primer regalo de cumpleaños.


Ivan Gutiérrez en la escapada

Fue casi así, un regalo de las piernas veloces de Mark Renshaw, Aquel susurrador de heroicidades, aquel vidente de lo que iba a pasar la noche anterior, sentado mirando la luna junto a Cavendish. "Llegará, tranquilo", le dijo entonces. Tenía Renshaw escondido bajo la cama el presente para Cavendish. Aquella fiesta quisieron aguarla Ivan Gutiérrez, de celebración tras el pase de la selección española de fútbol a la final del Mundial se colocó a lucir “palmito” de maillot campeón junto a Jurgen Van de Walle y Julien el Fares. Pero el día no estaba para aguas. Calor, intenso y sofocante. Matador. Caminando entre el desierto del centro de Francia acabaron sucumbiendo los tres ante el ritmo del Columbia y la ayuda interesada del Garmin y el Lampre. Todos a una, los contestatarios de Cavendish crecidos ante su desaparición y el inglés callando, sumo silencio se postergaba a la rueda de Renshaw, a recoger el regalo prometido.


Cantado fue por todos. Renshaw libró codazos y toques con Freire, tal solo como siempre, espero al cambio de marcha de Hunter, largo y despiadado. Farrar, su sprinter, apenas vislumbraba entre los primeros. Como Petacchi, esta vez eliminado. "Freire me dijo después de ganar la primera en Brusela, que todo lo que venga a partir de ahora es un regalo". El suyo lo recibió en Reims, donde Cavendish sollozaba hacia adentro. Cabreado. Llegó a la meta, tiró la bicicleta y se subió al autobus. Desde arriba se desprendió del casco y lo lanzó por la puerta. A la calle. No quería saber nada de nadie. En Montargis se quedó a esperar. A su regalo prometido. Solo tenía que vigilar la rueda de Renshaw, le miró y se lo mostró. "Aquí lo tienes 'Cav', la meta es tuya". Desempolvó la caja, tiró del lazó, sprint corto y explosivo. De los suyos, los que aniquilaban a sus rivales el pasado año. Los que vuelven. Regalo y aviso. "Ya estoy aquí". Vuelve, emocionado el niño rebelde de Man. Chico malo que lloró, desconsolado por su resurrección.


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