Tour 2010. 6º etapa: La segunda oreja de Cavendish

Mark Cavendish vuelve a repetir victoria al sprint en la etapa previa al inicio de los Alpes con un triunfo incontestable que recuerda a sus grandes tardes
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Tour 2010. 6º etapa: La segunda oreja de Cavendish
Tour 2010. 6º etapa: La segunda oreja de Cavendish

Las etapas al sprint de una gran vuelta por etapas son como una corrida de toros. Salto al ruedo de las bestias, paseillo de los valerosos matadores y sus caballos, toros endiablados, hambrientos de cuernos afilados, toreros con trajes de luces ataviados en busca de la gloria que implora el pueblo a jadeos desde las gradas. Hasta el calor humeante, insoportable, hasta con abanicos y peineta coincide en el ruedo y en este Tour de Francia de caminar por desiertos amarillos, igual que la arena de las plazas acotadas pero estas infinitas, interminables. 227 kilómetros de sufrimiento extremo. Como par ano tener visiones.


De capotes por bicicletas. De toros por ciclistas. Y luego, al final y si se tercia, si se merece, si hay sangre derramada, orejas cortadas y toro en el suelo, pañolada de honor, público levantado, lacerante ondeando la justiciera tela suprema que se postra ante la gloria del arte efímero, tan incomprendido para unos como bello, arte de museo para otros. Así sucede en el Tour con los sprints. Algunos no lo entienden, locos los llaman por meterse ahí, pelearse, casi pegarse, jugarse la vida para torear, manillar como capote en man, contra viento, arena desempolvada en rectas interminables y toros, bestias inmundas impávidas.


Saltar primero

El secreto está en salta primero al ruedo, a la lanzadera imparable de la 'volata'. Un arte propio de talento y maestría interiorizada. Lo sabe Robert Hunter, desesperado hace las cuentas, analiza y estudia el penúltimo lanzador de Tyler Farrar, aquel exitoso norteamericano que se subió a un transatlántico y desembarcó, exitoso en el pasado Giro de Italia. Se aflige Hunter, un auténtico fan declarado de Chuck Norris. No consigue imposibles el sudafricano. Ni siquiera puede controlar a sus burlacos. "Es que lo digo una y otra vez, que tenemos que estar todos unidos y entonces ganamos seguro. El que salta primero es el que gana". Así lo hizo Cavendish, no espera a nadie. Va siempre por la vía rápida. Hunter suplica entonces una corrida impecable. Insuperable.Y se irrita por ver a su referencial Farrar con el buque hundido. Sin capote ni traje de luces oculto, tapado ante las coces de los cuadrúpedos del HTC-Columbia.


Cuadrilla de mozos la de Bob Stapleton a lomos de caballos con estaca. Poderosos en el andar y en el esquivar, que así también se torea. Cavendish afila la espada velado por los subalternos. Los novilleros que le conducen siempre fieles hasta la meta. Paseillo de honor largo y eterno, el que más, camino de Gueugnon. 227 kilómetros para comerle terreno al centro de Francia y arrimar al pelotón hasta los Alpes, al fresco de las montañas que empiezan mañana con el primer final en alto de la estación de Rousses y el domingo en Morzine-Avoriaz. Esperando a que bajen las temperaturas, 32ºC la pasada noche, sin aire acondicionado para muchos de los equipos en sus respectivos hoteles como el propio HTC-Columbia huyeron tres ciclistas antes que ninguno.


Rubén Pérez en la escapada

Perget, Lang y Rubén Pérez, uno francés, el otro alemán y el último vasco. Tres chicos del norte que no soportan el sol corrieron para acelerar el sufrimiento. Lo contrario que el pelotón. Dejaron a las tres vaquillas foguearse en el toreo antes de que la cuadrilla de Cavendish acelerara para entrar, paseillo de rigor incluido en el sprint. Buscaron interceptarlo los hombres del Lampre y el Garmin. Hunter, Van Summeren y su poderosa planta, un jamelgo en toda regla para abrir el camino a la comitiva. Juntos. Pronto volvió a coger la marcha honrosa Eisel tras el relevo de Tony Martin. Mozos adiestrados por los cabestros velocistas. De traje de luces ataviado tras la victoria emocionada que supuso su estreno agarró el capote Cavendish. A torear tras su guardia pretoriana, la de Renshaw.


Desató Hunter la llegada y miró atrás. Su punta de lanza no estaba, aún vistiéndose en los camerinos. Llegaba tarde Farrar, oscurecido. Para cuando cruzó la meta Cavendish, el traje de Cavendish brillaba ya, otra vez. Su mejor versión. Una de esas tardes espléndidas, de corrida espectacular e insultante ante el resto de toreros. Ningún otro cogió los estoques ni se armó el gorro a la cabeza. No pudieron. Cavendish ya les había clavado las banderillas a todos en su segundo corte de oreja consecutivo. Magistral.


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