Tour 2010. 7ºetapa: La 'époque formidable' de Chavanel

Sylvain Chavanel vuelve a triunfar en el primer contacto con la montaña donde el Astana silenció críticas con un imperial trabajo de Dani Navarro al frente del grupo de favoritos del que se tachó Andreas Kloden, a más de cuatro minutos ya del francés del Qwuick Step, lider de nuevo tras llegar a la estación des Rousses en solitario y seguido de un magnífico y revelador Rafa Valls
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Tour 2010. 7ºetapa: La 'époque formidable' de Chavanel
Tour 2010. 7ºetapa: La 'époque formidable' de Chavanel

No le hizo gracia a Sylvain Chavanel ganar en Spa. Resurgido de las cotas, un infierno del que salió vivo de milagro a finales de abril, cráneo partido, límite entre noche y día, entre vida o muerte, del respirar lacerante o el ahogo definitivo. Todo un día antes de la etapa del pavés con la que él soñaba, rostro grisáceo por el polvo levantado que dejó sin respiración a Lance Armstrong, del que sobrevivió "comodísimo" Alberto Contador. De aquella mortífera mina que sepultó a Frank Schleck y dejó a su hermano Andy huérfano pero con una locomotora hábil, la de Cancellara, vía de tren salvadora ante el desprendimiento de rocas. De abajo hacia arriba, mundo al revés, incomprensible como aquel parón de tegua injustificada, incomprensible. Inadmisible hasta para el único hombre que salió de aquella mina con oro bajo el brazo. Mustio asomó Chavanel por Arenberg, la meca del francés deseada en abril. Ala que le tocaba llegar victorioso decía tres meses antes, "que Boonen y Devolder ya han ganado allí y ahora quiero yo". Allí se refería a la París-Roubaix, la inquebrantable catedral de Cancellara. Chavanel es como un niño "Yo quiero, es mi turno, dejarme que yo sea el líder en el pavé". Rabieta la que se cogió el francés ante la inamovible jefatura del Dios belga Boonen en el Quick Step. Pataleta. Por rabia terminó ganando, pero luego aborreció de haber levantado los brazos en la etapa de la vergüenza, de la pelea neutralizada. No. Así no es como Chavanel entiende el ciclismo.


Al francés le va eso de los ataques. La marcha. Arriba o abajo. En llano o en montaña. Donde sea. Y las victorias forjadas en sudor y pelea, las que merecen la pena porque cuando llegas a la meta ves, jadeantes a tus rivales. Que no han podido contigo porque tú has sido mejor. Por eso se llevó un disgusto en Spa, al ver que el destructor Cancellara no había provocado la catarsis esperada. Un agasajo demasiado grande para el bravo Sylvain, tan experto en la contienda como niño en la mirada, ilusionada y pasional cuando algo desea con tal ansia que ni la paciencia sabe esperar, inquieta. Funde el carácter en el saber esperar, paciente cuando puede. De cocinar a fuego lento sabe un rato. Ocho años le costó conseguir un triunfo en el Tour de Francia, la carrera a la que todos apostaron porque un día sería el sucesor de los Hinault y Fignon. "Aquello fue como una liberación". Cada vez que se movía, una crítica. Cada vez que se dejaba minutos en las montañas, una lápida.”No podía atacar, no podía escaparme". Prisionero de sí mismo hasta que encontró su identidad en el filo de sus colmillos, acuciantes y carnívoros. Matadores. Con ellos logró el triunfo en Spa. Y con la ayuda del pelotón. Por eso no le gustó. Por eso quiso repetir.


Espléndido Valls

Y no lo dudó cuando, en el primer exitoso pase de montaña del Tour demarró al peleón Voeckler, de la misma seña de identidad que la suya, fino en planta y fiero en carácter. Calcados casi. A él y a su compañero Gautier. El dúo del Bbox destapó la caja de las sorpresas en la Croix de la Serra, el último puerto antes de la subida final a Lamoura. Como la chuleta del día indicaba meta cuesta arriba pegaron las ruedas al grupo reclamante Dani Moreno, Juanma Garate, Rafa Valls y Damiano Cunego. Todos escaladores esculpidos, poderosos en el desnivel de las cuestas. Agujas enjutas y pusilánimes, indelebles cuando los finales, como el de Rousses, te llevan esquiando cuatro kilómetros por el llano hasta el cobijo de la estación. Allí emergió Chavanel para tumbar a Rafa Valls, el ciclismo español que viene, el escalador promesa de relevo generacional. Mucho le queda para ello. Balas de fogueo las del alicantino. Pero hace ruido, que es lo que importa al fin y al cabo poderoso y magistral en la ascensión final. 14 largos kilómetros sin excesiva dureza pero que dejaron más detalles de los esperados.


Prolijidades tales como la reacción mandataria del Astana, el equipo azotado por líneas y palabras. Ríos de tinta han caído sobre el equipo de Alberto Contador, débil, enclenque y desnutrido ante pletórico RadioShack, el 'all stars' del Tour. Estrellado en el primer entremés de montañas. La tinta corre ahora de la mano de Bruyneel, bolígrafo en mano el técnico belga empieza ya a tachar nombres de sus potenciales ganadores. El primer peón caído, el alemán Andreas Kloden, que se dejó cuatro minutos en meta merced al trabajo de Dani Navarro y Paolo Tiralongo en la ascensión a la estación de esquí des Rousses. Réplica sentenciadora para el alemán. Aforismo de respuesta también el de Sylvain Chavanel, el hombre batallador de lanza siempre en mano, bala constantemente cargada expectante de un tramo sinuoso, un trazado curveado, un recorrido pestoso para deplegarse. El niño rebelde y caprichoso de liderazgo indiscutible que se tatuó un diablo en su tobillo derecho. "Representa la agresividad, es algo así como que no voy a dejar nunca de luchar". No lo ha dejado de hacer nunca.


Ataque y caza a la cabeza

Más si la rabia que soportó al ver cómo le permitían ganar en las cotas de Spa le invadió. "Ahora soy maduro y he llegado a un momento de mi vida en el que si no gano una carrera no me enfado". Lo que le cabrea es la permisividad. No quiere que le pongan las cosas fáciles, por eso lo del tatuaje. Peleón sublevado que disputa hasta los entrenamientos. Así se ganó su apodo, 'Mimosa'. Viene del film 'Une époque formidable', un éxito taquillero en los cines franceses, la película favorita de Sylvain Chavanel. A su protagonista, Mimosa, lo imita a la perfección y un día, en una sesión preparatoria con el resto de sus entonces compañeros en juveniles se lo dijeron a él cuando atacó en un descenso emulando una escena de la película. "¡Frena, Mimosa, frena!". Le dijeron al pícaro Chavanel. No lo hizo, siguió hacia adelante, ambicioso. Siempre ha sido así.


También camino de la estación des Rousses, con su compañero y amigo Jerome Pineau en cabeza junto a Danilo Hondo. Le flaqueaban las fuerzas al veterano francés y Chavanel, compartiendo grupo de batida no lo dudó. Ante Garate, Cunego, Lloyd, Dani Moreno o Dumoulin no podía hacerlo. Arrancada. No tardó en coger a Hondo, ya en decadencia, y poco después a su amigo Pineau, agonizante le jadeó. "¡No frenes, Mimosa!". Un poco más. Por detrás destapaba entonces Valls poniendo nombre y apellidos a la esperanza. Diamante en bruto que llegó a acariciar a Chavanel a medio minuto. Así coronó Lamoura pero quedaban cuatro kilómetros llanos que abrieron la brecha y sentenciaron el triunfo de Chavanel, el segundo. El bueno. El que viene del camino de las cotas de la Lieja donde se partió la base del cráneo. Cinco cicatrices adornan su rostro. No le cambian la mirada ante la película de su vida, la que viene de ocho años pacientes para saldar su deuda en el Tour, la de la cabeza fracturada en la Lieja, el terreno donde hace unos días acabó reivindicándose con un triunfo concedido, regalado tanto como el liderato que un día le duró y que ahora recupera con gloria repetida. Esta sí, de las buenas. La época formidable de Mimosa.



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