VIDEO.Lieja-Bastogne-Lieja: Vinokourov, arcaico naipe ganador

Atacó a 15 kilómetros para el final y seguido por Kolobnev puso tierra de por medio con Alejandro Valverde, Evans y Gilbert para soltar al ruso del Katusha en Saint Nicolas y entrar en solitario en meta
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Evidencia Alexandre Vinokourov un matiz de tono añejo, primitivo casi. De solera. Los repliegues que rompen con la firmeza de su viso son sus más crueles delatores. Cada estría modelada en su frío rostro es un surco, cuán fino hilo colgado en el vacío por el que ha tenido que pedalear. Equilibrista domado a base de piruetas sin fin. De idas y venidas, desde el cielo, el de las victorias en el Tour de Francia, al infierno, oscuro foso, un lecho de muerte casi por querer cabriolear con sangre traspasada. Dos años en el hoyo, otro medio más de incertidumbre, de vetos, de verse como el 'non grato' del pelotón. De sentirse despreciado. No querido. Pero siempre con un carta ganadora en la mano, divino portento y propiedad curativa. Milagrosa incluso cuando en una fría tarde de septiembre colgó el cartel del final de su película sobre las dos ruedas. Retirada obligada. Entonces también adosaba a su mano el naipe ganador con el que había reventado en la Lieja-Bastogne-Lieja del 2005 a Jens Voigt. Ese mismo as triunfador que le hizo marcar la diferencia en la glamourosa llegada a París del Tour de aquel mismo y glorioso año del kazajo. Mágico. Como el dorado de la Vuelta a España un año después. El todo antes de la nada. Del pozo sin fondo para cualquier ser viviente con sangre circulando por las venas. Fría la suya. Dura y amarrada a la carta ganadora para regresar del inframundo. Para glorificarse de nuevo. De Saint Nicolas al cielo. Encumbramiento con naipe triunfador.


Entre sus patas de gallo y fría tez, inexpresiva y flemática guarda Vinokourov su flujo más caliente. Cuece el frío kazajo al candor de su asesina mirada, esa que todo lo que acecha acaba sucumbiendo a su portento y arcaico pedalear. El mismo de antes. Nada ha cambiado. Sólo unas cuantas hendiduras que dan relieve a su rostro. Surcos donde ha ido cocinando a fuego lento su sangre explosiva y de espectáculo sin igual. A ritmo pausado la hirvió cuando volvió a ver los rayos de sol del maillot de Astana lucir sobre su piel. Otra vez en casa. Recién llegado en vuelo directo desde el infierno pero con carta ganadora en la mano. Garantía de éxito. La fue cocinando a pasos hasta llegar al Giro del Trentino, chivo expiatorio y golpe de gracia, el de su as en la manga que por doce milésimas decantaron de su lado de la mesa el triunfo final. Un simple aviso. Hasta llegar a la cota de la Roche aux Faucons, allí donde se acabó una Lieja-Bastogne.-Lieja, la de la escapada madrugadora de Alan Pérez con Dries Devenyns, Nikki Terpstra, De Gendt y Bellemakers y el acelerón de Carlos Barredo y empezó la otra, como película en dos partes dividida que dio su primer y taquillero pase con la arrancada de las piernas de portento de Gilbert y las espigadas de Andy Schleck.


Ataque de Vinokourov

Réplica de extenuante trabajo el de darles caza a dos de las grandes bazas entre la baraja de favoritos que esperaba a ser repartida por una mano inocente que racionara los rectángulos de cartón entre la Redoute y el repecho final de Saint Nicolas. Le tocó a Alexander Kolobnev la indeseada labor de convertirse en presa de caza, casi al azar, cuando Contador atacó a Evans, Nibali y a Igor Anton. Una simple prueba. Test de fuerzas que controlaba, metros más atrás Alexandre Vinokourov mientras hervía su sangre entre los surcos fríos de su rostro flemático. Impenetrable. Cálculos los del frío kazajo mentales, de simples miradas a cada paso que el grupo perseguidor se acercaba a Andy Schleck y Philippe Gilbert. Gaseado el luxemburgués en el segundo intento del vertiginoso ciclista del Omega-Pharma. Pero para cuando esa alegación a sí mismo le dio tiempo a ponerla encima de la mesa, todo un turno había ya corrido entre el resto de jugadores. Tanda resolutiva para la partida de cartas en la que Vinokourov derramó su sangre. As rojo abrasador al que solo las pedaladas de Kolobnev pudieron agarrarse. Dos fríos ciclistas destacando en las altas temperaturas.


Ese rojo lo tenía tapado Alejandro Valverde cuando a ochenta kilómetros para el final la rueda trasera se disparó de la bicicleta para enviarle al suelo. Regalo de su treinta cumpleaños para el murciano, las primaveras que estrenaba en su carnet de ciclista, el que todavía la UCI no ha conseguido arrebatarle. No vio la sangre Valverde. Solo sentía la tirantez. Con ella se agarró a la rueda explosiva de Gilbert, garra poderosa y a Cadel Evans, esperando su turno para lanzar una nueva carta a la mesa en la que pesaba la baza de Vinokourov y Kolobnev. No les llegó el tiempo, partida acabada con el medio minuto del que disfrutaba la pareja de fríos ciclistas, hechos brasa de fogata. Incendio provocado desde la fría Europa. Más caliente que nunca cuando Contador refrigeraba a Andy Schleck, Igor Anton y el resto de perseguidores con un minuto de castigo a los pies de Saint Nicolas. La cuesta del éxito y el fracaso a la par. Del camino al cielo o el sucumbir ante la derrota más cruel.


Hasta allí llegaron Vinokourov, carta triunfadora en la mano, y Kolobnev, ancas de clásicas enfervorizadas tras una semana de notable presencia en las Árdenas. Siempre en la cocción de las victorias. Siempre cocinero de triunfos. Pero nunca catador. Supo por eso elegir buen compañero Vinokourov cuando decidió sacar toda esa sangre caliente ente su helado cuerpo. Solo necesitó un ataque con adelantamiento previo a los pies de Saint Nicolas, a las puertas del paraíso de la Lieja-Bastogne-Lieja para estancarle. Abatido y sin circulación venosa se quedó Kolobnev. Soldado muerto en batalla por culpa de una carta. La que siempre ha llevado Vinokourov, el añejo, en la mano. La que le faltó a Valverde para seguirle y no necesitó en la pelea por el tercer cajón del podium frente a Evans y Gilbert. La que Contador se guardó, por inteligencia y favor pendiente para el mes de julio, allí donde Vinokourov deberá olvidarse de su instinto ganador y poner su carta, esa añeja y siempre ganadora, al servicio de las balas del pistolero de Pinto.



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