Vuelta País Vasco.3º etapa:El incesante espectro de Alberto Contador

Alberto Contador se llevó la etapa reina con un ataque en las rampas de Arrate que le valió para vestirse de líder, seguido a nueve segundos por Cadel Evans, Samuel Sánchez y Toni Colom
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Vuelta País Vasco.3º etapa:El incesante espectro de Alberto Contador
Vuelta País Vasco.3º etapa:El incesante espectro de Alberto Contador

Fotos: Rafa Gómez

Cuentan los eibartarras, gentes honestas y gran apego por sus creencias, mientras giran su mirada hasta el alto Deba que una virgen se apareció en el monte de Arrate a un pastor que guardaba el remanso de sus ovejas en una fría tarde primaveral. Sus convecinos decidieron enaltecer de por vida aquella aparición erigiendo una basílica en su honor, la de Arrate. Devotos. Fidedignos a una visión. Por la lejanía y la dificultad orográfica de la montaña, se decidió trasladar la construcción a Azitain, talón del corpulento torso de cunetas reviradas hasta los más de 500 metros sobre los que se eleva la colosal roca guipuzcoana. Pero, con los primeros muros levantados, la virgen volvió a hacer acto de presencia, enojada. Su sitio debía emplazarse en lo más alto del monte eibarrés. Nada de suelo terrenal. Cerca del cielo. Así lo quiso también Alberto Contador. Espíritu constante. Pesadilla para los escaladores. Aparecido incesante en cada cuneta encorvada que mira hacia el cielo, como la que conducía a los vestigios del Santuario de Arrate, donde su patrona encontró el enclave que deseaba tras sus apariciones. Como el tirador madrileño. Con la Vuelta al País Vasco decantada a su favor. A su vera. La de sus ataques, dados por buenos y valederos para asestar el primer golpe de efecto a la ronda vasca.

 

Contragolpes a base de apariciones espirituosas. Constantes cuando las carreteras se empinan. Predecibles ya. La pesadilla de todo contrincante que observa impasible su propia muerte lenta y dolorosa, al ritmo de la cadencia bailona del nuevo Dios del ciclismo que se escapa, irremediable a construir su propio templo, sobre las bases de sus finos músculos, indelebles en apariencia, pero colmados de poder. Mito y leyenda. Igual que la de Arrate, levantada al antojo de la virgen eibarresa. Deseos de poder. De pretensión. También los de Contador y el Astana que comenzaron a colocar las primeras piedras de la capilla que el madrileño debía finiquitar en el final de la etapa al tomar las riendas de la obra, capitaneada sobre el papel por el Caisse d? epargne de Luis León Sánchez, líder tímido, agazapado entre el pelotón que seguía la estela de Johann Tschoop y Nicolas Roche, los dos últimos supervivientes de la escapada de siete, hormigonera que preparó el cemento para las rocas que el Astana portaba camino de la subida final. Ángeles vestidos de azul turquesa que arrastraron a todos los favoritos a la victoria final, muros impenetrables, hasta el dúo de cabeza. Como los hombres dirigidos por Sean Yates.

 

Luisle sufre

Fueron los mismos querubines que llevaron consigo, piedra por piedra todos los materiales hasta la cima de Arrate para que allí, los grandes maestros de la arquitectura terminaran de rediseñar el monasterio al anhelo de su virgen. Artistas. Contaron con la ayuda de bueyes de carga, los de Katusha y el Euskaltel-Euskadi, generosos animales de carga para sus jefes de proyectos, Samuel Sánchez y Toni Colom. Juntos acercaron las rocas que pretendían coronar con campanas hasta las inmediaciones de Arrate aferrándose a la esperanza de no verse asaltados por espectros inmundos que desbarataran su costosa obra en la ascensión reina. Previsible era. A veces el ciclismo también se aferra a las matemáticas. A la lógica. La de Alberto Contador y sus demenciales y mortíferas apariciones. Visiones inoculares. Certeras. Tuvieron sin embargo que esperar a las últimas rampas de la jornada, donde Ixua agonizaba su nombre para rebautizarse en sus últimos kilómetros, abarrotados, con el nombre de la virgen arratiarra para ser testigos de la aparición estelar del disparadero de Contador.

 

Hasta allí cedió el viraje de las obras a Chris Horner, efectivo capataz que aceleró el ritmo para dejar a Luis León Sánchez descalabrado, sin tiempo para plegarias y oraciones a la virgen que ya mecía el cielo al deseo de Alberto Contador.  Sólo Toni Colom y Damiano Cunego fueron capaces de apegarse a las diabólicas ruedas del norteramericano del Astana. Endemoniado. Su criba hizo aparecer los fantasmas del miedo en Samuel Sánchez, que sufría para no descolgarse. Con el desplome de Horner, Contador proseguía entre sábanas, esperando a hacer su estelar irrupción, lo que permitió a Schleck, Gesink, De la Fuente y el propio Samuel a reengancharse al grupo cabecero. Eligió el madrileño las rampas escarpadas agolpadas de banderas para lanzar su ataque. Así, entre los gritos de la marea humana provocó el delirio, producto del espejismo de sus rivales, con un demencial ataque. Inaguantable. De ahí hasta maneta. Imagen ya vivida. Como la segunda de las visiones de los vecinos de Eibar con su venerada virgen de Arrate. Victoria anunciada la de Contador, el incesante y continuo espectro. Rey de toda montaña. Dueño del cielo del ciclismo. ainara@ciclismoafondo.es



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