Así nació el mito del Tourmalet en el Tour

Este sábado la 14ª etapa del Tour finaliza en la cima del Tourmalet, una montaña legendaria que cambió la historia de esta prueba. Recordamos aquí como fue la primera ascensión a este coloso pirenaico.
Fernando Belda
Así nació el mito del Tourmalet en el Tour
Así nació el mito del Tourmalet en el Tour

El Tourmalet –final este sábado de la 14ª etapa- no es la montaña más alta, ni la más larga, ni la de mayores pendientes de las que se ascienden en el Tour… y sin embargo es la más legendaria. Sus rampas han sido escenario -desde que Octave Lapize lo coronara por primera vez en 1910- de mil y una historias para recordar en la Grande Boucle.

Empezando por la de Eugéne Christophe en 1913, cuando rompió la horquilla de su bicicleta en el Tourmalet y tuvo que repararla él mismo –tras cargar con ella al hombro durante 14 km- en una forja en Saint Marie de Campan. Y podríamos hablar largo y tendido de las ascensiones que en esta montaña firmaron Ottavio Bottecchia en 1924, Lucien Buysse -con la cima nevada- en 1926, Fausto Coppi, Jean Robic, Bahamontes -quien lo coronó destacado en cuatro ocasiones-, Van Impe, Pedro Delgado en el Tour que conquistó en 1988…

También su descenso está impregnado de la mejor épica ciclista. Bajando esta montaña, en 1969, Eddy Merckx empezó una de las más portentosas exhibiciones que jamás se hayan visto [17ª etapa: Luchon-Mourenx. Siendo líder destacado, y tras una cabalgada en solitario de 140 kilómetros, aventajó en ocho minutos a sus perseguidores: Pingeon, Poulidor, Gimondi…]. Y en 1991 Miguel Induráin comenzó a ganar también en su descenso –camino de Val Louron- el primero de sus cinco Tours.

El Tourmalet se puede ascender por dos vertientes, hasta llegar a los 2.115 metros de altitud de su cima: por Saint Marie de Campan, la ruta más conocida, donde se encuentra la estación de esquí de La Mongie, y por Barèges, de carretera algo más estrecha. En el primer caso son 17,2 km de subida con una pendiente media del 7,4%; en el segundo (por donde los ciclistas transitarán este año), 18,4 km al 7,6% de media.

Así nació el mito del Tourmalet en el Tour

Nuevos desafíos

El Tour de Francia, que nació en 1903 para relanzar las ventas del diario L´Auto, había sido un éxito en sus primeras ediciones. Desde el primer momento, los franceses siguieron con pasión esta prueba, a medio camino entre la competición deportiva y la aventura, y los sufridos ciclistas adquirieron categoría de héroes. Las vibrantes crónicas de Geo Lefévre, redactor jefe de ciclismo, encendían a los lectores y disparaban las ventas del diario.

Pero Henri Desgrange -el director de L´Auto, considerado el padre del Tour- quería más. “Épica, sacrificio y gloria” era su máxima. Siempre buscando los límites, decidió dar una vuelta de tuerca a su locura introduciendo las primeras dificultades montañosas. En 1905 el Tour aborda por primera vez la montaña con la ascensión al Ballon de Alsacia, en los Vosgos, 9 km al 6% de media. Lo coronó destacado René Pottier, el único que soportó toda la subida encima de la bicicleta. Hizo la ascensión a 20 km/h pero tuvo que abandonar al día siguiente, roto de dolor por los calambres.

Tras aquella experiencia Desgrange, entusiasmado, sentenció: “A partir de ahora, nada es imposible. El Tour debe ser la más grande prueba de divulgación que haya habido jamás”. En 1906 la carrera realiza una breve incursión por los pequeños Alpes. Y en esta búsqueda continua de nuevos desafíos llegamos, cuatro años después, a un momento que cambió para siempre la historia del Tour. Y todo comenzó con una mentira...

Una mentira que cambió la historia

En enero de 1910 Desgrange se reunió con sus colaboradores para planificar la octava edición del Tour y buscar nuevos escenarios. El periodista Alphonse Steinès soltó a bocajarro su propuesta: que la carrera cruzara los Pirineos, por aquel entonces una zona inhóspita y deshabitada, con caminos de tierra en ruinoso estado e incluso con osos campando por las cimas. “Usted está loco”, le espetó el patrón de la carrera. Pero Steinès era un tipo obstinado y, deseoso de añadir una nueva dimensión a la prueba, insistió en su propuesta.

Desgrange sabía que las incursiones por la montaña habían sido un éxito de público, pero a la vez temía que aquellos colosos pirenaicos (Peyresourde, Aspin, Tourmalet y Aubisque) fueran excesivamente duros para los ciclistas. Accedió con una condición: que su colaborador examinara el recorrido de la futura etapa y comprobara que aquellas carreteras eran transitables. Meses después, pasado el crudo invierno, Steinès alquiló un coche con chófer y viajó al sur de Francia, a lo que hasta entonces era territorio desconocido y salvaje.

El Peyresourde y el Aspin los pudieron atravesar sin problemas, pero el Tourmalet, con su cima aún cubierta por la nieve, no iba a resultar tan sencillo. Los nativos del lugar le intentaron disuadir, pero Steinès no se amilanó. Ascendieron por aquel camino en pésimas condiciones hasta que, a cuatro kilómetros de la cima, la nieve y el hielo convirtieron la senda en totalmente impracticable. El chofer, asustado, se negó a continuar. “Dé usted la vuelta y espéreme en Barèges. Yo sigo a pie”, le dijo el periodista.

Así nació el mito del Tourmalet en el Tour

Jacques Anquetil en el Tourmalet, en una imagen de principios de los años 60.

Con la noche a punto de caer se aventuró, con zapatos de calle y un bastón en la mano, ladera arriba en busca de la cima. En medio de la oscuridad, con la nieve cubriéndole las rodillas, andando entre barrancos y con el peligro de los osos al acecho, Steinès consiguió recorrer los cuatro kilómetros que le separaban de la cumbre e iniciar el descenso camino de aquella localidad.

Horas después, en plena madrugada, una batida organizada por el chófer le encontró exhausto y aterido de frío, en las inmediaciones de Barèges. Tras tomar un baño caliente y comer con voracidad, envió un telegrama a París, a la atención de Henri Desgrange. “Atravesado Tourmalet. Muy buena ruta. Perfectamente practicable”. La mentira que cambió para siempre la historia del Tour de Francia.

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Noventa minutos de agonía

El 21 de julio de aquel año el Tour transitaría por primera vez por esta montaña, como parte de una etapa infernal (Luchon-Bayona, 326 kilómetros), en la que se habrían de subir, uno tras otro, los cuatro grandes colosos pirenaicos, además de otros puertos de menor entidad como Soulor, Tortes y Osquich. A las tres y media de la mañana se dio la salida y, tras superar el Peyresourde y el Aspin, dos franceses se encontraban destacados a los pies del Tourmalet.

Sobre un terreno de piedras y tierra, tardarán noventa minutos en ascender sus más de 17 kilómetros. Para Octave Lapize y Gustave Garrigou son noventa minutos de agonía y lucha contra lo desconocido. El primero alterna tramos sobre la bicicleta con otros, los más duros, andando con ella a cuestas; el segundo se coloca de pie sobre los pedales una y otra vez, y se resiste a bajarse pese a las dificultades que tiene en ocasiones por mantener el equilibrio. Lapize pasaría a la historia del Tour como el primer ciclista que coronó este monstruo de más de 2.000 metros de altitud; Garrigou, como el único que realizó toda la ascensión sin poner pie a tierra, lo que le valdría un premio de 100 francos.

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Octave Lapieze, en la primera ascensión al Tourmalet

Son las siete y media de la mañana y aún les quedan 250 km por delante, incluída la ascensión al Aubisque. En la cima de este puerto, al borde de la asfixia y con los músculos temblando de dolor, Lapize se baja de la bicicleta y lanzándosela a uno de los organizadores le grita con rabia: “Asesinos, sois unos criminales”. Tras numerosos desfallecimientos y recuperaciones, el bigotudo Octave Lapize vence en Bayona por delante del italiano Albini. Había tardado 14 horas y 10 minutos en completar la etapa.

Tras ellos fueron llegando, durante horas, el resto de los corredores, muchos de ellos en un estado tan lamentable que hubo que llevarles en brazos a los albergues. El posterior día de descanso lo pasó el vencedor en su hotel de Bayona tumbado y con sus destrozados pies en una palangana con sales y vinagre. A su lado, Gustave Garrigou lee en voz alta las inflamadas crónicas sobre la etapa pirenaica de Desgrange, Steinès y Lefévre en L´Auto.

Una semana después, Lapize -1,65 metros y físico robusto- se proclamaría vencedor del Tour de Francia 1910. Sargento de aviación en la Primera Guerra Mundial, encontró la muerte el 14 de julio de 1917 cuando el avión que pilotaba cayó abatido sobre Verdún. En su cuerpo se encontraron cinco balas; una le había atravesado el corazón, el mismo corazón fuerte y poderoso que impulsó a sus piernas a hacer historia sobre las rampas del Tourmalet.

Desde aquella primera ascensión han pasado 109 años y este gigante pirenaico se ha convertido en el puerto más frecuentado por el Tour (se ha ascendido en 86 ocasiones), en escenario de hazañas sublimes y descomunales flaquezas, en la montaña más emblemática de esta prueba, pese a no ser la más alta, ni la más larga, ni la de mayores pendientes.

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