El huésped viajero

El Blog de Luis Pasamontes

Luis Pasamontes

El huésped viajero
El huésped viajero

En ese momento una de mis hermanas, Begoña, vivía en Asturias. Los otros dos, Auri y Ángel estaban fuera.  Mi madre me enseñó a pedir ayuda únicamente cuando no tuviera más posibilidades, pero intentarlo antes por mi mismo siempre. Al principio ir a entrenar a Luanco los fines de semana, era posible. Autobús hasta Oviedo, allí transbordo para Avilés y desde allí mi director Tino me llevaba en coche hasta Luanco. Pero comenzó a complicarse la cosa y aparecieron las primeras dificultades. Llegaba el momento de apartar la vergüenza, la timidez y pedir ayuda. Había ocasiones en las que mi cuñado Luis tenía que llevarme a los entrenamientos o carreras. Ahí pasaba un poco de vergüenza, pero lo llevaba más o menos bien, era de la familia. Un día me dejaron en el cruce de la autopista, donde me recogía Tino(director) para ir a una carrera. Cuando me iba le pedí a mi cuñado las llaves del  coche, porque se me había olvidado algo. Con los nervios me llevé las llave y cuando metí mi mano en el pantalón antes de correr, se me puso el pulso como si estuviera subiendo un puerto. En aquella época no había teléfono móvil, o al menos en mi entorno, comencé a pensar que habría pasado con mi hermana y mi cuñado. Aquella carrera no hice nada, solo pensaba en la que había liado. Al final volvimos al sitio donde les dejé, allí habíamos quedado para la vuelta y no podía ponerme en contacto con ellos antes. La incertidumbre era si habían estado horas esperando o habían podido solucionarlo. Se bajaron del coche riendo y con un “palo” bromeando jajajaj.

En ocasiones pienso como he ido mejorando mi inteligencia interpersonal y la importancia que ha tenido el deporte en ello. Como os he contado, anteriormente en otros post, mis inicios en el ciclismo no fueron del todo fáciles. Desarrollándose la mayor parte, por no decir la totalidad, de competiciones en la zona centro de Asturias, me veía obligado a “pedir ayuda” en muchas ocasiones. Viajar hasta Oviedo o Gijón no era complicado, tenía el autobús. El problema era para desplazarme de las estaciones a las salidas de las carreras o poder regresar dentro de los horarios establecidos por la compañía de transportes. Era un niño tímido, vergonzoso, después cuando cogía confianza todo cambiaba, pero al principio me costaba. Me di cuenta que tenía que cambiar, que tenía que comenzar a empatizar con la gente desde el principio y a no pasarlo tan mal en los primeros encuentros con personas. De eso dependía mi continuidad, de eso dependía el poder seguir con mi pasión, seguir disfrutando del ciclismo en su totalidad. O cambiaba mi forma de ser o lo iba a pasar francamente mal.

Tuvieron que caminar hasta una casa para que les dejaran un teléfono fijo, llamar a su padre y que le acercara un juego de llaves de repuesto. Madre mía, que desastre, aunque para las veces que tenía que ir de coche en coche o de bus en bus, no me ocurrían demasiadas cosas. Eso sí, cuando la liaba, la liaba bien. Cuando mi cuñado Luis no podía llevarme por trabajo, era su padre o su propia hermana la que lo hacía. Su hermana incluso se llevaba los libros para estudiar mientras yo hacía el entrenamiento, pufff os aseguro que sentía una mezcla de emociones tremenda. Por un lado feliz y contento de poder seguir con el ciclismo, de ver lo que la gente estaba dispuesta a hacer por mi. Por otro lado avergonzado de cambiar la vida de las personas. Otras veces era el padre de algún compañero como Adrián, Borja o Ricardo, los que me dejaban una plaza en sus coches. La verdad que sufría cada vez que tenía que llamarlos para quedar, cuando colgaba el teléfono o me decían la hora y el lugar, respiraba, todo había pasado. La cosa se complicaba cuando después de una carrera, no podía regresar a casa. Algunas terminaban por la tarde y hasta que alguien me podía llevar a la estación, se pasaba la hora límite para coger el último autobús a Cangas del Narcea. Entonces mi director Chus, mi director Maxi o algún compañero como Julián, me habrían de par en par sus hogares para pasar la noche y viajar al día siguiente por la mañana. Conocía a todos sus familiares, a sus mascotas, era uno más de la familia. A veces miraba el reloj una y otra vez, no quería molestar, quería poder ir ese mismo día a mi casa. Ellos estaban encantados de ayudarme, “no te preocupes Luis, duermes con nosotros”. Cuando llegaba a medio día antes de competir se enteraban y eso que intentaba ocultarlo para no dar la lata.

Mi plato de pasta, mis pechugas de pollo no faltaban en sus mesas. Incluso Esperanza, la mujer de mi director en junior Chus, puso mi nombre a una ensalada que me encantaba. Una ensalada que siempre hacía cuando sabía que yo me quedaría a comer o cenar en su casa. Llevaba manzana y salsa rosa, la siguen llamando “ensalada de Luis”. Es común cuando ahora sus nietos van a comer, preguntarles si les apetece una ensalada de las de Luis. También os he hablado en alguna ocasión del gran Fran, el dueño de la tienda de bicis donde reparaba. Siempre dispuesto a ayudarme y a facilitarme todo. Cuando llegué a Madrid y hasta que me saqué el carnet de conducir, les tocaba el turno a mi hermano Ángel y a mi hermana Auri. Mi hermano estaba en la edad de salir, de disfrutar con sus amigos y le fastidiaba al pobre los Domingos por la mañana. Además las carreras eran muy temprano y a las 7.00 de la mañana lo tenía en pie. Le he quitado horas de sueño y salidas con sus amigos. ¿Qué os parece?, todas estas personas han hecho posible todo en mi vida, les debo mucho, ellos son una parte más de todos los maillots que he vestido en mi carrera deportiva. Luchar por lo que de verdad os gusta, pedir ayuda, vencer los miedos o esas carencias que a veces tenemos, como mi timidez al principio, os daréis cuenta de la cantidad de personas que no os dejarán sol@s y que están dispuestas a acompañaros.

@pasamontesluis

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