Un día azul

El blog de Luis Pasamontes

Luis Psamontes

Un día azul
Un día azul

Me encantaba aquel maillot, no quiero decir que no me gustara el de mi equipo, pero aquel era especial, era único, era el del Campeón de Asturias. El año anterior lo portaba ni más ni menos que Samuel Sánchez, en su segunda temporada como junior. Samu es un año mayor que yo, siempre coincidía mi primer año, con su segundo año. En aquella época era el ciclista a tener en cuenta, sabías quienes eran sus familiares, siempre cargados con trofeos y ramos. Yo soñaba con poder vestir aquel maillot y ese era el año, era mi objetivo, mi deseo. Tenía 17años, cada temporada era un aprendizaje, pero me marcaba objetivos asequibles en mis segundos años en las distintas categorías. Los mayores pasaban a otro curso y había más opciones de hacerlo bien y de seguir creciendo. Cuando entrenaba, pensaba como me sentaría el azul con los colores del equipo, con las gafas, con el casco o con las…bueno con las zapatillas no, aquellas tenían que aguantar alguna temporada más. Como cada fin de semana me dirigí en el bus a Oviedo y allí transbordo para coger otro a Gijón, donde me esperaba Chus con el coche de equipo. Destino Ujo, muy cerca deMieres, un bonito pueblo de la cuenca minera donde se pondría en juego el título. Sí, llegaba el día, para mi era un Campeonato del Mundo en aquel momento, había entrenado bien, pero estaba nervioso. El día estaba espléndido, hacia muy buen tiempo, aquellas carreteras con lluvia hubieran sido una pista de patinaje, el cielo azul, como el maillot. El recorrido un circuito exigente, con varias subidas y donde seguro se seleccionaría la carrera. Mi madre no había podido venir a verme, siempre que podía me acompañaba, pero aquel día no pudo. Cuando me despedí de ella en casa, la di dos besos y me dijo lo de siempre; “hijo ten cuidado no te caigas y hazlo lo mejor que puedas”. Nunca me decía que ganara, solo quería verme contento cuando llegaba a casa. Pero sabía que la “maglia azul” me hacia especial ilusión, la había hablado de ella. Uno de mis rituales era calentar mis rodillas, antes de competir y entrenar.

Los fantasmas de la lesión aparecían de vez en cuando y aunque estaba recuperado totalmente, costaba quitar de la cabeza ciertos recuerdos. Comencé a prepararme, en mi bolsillo derecho nunca faltaban unas imágenes plastificadas de la Virgen del Carmen y la del Acebo, siempre me acompañaban, cinta en la frente bajo el casco y gafas con cristal trasparente, era una manía. Silbato del juez, sonido de más de un centenar de “calas” entrando en los pedales y arrancamos. Uno de mis compañeros hizo la carrera dura, Enrique arrancó desde las primeras vueltas y en algunos momentos pensamos que podía llegar. Se acercaba la última subida, veía como nos aproximábamos a él y mi mano sobre la maneta lista para bajar un par de piñones, lanzar un ataque. Me agarré a la parte baja del manillar y agaché la cabeza para ejercer menor resistencia, sabia que estaba haciendo daño, dejé de oír ruidos de cadenas y de cambios, significaba que nadie venia a rueda. Miré entre mis codos y vi un casco tomar la última curva de la subida, antes de comenzar el descenso. Me lancé hacia la meta, no pensé en ningún momento que me pudieran atrapar, a no ser que tuviera una caída o una avería. No se podía bajar mucho más rápido sin irte al suelo, los metros alcanzados en la subida me servirían para poder llegar en solitario y levantar los brazos al cielo.

Mientras giraba de nuevo hacia la linea de meta, pensaba que aquel maillot azul que llevaba Samuel seria mío durante un año. Había ganado mi Campeonato del Mundo, otro objetivo, otra ilusión cumplida. Había conseguido vencer por delante de Bernabé y Pablo, dos grandes corredores que no me lo habían puesto fácil, era el maillot azul, lógico. Que largo el viaje de vuelta en autobus, quería llegar a casa, compartirlo todo con mi madre. Llamé al telefonillo,  en el ascensor me enfundé encima de la ropa el maillot, en una mano el ramo, en otra la bici y la mochila a la espalda. No hizo falta llamar al timbre, el grito de mi madre hizo el resto. Siempre le hacían especial  ilusión las flores que traía y eso que no eran para ella, ojalá lo fueran. Ese día no llovía, hacia sol, por eso mi maillot no era arco iris, era azul.