Ben Hermans: El campeón tranquilo de la Israel Cycling Academy

El Blog de Rafa Simón
Rafa Simón -
Ben Hermans: El campeón tranquilo de la Israel Cycling Academy
Ben Hermans: El campeón tranquilo de la Israel Cycling Academy

Su hablar es tan pausado como su caminar. Le enseñaron a no tener prisa. El mercado central (Grotte Markt) de Hasselt, situado en pleno corazón de Limburgo, se pisa en baldosas color ceniza. Mojadas, aún acentúan más el reflejo de un cielo plomizo que se hace cargo de la ciudad casi todo el año. Alrededor de la plaza, las casas son bajas, de tejado tan ocre como picudo. Entrelazados, los bares agrupan individuos de tez pálida, pero de tinte alegre. Entornados sobre una barra de madera, con una “Jupiler” en la mano. Sobre todo los fines de semana, cuando juega el Racing Genk.

Ben empezó siendo uno de esos niños que daban patadas a un balón en cualquier callejuela, con el sueño de alcanzar un día la atención del Genk, pero pronto optó por dar zancadas entre el barro y la hierba que rodea la ciudad hasta que, una lesión en la rodilla, motivada por el crecimiento de adolescente, le llevó a sentir la llamada de lo que se veía en su casa. Nada que ver con el fútbol, sino con la tradición de observar a su padre animando a sus corredores preferidos en las clásicas de primavera.

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Sin embargo, sus pedaladas nunca fueron serias. Los estudios mandaban. Las idas y venidas a Rooselare, para correr con el Beverem 2000, a dos horas en coche de su casa, se hacían muy pesadas, y su posterior fichaje por el Davo se hacía irregular para poder compaginar sus estudios en Gante. Pero tenía motor. Tanto que, tras un año en el Topsport Vlanderen, la escuela discreta del ciclismo flamenco, Johan Bruyneel se interesó por él, firmando sus servicios para el RadioShack.

El equipo organizó la primera concentración de la temporada en diciembre de 2009, en Arizona, al oeste de Estados Unidos, pero una lesión fortuita en un pie en su propia casa le dejó en muletas dos días antes de partir. Tuvo que esperar dos meses para presentarse en la siguiente concentración ante Bruyneel. Ansioso por causar buena impresión, acudió sobre entrenado para la época. Bruyneel escrutó a su pupilo. “Chico, no te aceleres tanto. Para empezar, no vas bien en la bici y te puedes acabar lesionando. Baja el sillín dos dedos”, espetó a Ben.

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En aquel Training Camp, rápidamente, se sintió muy pequeño. Muchos de los corredores más destacados de la época corrían allí. De él se encargó un tipo tan enjuto como serio. Un vasco que hablaba poco, pero que le enseñó a instrumentalizar la mirada, mientras trataba de contagiarle su calma. “No te apresures. Si hoy no cogemos la bicicleta no pasa nada. No se te va a ir la forma por una semana”, le repetía. Ben aprendió a cuidarse viéndole cenar. Por aquella época, la nutrición en el ciclismo apenas empezaba a dar sus pasos. Pero luego estaba él. Lance Armstrong. Todo en el equipo giraba en torno al americano. Era una súper estrella. Su primer diálogo fue en el desayuno previo a la disputa del Criterium Internacional, en marzo de 2010. Lance levantó su mirada y la dirigió hacia él, hipnotizándole en tan sólo un instante. Con un gesto le indicó que se acercara. Ben se inquietó. “Chico, hoy vamos a tener las cuatro estaciones del año, así que prepárate a tener frío, calor y lluvia el mismo día”, le dijo. Ben asintió con timidez, pero el americano no había terminado. Horas después, en plena disputa de la primera etapa, el americano se aproximó a él: “No he venido en buena condición física así que no quiero que te preocupes de lo que pueda necesitar. Yo me apañaré. Dedícate a disfrutar. Por mi parte tienes total libertad”, zanjó ante los ojos atónitos de Ben, que entendió que el americano, a pesar de todo lo que se dijera, era un tipo leal al equipo, que se preocupaba por los suyos.

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Pero el momento más especial en Radioshack llegó el año siguiente cuando, tras regresar del tour Down Under, donde tuvo que trabajar para Robbie McEwen, acudió a la Challengue de Mallorca. Se sentía bien y, sin dudarlo, buscó una fuga en una carrera montañosa que se le adaptaba bien. Su triunfo fue celebrado pero supo mejor en el hotel cuando, al entrar por la puerta, recibió los aplausos de todos sus compañeros.

Aprendió que, detrás de grandes nombres, eran tipos sencillos, como él. Incluso su adorado Haimar. Aun se estremece al recordarle, tras aquella terrible etapa en Andorra, en aquella Vuelta que ganaron con Chris Horner, en 2013. Aquel día, el frio, tan inesperado como cruel, dejó fuera de juego a varios corredores, que tuvieron que retirarse por hipotermia. Entre ellos Zubeldia. Cuando Ben regresó al hotel, se encontró a Haimar en la cama de su habitación, aun tiritando, tres horas después de haberse tenido que bajar de la bici.

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Sin embargo, el equipo decidió no renovarle el contrato para el año siguiente y, cuando parecía que firmaría por el humilde Wanty, Allan Peiper, Mánager del BMC, se acercó a él tras disputar el Giro de Lombardía y le preguntó por su situación. “No puedo pagarte mucho, tengo el equipo lleno”, le explicó. Ben no discutió por eso. Su carrera quedaba enfocada de nuevo en el World Tour. Meses después firmó una justa renovación. Con el equipo americano viviría su mejor momento como ciclista. En 2015, acudió a la Flecha Brabanzona con el objetivo de ayudar a Philippe Gilbert. Para ello, se filtró en una fuga lejana, de las que evitan a los equipos representados en ella trabajar, pero que condenan a sus integrantes. Pero él, contra pronóstico, sobrevivió al ímpetu del Orica GreenEdge por llevar a Michael Matthews a un sprint de guion. Tras levantar los brazos, sintió lo más íntimo que un ciclista belga puede vivir. Triunfar en una clásica. Viajar ese día en el coche de su padre. Sentir su respeto. Y brindar con su familia esa misma noche, lejos de un hotel.

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Pero, meses después, durante la disputa de Gran Premio de Plouay, una caída marcaría su trayectoria para siempre. Un enganchón le llevó al suelo. El chasquido en su espalda fue instantáneo. Sin embargo, tras la visita al hospital, descartaron males mayores. Esa tarde, viajó con el resto del equipo en autobús. Incluso caminó hacia el aeropuerto. Pero, tras el vuelo, al llegar a casa, el dolor era insoportable. Fue llevado al Hospital más cercano donde pidió a los médicos que revisaran su espalda. Esa madrugada le diagnosticaron una doble fractura de vértebra. Fueron meses postrado en una cama. Días de dominar una cabeza que no entendía porque no podía moverse. Nunca ha podido sanar mentalmente aquella caída. Su cuerpo se recuperó. Pero su cabeza, tras cada carrera, le sigue pidiendo prudencia cuando los hombros de otros ciclistas entran en contacto con los suyos en el pelotón.

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Tras varios años en BMC, a finales de 2017, su teléfono recibió una llamada tan inesperada como exótica. Ran Margaillot, excorredor israelita, seguía cimentando una estructura que apoyaba el ciclismo en su país: El Israel Cycling Academy. “Ben, tu puedes enseñar mucho a los jóvenes valores de mi país. Además, seguro que nos das resultados”, le lanzó.

Ben no se lo pensó. Ya entrado en la treintena, llegaba en una edad perfecta para transmitir los valores que había aprendido de Haimar Zubeldia. Tras dos años, ha dado importantes victorias al equipo. Disputó aquel Giro que salió de Jerusalem. En aquella ocasión, compartió habitación con Guy Niv. Sintió los nervios de su compañero en su primera grande, en su país. También su dolor al tener que abandonar por un problema gástrico. Haimar le enseño que en una Vuelta por etapas, el mayor apoyo que tienes es tu compañero de habitación. Es el que escucha tu dolor, tus alegrías. Y Guy abandonó aquel Giro entre lágrimas.

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La Cycling Academy es un equipo de contrastes. Tan multicultural como extravagante. De vidas dispares, seleccionadas a dedo por todo el mundo. La que más le ha llamado la atención es la de Awet, un simpático eritreo de nacionalidad sueca que tuvo que escapar de su país. Abandonó el amparo de su familia hasta darse de bruces con la fría Europa, llegando a vivir en la calle. Awet le ofreció su sonrisa y sus buenas piernas para ganar un nuevo Tour de Austria. Ben, a cambio, siempre le ofreció sus consejos, igual que a Guy o al resto de sus compañeros. Transmite la calma de Haimar. La misma con la que camina por la concurrida plaza de Hasselt. Con un semblante amable que acompaña un hablar tan pausado que embauca. Es la tranquilidad aprendida de Ben Hermans.

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