David González: Velocidad en aumento

El Blog de Rafa Simón
Rafa Simón -
David González: Velocidad en aumento
David González: Velocidad en aumento

“¿Eres feliz?”, volvió a repetirle Hugo. David apoyó la cucharilla sobre la taza. Sorprendido, le miró fijamente. La pregunta no era banal. Tenía un significado especial. Por un momento, se vio sobre aquella camilla, atorado en dudas.

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Hace años, Hugo le hizo le pidió que lo fuera. Que pensara por él, pero sin hacer daño a nadie. Antes de que tomara una de esas decisiones deportivas que puede aupar o estancar una trayectoria. En medio de aquel masaje, Hugo le puso en bandeja su decisión.

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Le dijo que, si dejaba el Froiz por irse al Caja Rural amateur, lo hiciera pensando en que allí iba a estar bien. Que eso no haría daño a nadie. Hugo, al apoyar al corredor en su decisión, nunca pensó en los intereses de su propio equipo, sino en que su todavía pupilo, mejorara.

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David, antes de apurar el último churro, sonríe a su amigo. Luego sopla. El trago sabe a calor, pero así aclimatará mejor un cuerpo que, en cuanto abandone el bar del hotel, se va a encontrar con una Murcia que escupe fuego desde primeras horas de la mañana.

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Hugo es especial. Fue el último empujón antes de tomar la decisión adecuada. Antes, vinieron otros. Anónimos. Jonathan, un vecino de su pueblo, de Fontiveros, le dijo a sus padres que “a ese crío le veía algo, que cuando echaba carreras a los mayores del pueblo les ganaba demasiado fácil, que le metieran en un equipo”. De ahí, hasta 11 años después, recalar en el Froiz. Portela, Hugo y Rubén le trataron bien, le ayudaron a imprimir velocidad a un cuerpo ancho, más propio de un rodador centro europeo que de un abulense condenado a entrenar en las montañas.

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En cuanto recaló en el Caja Rural amateur, Rubén Martínez “el Peri”, se encargó de él. De orientar ese chorro de velocidad hacia victorias aisladas en un calendario amateur donde siempre ha primado el guiño a los escaladores.

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Pero, la victoria más lograda, llegó en una cena. En Alsasua, a las afueras de Pamplona. Allí, el propio “Peri”, se acercó a David, y le alejó, por unos minutos, de una mesa plagada de deseos de todos aquellos chavales que soñaban con lo mismo que él. Era uno de los dos elegidos. “David, contamos contigo para que el año que viene formes parte del primer equipo. Para trabajar para los hombres rápidos. Y para aproximar a los escaladores hasta los puertos. ¿Estás con nosotros?”, le preguntó. Su respuesta la dibujó un brindis. Un abrazo con sus padres y su hermana el día siguiente, como recompensa por todo lo que apostaron por él.

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“¿Te siguen vacilando por tu ´no´victoria?”, bromea Hugo mientras le observa soplar uno de los humeantes churros. David se ríe al recordarlo. Como olvidarlo. Camino de Saint Pierre de Chaindieu, en la segunda etapa de Rhone-Alpes, en medio de una agitada carrera, David, al divisar al coche que abría carrera, pensó que la fuga había sido neutralizada, sin darse cuenta de que aún, Sjoerd Bax, rodaba por delante. Él se impuso en el sprint del grupo de perseguidores, y, para su desgracia, levantó las manos exultante al cruzar la línea de llegada, iniciando así las bromas de sus compañeros, que aún perduran.

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Pero, a cambio, su pinganillo, a pesar de ser su primer año, ya recibe otras indicaciones, lejos de las que esperaba oir como neoprofesional. Mucho más específicas que lo que le pidió el “Peri” en aquella cena de Alsasua. “Confiamos en ti”. Es la dosis de motivación que le envió Josemi, su Director, antes de atreverse a trazar sus codos cerca de los de Arnaud Demarre o Sacha Modolo en el Tour de Occitanie. De pelear en batallas imposibles como si, en su primer año de profesional, ya fuera un experimentado velocista.

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Resultados que no rehúyen la labor por la que fue subido al primer equipo. Puestos de honor que tratan de maquillar los nervios que, hace apenas unos meses, dibujaban el rostro de un corpulento chico admirado de debutar en la Challengue de Mallorca junto a sus ídolos de juventud. Inicio de las primeras reprimendas por acercarse demasiado en las curvas. Por no saber medir. “¿Te crees que estás en el Mundial o qué, chaval?”, le gritó Markel Irizar cuando David estuvo a punto de tirarle en la primera prueba que disputó. Ese día agachó la cabeza avergonzado, pero feliz de estar junto a ellos. También le ha dado tiempo de sentir la atracción de las clásicas. De escupir barro de la boca en Le Samyn. De pegarse con adoquines donde corredores como Nicky Tepstra o Peter Sagan, parecían flotar a su lado. De sentir frio. Mucho, hasta casi querer pedir el abandono en la Itzulia para, momentos después, sentir el calor de una afición que coreó su nombre durante kilómetros. En esa carrera ningún corredor se siente desconocido. Pequeño. Aunque sea neoprofesional. Cualquier detalle, las cámaras de televisión lo hacen grande. Como aquel último kilómetro camino de Estíbaliz donde soldó a Jon Aberasturi en su rueda hasta dejarle codo con codo con los grandes velocistas del World Tour.

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En sólo unos meses, David ha demostrado que, su trabajo, ya sea llevando a su rueda a los velocistas o aproximando a Alex Aramburu a los puertos también puede ser compensado con pequeñas oportunidades donde demostrar que su talento crece por días. Que, su corpulencia, le valdría para ser uno de los hombres del equipo para ir a la Vuelta a España. Si lograra la plaza, su victoria sería la de pasar orgulloso por su tierra. Ante sus padres. Para enorgullecerles y dar la razón a Jonathan, aquel vecino anónimo que dijo a sus padres que “le apuntaran a la bici”.

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“¿Entonces qué, eres feliz o no?”, incide Hugo. David vuelve a clavar sus ojos oscuros en su antiguo masajista. La sonrisa que dispara aclara sus dudas. Sirve para agradecer un consejo. Para desvelar los sueños de un chico de pueblo que nunca pensó que podría ser profesional, hasta que le empujaron a serlo. Sólo necesitó coger carrerilla para imprimir más velocidad. Hoy al servicio de otros. Mañana, quien sabe. Su velocidad va en aumento.

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