Eduard Prades, la victoria de la insistencia

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Rafa Simón -
Eduard Prades, la victoria de la insistencia
Eduard Prades, la victoria de la insistencia

¿Pero me la dedicaste o no?, le espeta Cristina. Eduard asiente. “Pues claro, ¿para quién si no?", responde meloso. Sabe ganársela. Siempre lo hace. Y ella se deja. Sabe acompañarle en cada recuerdo. Si él cerrara los ojos lo vería de nuevo. Ese repecho. Esa victoria. Fue especial.

“¡Ya no mires atrás… es tuya!, le Gritó Gonçalves, que ya se echaba a un lado, sin apenas fuerza en las piernas, tras tirar de él al inicio de la cuesta. No dudó en hacerle caso. Los golpes de los Tiffosi en las Vallas marcaban su ritmo. Sus latidos. Como el tambor que dicta la marcha de un ejército que se sabe vencedor. Que desfila marcial hacia la victoria. Uno tras otro todos iban cediendo a su empuje. Como si los apartara con un escudo, mientras con la otra mano parecía apuntar con su espada hacia adelante. Jan Bakelants sería su último enemigo.

Sintió como el belga arqueaba su cuerpo cuando lo rebasó, como un guerrero que sabe que ha perdido la batalla. Que pide clemencia con la mirada. El belga giró su cuello hacia atrás, para cerciorarse de que al menos conservaría su puesto. Él no. Tronó como los tambores, cada vez con más fuerza. Y sólo cuando sintió la sombra que proyectaba la pancarta de la línea de meta en el suelo, tan sólo unos metros antes de sobrepasarla, experimentó la mejor sensación. La de olvidarse del dolor en los brazos. De sus castigadas piernas. Tan sólo unos preciosos segundos para elevarse sobre el manillar. Momento de reclamar su sitio. Sabor de recompensa.

No tenía esa carrera en su agenda, pero días antes pidió al equipo acudir a Peccioli, a Italia, a correr esa Copa Sabattini. Javier Madrazo le había dicho que la podía ganar, que se le adaptaba como anillo al dedo. Y él quería conocer carreras nuevas. Tenía la confianza. Porque cuerpo y mente rodaban juntos. A la perfección.

Años atrás no era así. Era el reflejo de un ciclismo hipócrita. Un abanderado de ganar para nada. Y eso dolía. Se le castigaban todos sus esfuerzos. Se llevaba casi todo en aficionados, pero luego no pasaba a profesionales. Tan sólo trofeos acumulados en su habitación. Todos los otoños era igual. Atrapado entre mandarinas y olor a mar, esperaba en la finca de su familia, en Alcanar, a que sonase ese maldito teléfono. Pero sin un “padrino”, poca historia. Al menos ganaba un dinerillo recolectando la fruta. Y se ahorraba ir al gimnasio con tanto cesto transportado sobre sus hombros.

Fue tan sólo un 28 de diciembre cuando le dijeron que esta vez sí, que salía el Andorra, y que contaban con él. Que no era una inocentada. Les dieron calendario, quizás por eso de que eran nuevos. Pero ahí quedó todo. Un año para darse el gustazo de pegarse con los profesionales pero que nunca tuvo continuidad. Miel en los labios, pero amargura para la moral. Aunque de todo ello se queda con Ordizia. Allí echó el resto para que ganara su compañero, Jaume Rovira. Éste le premió con una frase, camino del coche: “Eduard, no sé qué será de nosotros, pero tú vales para esto, no te rindas”, le dijo. También se lo decía Cristina, y Benjamí, su hermano, pero envasando su mensaje en realismo. Sabiendo que si no se podía, habría que dejarlo. Luis García Landa, su visceral amigo aragonés, en cambio, era más racional en sus consejos. Como si se lo gritara a pie de cuneta mientras le veía pasar, retorcido, a su lado. Pero porque tiraba más de corazón.

Tras una fugaz temporada con el Andorra volvieron los años de dudas, de seguir en las tierras rasgando sus manos entre los ramales, recogiendo mandarinas, para recuperar gastos, hasta que, años después, en 2013, llegó una llamada de Portugal, del OFM. Su salvación. Su escaparate. Pronto se dio cuenta de que volvía a perder dinero corriendo, pero le veían hacerlo. Sus nóminas no llegaban, pero se reivindicaba haciéndolo bien. Visibilidad en la carretera y fuera de ella. Su jefe de prensa era él mismo.

Por eso rabió aquella carrera. Tras disputar la segunda etapa de la Volta al Algarve, en la edición de 2014, camino de Monchique. Aquel día se quedaron sólo cuatro. Mihal Kiatkowski cogió unos metros, seis segundos. Arañados a golpe de biela. Él permaneció entre los perseguidores. A su izquierda Alberto Contador, que bailaba insistentemente sobre su bicicleta, eléctrico. A su derecha Rui Costa, siempre sentado. Podía sentir sus jadeos, sus reproches para pedir relevos. De pronto sintió unos calambres, pero aun así se aferró a la rueda del portugués cada vez que éste quería llegar hasta el polaco. A falta de 400 metros intentó filtrarse en su propio ataque, ideado entre parones y bandazos, para aprovecharse de su anonimato. No fructificó. Finalmente fue cuarto, pero el primero en ser olvidado nada más cruzó la línea de meta.

Sólo era un chico que corría en Portugal. No preparaba el Tour, ni las clásicas, ni era Campeón del mundo. Tan sólo el chaval de Alcanar, el que vivía de recoger mandarinas, que ahorraba para correr. Que ni siquiera sabía qué carrera vendría después. “Felicidades tío, lo has hecho genial.”, escuchó por detrás, mientras su auxiliar le arropaba con un refresco. Era Contador, que desaparecía entre micrófonos y cámaras de televisión. Él tuvo que publicar su propia nota de prensa: “¡No todos los días te felicita Contador!”, escribió en su muro de Facebook.

El colmo llegó meses después. Tras correr el Agostinho, su equipo seguía sin pagarle. Se reveló. “O me pagáis o no corro la Volta”, retó. Le sacaron del equipo. Del mayor objetivo del año. Pero su hermano le rescató. “Vente a Japón, al menos aquí vivirás con dignidad”, le propuso. Eduard no lo dudó. Ese mismo verano hizo las maletas y se al país nipón, a Osaka, donde su nuevo equipo, el Matrix, tenía su sede.

Atrás quedaban sus ilusiones. Pasaría de pegarse con Contador o Rui Costa a correr en lugares que sólo eran marcados por los turistas como destinos exóticos. Pero estaría bien. Le iba a faltar Cristina, o su perro Box, pero le reconfortaba tener a su hermano cerca, o a Airán Fernández, como un hermano más.

Pronto le cogió el ritmo al país. Le privaba salir a entrenar con ellos, parar en un “convini” a tomar un refresco  y luego, tras comer y echarse una siesta, al atardecer, cogerse las bicis de paseo y perderse por  el centro de la ciudad, por la Namba. Era feliz tomándose un helado con ellos, sentados en un banco, los tres, contemplando a la gente, memorizando sus costumbres, embriagándose de luces, de comercios que parecían no cerrar nunca, de otras formas de ver la vida. Aceptando la ruptura con Occidente, con humildad.

Pero aquella rabia, aquel disparo al aire en su muro de Facebook, aquella reivindicación escrita en una botella y tirada al mar de la ingratitud no se perdió con la marea. Su representante se encargó de hacérsela llegar al Caja Rural. Le iban contando que había opciones, pero no se hablaba de nada concreto. Hasta ese momento. “Tío, enhorabuena cabr..!”, le gritó Airán mientras se cambiaban de ropa, en el coche, tras escalar el duro volcán de Ijén, en Indonesia, tras la disputa de la etapa reina del Tour de Ijén. Su fichaje se había hecho oficial y él no lo sabía. De nuevo le daban la noticia en pleno otoño. Entonces se abrazó a su hermano, y a Airán. La espera había merecido la pena. Volvía a Europa.

“¿Hace frío, entramos?, pregunta Cristina, raptando a Eduard de aquel abrazo tan sentido. Alemania no es el país más ideal para tomar una cerveza en la calle en plena tarde sin llevar más atuendo que una camiseta. Cristina y él viven allí desde hace tiempo. A las afueras de Stuttgart. Ella encontró trabajo de arquitecto mientras él seguía intentando hacerse un hueco en profesionales. Repartieron cinco años de relación en la distancia. Los tres primeros a cien kilómetros, que dejaron de hacerse largos cuando ella emigró a Alemania. La distancia se multiplicó por quince durante los dos siguientes años. Por eso, Eduard le dijo que si encontraba una casa a las afueras se uniría a ella. A Cristina le bastaron unos minutos para colapsarle el whatsapp con enlaces a todo tipo de viviendas. Eligieron una rodeada de carreteras secundarias, las que mejor paisaje tuvieran para adornar la nueva oficina de Eduard.

Al equipo navarro no le importó, simplemente le comprendieron. Aceptaron que fuera de los pocos corredores que sacrificara el Mediterráneo que tenía al lado y prefiera subirse al frío de Europa para entrenar. Para ser feliz. Por amor. Respetaron que la cabeza fuera lo primero. Y él responde con números, con victorias. Las que nunca pensó que volverían a llegar en Europa. Como la del Sabattini. Aquella que dedicó a Cristina, como premio a su insistencia.

 

Rafa Simón

@rafatxus

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