Mikel Iturria, la terapia del asfalto

El Blog de Rafa Simón
Rafa Simón/Fotos A. Lipke -
Mikel Iturria, la terapia del asfalto
Mikel Iturria, la terapia del asfalto

Carlos de Andrés interrumpe al invitado de la jornada. “¡Caída, caída!”, reitera. El lance de carrera va seguido de la explicación de Pedro Delgado. Frases tópicas que albergan la realidad de un ciclista profesional. “En el Tour todos quieren estar delante” o “no hay sitio para todos”. El primer día fue Lawson Craddock. Al llegar a meta el americano dijo, entre lágrimas escritas en juventud impulsiva, que había trabajado mucho para estar allí, que no se podía ir a casa. Que “C´est le Tour”, aunque el hombro estuviera fisurado. A Mikel, la caída le dolió igual. Aunque sea de otros. Tiene la misma edad que Craddock. Mismo ímpetu. Empatiza.

Hace casi un año, en otro Tour, el de Limousin, aunque fuera más pequeño, menos mediático, el golpe contra el asfalto pudo haberle supuesto el fin de su carrera. María Ángeles y Juan Bautista esperaban en meta. Su hijo acudía a la prueba como jefe de filas del equipo y habían cogido unos días libres para ir a verle. Pero, tras la llegada del pelotón, su hijo no se acercó a saludarles. La angustia que hilaba la tensa espera les dio la razón. Jon Odriozola, Mánager del Murias, les llamó por teléfono. Que Mikel se había caído. Que iban camino del Hospital de San Junien. Pero que no se preocuparan.

Mikel si lo estaba. En cuanto escuchó el frenazo delante de él, a tanta velocidad, supo que iba a irse a suelo. Luego, tras el impacto, sintió como otros ciclistas caían sobre él. Trató de cubrirse entre gemidos escupidos por el jadeo latente a tantas pulsaciones. Tumbado sobre el asfalto, encogido bajo la angustia, vio cómo su pierna derecha se inflamaba por segundos. Había caído sobre el fémur. Lo hizo añicos. Tajado arriba y abajo. A su lado, entre pitidos y volantazos nerviosos, los corredores más afortunados revisaban su bicicleta antes de continuar. Otros, como él, se retorcían de dolor esperando a ser traslados en ambulancia mientras eran consolados por sus auxiliares.

La estancia en el hospital se hizo lenta. Los médicos hablaban en positivo. De plazos por cumplir. Sin embargo, las dudas acudían certeras, crueles, a su cerebro. ¿Sería el momento de dejar de competir? ¿Era necesario pasar por tantas penurias para seguir siendo profesional? El minutero del reloj de la cabecera de la cama impactaba cada “tic-tac” en su cabeza.

¿Plazos? Siempre convivió con ellos.

Pasó a profesionales tan sólo dos semanas antes de su primera carrera. Miguel Madariaga le ofreció un hueco en enero con el Euskadi, dos semanas antes de la Challenge de Mallorca. Dos años en los que le dio tiempo a correr dos Mundiales. Luego llegaron los susurros. Se rumoreaba que el equipo cerraría. En 2014, sin más plazo, se cumplieron los malos augurios.

Él y otros compañeros decidieron embarcarse en otro proyecto de la Fundación Euskadi, pero en el campo amateur. Jorge Azanza, recién llegado al nuevo equipo como director, habló con Mikel. Le dijo que confiaba en él. Que, aunque fuera difícil cambiar el chip, tenía que hacerlo. Entrenar igual. Sufrir igual. Una inversión de un año para seguir su camino.

El año siguiente, fue Jon Odriozola el que dio la razón a Azanza. Quiso recuperar a Mikel como ciclista profesional. Sobre todo, sin plazos. Para que la confianza acudiera de nuevo. La sintió llegar en 2016, en pleno Tourmalet. En las faldas del coloso pirenaico, sintiendo las brasas de la nieve sobre sus brazos en pleno mes de junio, acompasó sus pedaladas junto a los mejores corredores de aquella edición de la Route du Sud.

En cambio, 2017 fue un año de médicos. El invierno le produjo una bursitis que tardaron mucho en identificar. En primavera, durante la Vuelta a Madrid se fracturó el radio y, en julio…aquella cama de hospital.

Fue sólo, a partir de aquel momento, cuando, las metas más pequeñas, se hicieron grandes. Doblar mínimamente la rodilla era una proeza. Al principio, lo conseguía gracias a unos tensores. Luego, era cosa propia. Y, dos meses después, pudo subirse a unos rodillos. La sensación más liberadora vino después. Cuando, con ayuda de unas muletas, pudo acercarse hacia su bicicleta y, aunque fuera complicado llevarla recta, aunque su pierna derecha apenas hiciera fuerza, experimentó la sensación más placentera para un ciclista. La brisa del viento en la cara.

Pero necesitaba algo más. El cuerpo no podía recuperarse si la cabeza no acompañaba. Las visitas de sus compañeros, de amigos, eran un bálsamo, pero lo más importante, no tardó en llegar. “Sabes que sigo confiando en ti, así que ni se te ocurra engordar un gramo”, le dijo Jon Odriozola entre bromas. Quería a Mikel en el equipo. Era el “médico” que necesitaba.

Craddock vuelve a ser farolillo rojo en la etapa del Tour. Mikel reconoce su valor. Lucha por terminar el sueño de correr el Tour. Aunque tenga que arrastrar su lesión durante semanas. Este año Murias correrá la Vuelta. Mikel, el año pasado, la veía desde su sofá, con la desesperación de una doble fractura de fémur. Hoy entrena en Sierra Nevada. Asimilando el beneficio de entrenar en altura. Para que Odriozola tenga la posibilidad de contar con él para correrla. Si lo hace, no se le hará dura. Ninguna etapa. No importa que haya puertos, lluvia, calor o frio. Fue más doloroso acabar en el suelo. Es la terapia del asfalto.

 Rafa Simón

@Rafatxus

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