Carlos Rodríguez: virtuosismo futuro para el INEOS

Se hubiese conformado con compartir pelotón con sus compañeros de equipo. Fichar por Ineos puede dar vértigo. Pero su prematura exhibición en el Mont Ventoux se lo ha quitado de golpe.

Carlos Rodríguez: virtuosismo futuro para el INEOS. Foto: Bettini Photo
Carlos Rodríguez: virtuosismo futuro para el INEOS. Foto: Bettini Photo

Sus manos levitan sobre las teclas con la determinación que le ofrecen las partituras colocadas sobre su piano. Su postura sobre la silla es irregular. Un hombro parece vencer en altura sobre el otro que, vendado, sostiene su brazo contra el pecho a la espera de que le sea colocada una placa una vez que cierren las heridas que lo tatúan de lado a lado.

Pudo ser peor. Aquella bajada no presentaba peligro, pero la bicicleta se le fue sin que apenas pudiera intuir la caída. Como si su piano se le hubiese caído encima rugió de dolor. Afortunadamente, tan sólo fue su clavícula la que se partió, y de forma limpia.

Son las notas de la canción que el ciclismo está tocando en su vida. Musicalidad con estribillos que, si ayer le llevaban a las notas más altas, hoy mecen con paciencia un ritmo más bajo.

Con parsimonia, gira una nueva página de su cuaderno. La caída le ha devuelto a su agenda tareas pendientes. Continuar con sus clases de piano y guitarra y retomar algunas asignaturas de sus estudios de Ingeniería Mecánica que ya se agolpan en su mesa.

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Foto: RFEC

Semanas atrás, en cambio, su vida vibró como si fuera Pablo López el que se hubiera impulsado en su piano con la energía tan visceral como poco ortodoxa que propina en sus canciones.

Las partituras de Carlos bailan al viento. Revolotean sobre su bicicleta hasta tararear el talento que le llevó a que, en 2018, con apenas 18 años recién cumplidos, el mismísimo Dave Brailsford, Mánager del potente Ineos se interesara por él. El día que se conocieron, con sólo mirarle, se sintió pequeño. Como un “currito” llamado al despacho del Presidente de una Multinacional. “No te preocupes por nada más que por disfrutar de la bici con nosotros”, le dijo aquel británico de tono amable y voz profunda.

Era fácil decirlo. Nadie se lo había preguntado, pero su sueño era compartir pelotón con grandes estrellas. Jamás hubiese imaginado que todos aquellos hombres serían parte de su equipo.

En la primera concentración, vio pasar a su lado a Chris Froome con una bandeja llena de comida.El británico le sonrió sin saber muy bien quién era ese chico que le miraba atónito. Ese día, Richard Carapaz se dirigió a él: “Mijito, cualquier cosa, me dices, ¿eh?”. Carlos respondió enmudecido. Con los ojos como platos. Sin duda el ecuatoriano no sabría ni su nombre, pero llevar la misma camiseta fue motivo suficiente para olvidarse de los galones. “No le asustes al pobre chaval, que ya nos encargamos de él los currantes”, respondió Andrey Amador sin poder contener la risa.

En ese momento, Carlos entendió la esencia de ese equipo. Eran estrellas a ojos ajenos, pero gente cercana de puertas para dentro.

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Foto: Bettini Photo
Lo que no intuían, ni siquiera él mismo, es que, sin duda, Dave Brailsford sabía que no había fichado a ciegas. Que todos los años que se amontaban en su contrato, tenían un sentido. Que Carlos iba a crecer aceleradamente, de forma natural. Y que el primer testigo iba a ser el mismísimo Mont Ventoux.

En un día lluvioso, en plena ascensión al coloso alpino, las consignas que saltaban por los auriculares eran claras: “Guys: stage and Overall Classification (Chicos: la etapa y la general)”, escuchó. La hilera de corredores que comandaban el grupo, ya reducido, se iba desgranando poco a poco. Cuando se apartó el compañero que le precedía, tan sólo encontró una moto con un tipo que, girado hacia atrás, grababa sus movimientos. Carlos agachó la cabeza y se propuso marcar un ritmo que justificara su presencia en el equipo. No miró hacia atrás hasta que Laurens de Plus trató de sobrepasarle con un punto más de aceleración. El belga, que debía relevarle más adelante, extenuado por el ritmo de su compañero, prefirió gastar sus últimas fuerzas antes de echarse a un lado. “Puedo más, puedo más”, le dijo Carlos con la inercia de un cabeceo. En aquel momento, su primera gran partitura sonó entre jadeos coreados por los corredores que, poco a poco, se iban descolgando.

Fue sólo cuando su compañeros Iván Ramiro Sosa saltó del grupo cuando decidió dar por terminado su primer concierto al mundo del ciclismo que, ese día, aplaudió su esfuerzo.

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Foto: Carlos de Torres (EFE)

Desde entonces, aquella melodía trajo una nota discordante. La que entonan aquellos que sienten la necesidad de encontrar un ídolo nuevo. Dando igual la edad que tenga. Pero Carlos es un tipo tranquilo. Capaz de bromear con el peor enemigo de un deportista: La presión. Él prefiere seguir los consejos de Brailsford. Componer despacio. Dejarse querer por su familia, la que hoy cuida de que su clavícula pueda cerrarse de nuevo.

Arropado en su justa medida por todos los que hoy claman su nombre cuando se cruzan con él en una carretera, o los que le jalean en una tira de periódico, tan sólo sigue el revoloteo concentrado de sus dedos aplicando la tensión adecuada en las teclas de un piano que, sin prisa, no para de componer un futuro que, sosegado, será el virtuosismo que él quiera tener.

 

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